Ha entrado en el templo con la displicencia propia de quien visita una iglesia tras otra, una más, y en esta mañana intensiva de excursión organizada, ya llevan al menos cuatro, contando la que tiene ahora delante de sus narices y cuyo frescor y aroma a incienso comienzan a sugerirle. El maestro de historia que lleva dentro abre pues los ojos; se adormece el turista.
No ha querido coger el audífono, pues está comenzando a odiar los chismes electrónicos que se pegan a la oreja. Se ha separado también del rebaño del guía, pues su voz engolada de seminarista le molesta en los oídos. Se tiene que apañar con una cartulina plastificada que le han entregado a la entrada y donde aparece el plano del templo con los elementos importantes señalados y acotados con una escueta leyenda… La gran reja forjada y policromada; el impresionante altar con el retablo de la Transfiguración, talla de Berruguete, aunque sólo se conserva del ilustre escultor la imagen del cristo; dice la cartulina que el resto fue destruido durante la guerra civil. La pérdida realmente importante de esa tragedia –piensa invariable al respecto– fue el escandaloso número de vidas humanas. Y la sacristía, en cuyo pórtico de entrada aparecen dos hermosas sibilas con sus turgentes pechos al aire y, por encima de ellas, la virgen llevando a un niño en el altar del cielo. El magnetismo de este pórtico atrae al maestro que, desgajado del grupo, entra en el interior de la sacristía mientras sus compañeros aún degluten entre bostezos las palabras del monitor.
El interior es rectangular y armonioso, de proporciones perfectas. Aparecen otros personajes que descollan de las columnas sosteniendo el abovedado: nuevas sibilas, firmes atlantes y distintos símbolos paganos que se entretejen con los religiosos: calaveras, flores de liz, escudos de armas, serpientes, medallones… Y los siete ángeles del juicio final, como flotando sobre la cúpula, que parecen anunciarle que algo importante le va a ocurrir.
Siente el impulso de captar una imagen de todo aquello, pero recuerda que allí dentro no se pueden hacer fotos. Dispara no obstante una primera instantánea que apunta a uno de los atlantes llevando sobre su cabeza, a modo de tocado, el rostro de un león. El flash no parece aún delatarlo y nadie surge por la puerta para interrumpir su mágico momento. Los bajorrelieves comienzan a sugerirle cosas; parecen personajes de una historia modelada en piedra que quisiera revelar algo a quien tenga el conocimiento de verlo. Siente entonces que la enigmática estancia había sido un lugar de culto o de reunión, no la mera trastienda del templo; que para lo que menos se había usado en su época, fue acaso como sacristía. Una mesa central delata la celebración de algún ritual sagrado; y tantos símbolos gnósticos hacen pensar que tal vez lo que allí se reuniese fuera alguna orden renacentista de carácter secreto, que manejaba textos antiguos, conocimientos herméticos, además de ostentar y ejercer un inmenso poder político, económico y eclesiástico.
En esas elucubraciones anda enmarañado, cuando una muchacha sale por la única puerta que tiene la sacristía, sin contar la entrada en esviaje. La joven lo mira con gesto incierto y se le acerca. La luz que entra por las altas ventanas realza su figura juvenil enfundada en una falda hasta la rodilla, camisa blanca y chaquetilla corta.
“No se pueden hacer fotos en el templo” –dice esbozando una sonrisa. Él percibe que la reprimenda carece de rigor, que más parece una forma de entablar diálogo. “Bueno, es sólo una norma de la fundación” –vuelve a decir y sin más preámbulos sentencia–: “Ven, quiero que veas lo que nadie jamás puede ver de este lugar”.
La muchacha lo trata como si ya lo conociera, con claridad y confianza, como si por algún motivo lo hubiera estado esperando… Por eso sobran las preguntas del hombre quien, seducido y sin nada más importante que hacer, se deja guiar tras la estela de ella. Atraviesan el umbral de la puerta, la cierran tras de sí, y toman por un corto pasillo que se adentra en la luminosidad de un esplendido jardín. Un sauce, una perfumada higuera, los setos y arriates cuajados de flores, otorgan al huerto una belleza regocijante. “Sabes, mi padre es uno de los conserjes además de jardinero”. Las rosas rojas deslindan un sendero por el que ahora discurren impregnados en su olor. Llegan al otro lado del jardín y toman por un pasaje encalado bajo cuyos arcos entra la luz del sol, más blanca que las paredes. La hija del jardinero se detiene delante de una puerta, saca de un pequeño bolso un manojo de llaves, elige una y abre con sigilo.
–Estamos en la biblioteca privada de la fundación”, dice en voz baja mientras pulsa el interruptor de la luz. La visión es impresionante. Altas estanterías pueblan los muros soportando enormes volúmenes, acaso incunables, otras baldas guardan miles de ejemplares más pequeños y todo tipo de objetos antiguos y reliquias… Pero ante aquella riqueza, el maestro de escuela, tal vez colapsado, no muestra ni un ápice de asombro.
–Una cosa es la historia que se muestra –rasga el silencia la voz de la muchacha–, la que ha dejado escrita la oficialidad, y otra muy distinta y más verdadera la que permanece secreta, la que no interesa, y hay que escarbar para descubrirla. El hombre que mandó construir todo esto, Francisco de los Cobos, secretario de estado del emperador, que vivía allí mismo en el palacio colindante del templo, es ejemplo vivo de los dos tipos de historia. Andaba a diario en la corte entre los grandes de la España católica, contrarios a toda reforma, pero tenía confidencias y tratos con los heterodoxos y erasmistas. Estos representaban lo que se ha dado en llamar “la tercera España”, la cual había tomado las ideas de Erasmo como salvavidas, la que pretendía una posibilidad de secularización y aperturismo de una España en la que tuviese cabida el riqueza cultural de Al-Andalus, cuya esencia ya se había filtrado en Europa a través de las traductores judíos y mudéjares; prueba de ese cúmulo de ideas, era el propio Erasmo.
–Mira este ejemplar, uno de los primeros salidos de la imprenta, es el Enchiridión del pensador de Rótterdam, que se leía más en las tabernas de España que en los salones palaciegos europeos… Estos de aquí –y señaló el interior de una vitrina–, son dos ejemplares similares a los libros plúmbeos hallados en Granada por aquellos años; curiosos trabajos con los que se perseguía el milagro de dotar a lo cristiano viejo de prístina arabidad para que entonces se aceptara como parte de un mismo tronco a lo morisco converso, y que fuera digerido por la cerrazón católica y contrarreformista que dominaba aquel periodo.
–¡Espera, espera! –corta el maestro que por fin reacciona–. Todo esto me parece increíble. En estas semanas me han llegado datos, libros y otras informaciones sobre esta ciudad y esta Iglesia; yo lo achacaba al augurio providencial del viaje: a mi me pasa que cuando ando imbuido en algo, surgen, cuando menos lo esperas y si aciertas a entenderlas, cosas muy interesantes relacionadas con el asunto. Pero el encuentro contigo, ¡y este privilegio! –exclama señalando en circulo con la cabeza y los brazos abiertos–, no lo hubiera ni soñado”.
–La sincronicidad interrelaciona nuestras vidas, todas las vidas. Yo tampoco lo he soñado, pero en cuanto te vi entrar en el templo, supe que eras tú quien esperaba.
–¿Nos ha unido el azar o la Fortuna? –pregunta él.
–Han sido más bien nuestros deseos más íntimos.
–O el destino… –y el maestro hace una pausa como si pensara en un nombre que todavía no conoce.
Tan en conexión se encuentran, que ella parece captar su pensamiento.
–Fátima –dice ella–, me llamo Fátima.
–Pues el destino, Fátima, que une nuestras almas o tal vez las reencuentre porque ya antes estuvieron unidas –y concluye–: Yo soy Pedro.
Con sus ojos minerales y rasgados Fátima lo observa más allá de su mirada. Aún tiene guardada una sorpresa, que ya no puede esperar. Engancha con firmeza y ternura el brazo de Pedro y lo lleva a un ángulo de la sala.
–Aún no has visto lo más importante –dice abriendo el cajón central de un bonito y antiguo bargueño.
Saca del hueco un cartapacio de cuero negro y lo abre. Protegida tras un fino papel transparente aparece un folio amarilleado por el tiempo y elegantemente manuscrito. La caligrafía es graciosa y perfecta, del texto distingue algunas palabras sueltas, pero parecen estar escritas en castellano antiguo y cuesta, sin ser experto, entender el contenido.
–Tienes ante tus ojos, Pedro, nada más y nada menos que la página que le falta al texto original de “El lazarillo de Tormes”. Fue arrancada antes de su definitiva publicación, cuando ya su autor: Alonso de Valdés, secretario de cartas del emperador, había fallecido. La obra es una larga carta dedicada a una señora, una misiva de justificación y disculpas. Aquí podemos leer su nombre, Isabel, y todo parece apuntar a que se trataba de doña Isabel de los Cobos, sobrina del señor de esta casa; razón última para forzar el secreto del motivo de la obra y el anonimato de su autor, tal y como ha pasado hasta nuestros días.
–¿Un amor imposible? –pregunta Pedro.
–Un romance maravilloso habría mejor que pensar, que dio como fruto la primera gran obra novelada de la literatura española, y europea, narrada en los escenarios y con los personajes reales y picarescos de aquella España, heredera del mantillo de Al Andalus, a punto de ser amordazada. Al mismo tiempo era una sátira erasminana, en consonancia con el gran conocimiento que Valdés tenía de los ideales y circunstancias de Erasmo y acorde con el momento crucial por el que pasaba el reinado de Carlos V.
–Un amor anónimo, un libro condenado al anonimato, una España como un añoso árbol patriarcal formado por tres grandes ramas: La España expulsada como ya sentenciaba el epitafio de los reyes católicos, la que expulsa y cierra sus tierras cercenando su cultura bajo el pendón inquisitorial, y la tercera España, conversa, desubicada, extirpada, que se asomaba con redoblado deseo a las brisas reformistas, como agua de mayo, a un estado de opinión ético. El cuerpo místico de Cristo, concepto estrella del erasmismo: todos pertenecemos a un solo cuerpo espiritual, todos pues cabemos, sin títulos de senectud cristiana, en la España de aquellos años.
Franjamares, Julio, 2010