Mi nombre es Zayd
Mi nombre es Zayd; que significa abundancia. El afán por tener nace de la íntima creencia en la escasez. Si uno piensa que carece continuamente de cosas es imposible que llegue a sentirse pleno. Parecido a un pozo sin fondo, donde el deseo nunca es satisfecho, semejante a una escalada exponencial en la que nunca puedes alcanzar la cima, así sientes que la abundancia nunca llega a tu vida. Siempre queremos más y más, y mucho más… porque teniendo nos sentimos seguros, porque le damos el valor de lo que somos a las cosas que logramos tener y esta identificación es errónea, nunca llenará tu corazón de paz, ni tu mente de sosiego y silencio, es frustración continua intercalada de escasos instantes de fugaz satisfacción por tener y disfrutar el nuevo juguete.
Tal vez debería pensar de otra manera. Concebir que, para sentirme colmado, no necesito invertir en cosas que no valen realmente nada. La conciencia sin forma se hace consciente de sí misma a través de mí. Eso soy, eso somos. Tengo que reconocerme a mí mismo y esa no es sino una búsqueda espiritual. Para saber de esta pregunta me han ido llegando ecos y señales de muchos caminos. La Biblia, a pesar de su letra menuda y sus hojas finas, siempre fue una valiosa lectura, llena de símbolos y arquetipos; Sin embargo, el Dios Yahvé del antiguo testamento resultaba decepcionante; su carácter implacable, vengativo y justiciero, se alejaba de mi sentido íntimo de la religiosidad. Se parecía demasiado a un teniente con quien topé en la infantería de marina, que no dejaba de repetir en el fragor de las maniobras: ¡Yo soy aquí vuestro único Dios, y se hace la voluntad de mi santos cojones!
Los evangelios me hablaron con más dulzura de la piedad y el amor de Cristo, pero su puesta en escena en la iglesia y en la calle ahondaba sobre todo en el pecado, el sufrimiento, la crucifixión y la muerte; la luz de la resurrección apenas era una anécdota en el contexto de aquella enorme cruz llena de sudor, sangre y pecado. En los pasos altos y duros del piquete de semana Santa, dolorosa formación procesional, se machacaba con pasión esta idea. El teniente Yavhe escogía a los mejores para cada desfile. Aquel año me libré.
Más tarde cayó sobre mis manos el Libro de los Milagros, un largo texto dictado a una psicóloga atea por canalización y escritura automática. Interesante la teoría, pero sus ecos disociativos entre la mente separada, el ego, y la mente recta o espíritu santo, me causaron una cierta esquizofrenia, que no llegué a superar con los 365 ejercicios que el libro complementaba.
Por la red pesqué un día un libro titulado Yoga-Vasishtha, más conocido como Mahara-mayana, sus treinta y dos mil versos escritos por el sabio indio Valmiki, primer poeta que se expresó en lengua sánscrita, su atenta lectura y la figurada vivencia de sus enseñanzas, hicieron sentirme a veces tan liviano como para alzarme por encima de las limitaciones de la materia, experimentando entonces cierta exaltación espiritual: una beatitud de la que hice partícipe al prójimo (el más inmediato mi mujer); o sea, me sentí buena gente, aunque eso creo que ya lo era.
El sufismo sopló entonces en mi oreja como brisa de oasis. Supe que las raíces de Al Andalus seguían dando tallos, flores y frutos en el pensamiento contemporáneo, que habían etiquetado con las siglas PAC. Por la red compartí ideas e impresiones con estos artistas, que bebían y llenaban la renovada fuente de la que todos bebíamos. El dátil de los viejos sabios andalusíes aún conservaba su principio de energía, su exotismo y su dulzura, y quise comerlo sin demora pues bajo aquel sabor y aquella sombra me sentía como en casa. El amor de los místicos andaluces por el Corán me hizo aprender el árabe clásico para poder leer el libro sagrado en la misma lengua de su revelación. Aquella caligrafía dibujada, el sonido de sus consonantes, parecían despertarme una íntima y profunda sintonía con el Islam y su idea iconoclasta de la religión. Creo que también acabé conectado con esta cultura por mi carácter renuente, por llevar la contraria, yendo a contracorriente de la islamófobia, idea que se trataba de propagar incitada por intereses inconfesables, orquestada por el aparato logístico de los things tanks occidentales y justificada por terrorismos con turbante.
El profeta Muhammah, la paz y las bendiciones sean con él, fue un espejo de misericordia e iluminación al que quise emular subiendo al cielo con mi mujer a lomos de nuestro caballo de amor; algo parecido a lo hizo el profeta de la mano del arcángel Gabriel, a lomos de Alborac, mientras soñaba junto a su esposa Aisha en Jerusalem. Nos convertimos, abrazando los cinco pilares del Islam. Íbamos a la mezquita, rezábamos en total sumisión a las leyes de Dios. Éramos parte de la Unna, la comunidad musulmana, y de la humanidad entera, y nos sentíamos en perfecta estabilidad, orden y armonía con todo el Universo; nuestro libre albedrío nos daba la racionalidad de aquella decisión de pertenecer al Islam, palabra que significa además de sumisión a Dios, paz, armonía orden y serenidad.
La paz duró poco. El terrorismo llamado yihadista (que alzaba falazmente, ensangrentándola, la bandera del Islam) ya venía actuando sin piedad, sembrando el terror, en distintos puntos del planeta; algo que ocurría en casual retroalimentación, principalmente, con el fundamentalismo republicano estadounidense. Los extremos se tocan. Habían caído las torres gemelas, el miedo visceral se apoderaba de la población. Y los poderes coercitivos ya tenían motivos patrióticos y carta blanca.
Un día luminoso irrumpió la policía en casa. Lo revolvieron todo: sacaron el coran de la estantería, el ordenador del escritorio, todas las carpetas del cajón y finalmente me apresaron. Salí sin despedirme de mi esposa y mis hijos con una gruesa brida de polietileno uniendo mis muñecas por atrás. Nadie aclaraba los cargos en mi contra. Solo me decían que estaba detenido. Una nueva ley antiterrorista cayó sobre mis humildes derechos humanos; con esa ley me subieron clandestinamente a un avión de los servicios secretos y volamos varias horas hasta algún lugar, luego supe que en el caribe. Al salir a rastras del avión en aquella bahía, de la que sentía su calidez y olor, no pude ver en cambio nada: ni el color de sus aguas, si eran azules o turquesas, ni el brillo de sus palmeras, ni ningún hombre sincero de los que crece en la palma, ni por supuesto a ninguna guantanamera; una capucha negra modelo inquisición, cubría toda mi cabeza. En los interrogatorios me torturaban para que les dijera los nombres de los otros miembros de trama de financiación irregular del grupo terrorista al que supuestamente me hacían pertenecer. Gritaban que mi ordenador estaba lleno de pruebas. Listas de entrega de cantidades de miles de personas. Y aquello sí era cierto: durante un tiempo me hice cargo del cobro periódico del zakat, tercero de los pilares del Islam, un tributo fijo de todos los musulmanes para ayudar a un hermano que había sufrido un accidente y cuya familia estaba pasando grandes necesidades.
Mañana me ponen en libertad, que yo sepa sin cargos… Ha sido una pesadilla de diez años: algo para olvidar. Algo para recordar también pero sólo en lo que ha supuesto de duro reto y sabiduría para mí y para mi familia. He sufrido en mis propias carnes la impotencia, el abuso, la mentira, la ira, la avaricia, la vanidad… he sido un cabeza de turco de todas las violencias de la mente psicótica humana, recreada en el ruin imperio militar capitalista y sus “contrarios armados”. Esa parte del hombre que como dijo el profeta Jesús “no sabe lo que se hace”, que está separada de la fuente, que no es sumisa del amor de Dios que habita en nuestro corazón, pero sí del miedo y el oprobio que conforman nuestra falsa e insaciable identidad.
Mi nombre es Zayd y ahora la abundancia llena mi vida.
Franjamares, agosto 2010, Tertulia Entrelíneas, Nerja (Málaga).
Arrecia el calor y los humanos nos dirigimos en manadas incontenibles hacia las playas. Ríos de vehículos inundan las carreteras a través de cuyo asfalto reverbera un humillo huidizo, fantasmagórico que nos indica que la tierra hierve bajo nuestros pies.
Manolito abre un ojo de modo mecánico, su despertador biológico a tocado a las cinco en punto. Tal y como lo había pensado justo antes de dormir. La nebulosa del sueño aún flota sobre su mente y se siente pesado, muy pesado. Sentado sobre la cama presiona el interruptor de la lamparilla, luego se pone de pie con más dificultades de las que hubiera imaginado y encamina sus pasos descalzos hasta el baño. Evacua la vejiga y el sonido de la fuente se modula con el de un bostezo sostenido, que acaba estirándose, casi dolorosamente, sobre en sus tendones y músculos. Se mira la cara en el espejo y se extraña de lo que ve. Tiene que frotarse los ojos para limpiar y enfocar la mirada; ha de encender la luz del mueble para ver con más claridad pero no se deshace el espejismo. En ese instante el pavor se apodera de su cuerpo… Un repullo frío tensa sus nervios como cuerdas de bandurria. ¿Quién es ese tío que ve reflejado en el espejo? O dicho de otra manera, ¿Qué carajo le ha pasado que ni siquiera se reconoce? Tapa su cara con ambas manos y observa sus dedos rebolondos, sus nudillos abultados y peludos, un anillo de oro… ¿De quién son esas manos? No parecen las suyas pero las siente como propias. Las separa poco a poco y observa aparecer su rostro. De nuevo esa cara redonda, extraña, rutinaria. Ahora sin embargo sí se distingue. ¡Claro, es él!, pero tapado tras la deforme máscara, globo ojeroso de tez macilenta, con varios dientes podridos, arrugas solapadas y narices abiertas. En un tenue brillo allá en el fondo de su mirada, aparece su verdadero rostro. Está reflejado en el interior de la pupila, invisible pero latente. Ahora recuerda y lo hace de golpe, como si le hubieran caído encima los peores años de su vida (los últimos) y con ellos todos los problemas, las crisis, los hábitos alimentarios y tantas manías personales que le han hecho merecer semejante aspecto.
Olía a verano. Sobre la piel cuajaba un sudor fino mezclado con el salobre. Alguien había comentado que cuando se llegaba a la costa, si te pasabas la lengua por la superficie de la piel notabas el sabor salado del mar. El mismo día que salí de la “Alsina” y trotando fui a asomarme al mirador del paseo, lo hice: lamí mi antebrazo con curiosidad y ganas y me quedé absorto, cautivado ante la inmensidad azul que tenía delante, inundando el horizonte todo, desde mis ojos a mis narices. Que bien olía aquella masa marina, aquella brisa, auténtico sabor de la respiración del mar. Algo sublime, apenas comprable con ese regustillo a sudor que había sacado de mi arrebatado brazo, último rompiente del mar interior de nuestro cuerpo.
Ha entrado en el templo con la displicencia propia de quien visita una iglesia tras otra, una más, y en esta mañana intensiva de excursión organizada, ya llevan al menos cuatro, contando la que tiene ahora delante de sus narices y cuyo frescor y aroma a incienso comienzan a sugerirle. El maestro de historia que lleva dentro abre pues los ojos; se adormece el turista.


Las primeras láminas con textos en árabe, latín y español, junto con unas reliquias, en plúmbea caja y con signos del mismísimo sello del rey Salomón, los encontraron adonde había que encontrarlos, en el derribo de la vieja torre Turpiana, alminar de la mezquita mayor de Granada. De ellos surge el personaje más señero de esta ya cuantiosa retahíla de descubrimientos de libros plúmbeos –que ahora culmina en el monte Valparaíso–, San Cecilio. Sobre el plomo se escribe de él que era de origen árabe, que se convirtió al cristianismo y que fue muerto con otros cristianos castellanos por los romanos. Mártir y santo, árabe y cristiano, la fusión perfecta para que los hijos de la granada mora sean considerados fieles conversos en la nueva Granada cristiana a imagen y semejanza del mártir San Cecilio.
El viejo profesor Losada tiene una tarde áspera. Sus humores, acaso por las sequías esenciales de su bioquímica, reflejan una tristeza indefinible que se expresa en forma de hosquedad ladradora e irritabilidad sin freno. Están organizando un acto colectivo donde expondrán sus trabajos literarios, y un profesor nuevo llamado Palomino ha hecho una propuesta: evitar los protagonismos, que las firmas queden solapadas al resultado creativo del conjunto; nada de nombres de autores, sólo el resultado de la obra colectiva. El ego del veterano profesor no logra, quizá no puede o no sabe, entender tal extremo.
Náufragos (del intercapitalismo)
La nave ínter-capitalista hace aguas por todas partes. La vía griega en la más gorda, aunque también hay otras sangrantes como la de Dubai, en cuyas altísimas azoteas rascan el cielo las huríes.