Archive for the ‘General’ Category

8
Sep

Las cinco y media de la tarde (relato taurino)

   Posted by: franjamares

A las cinco de la tarde el albero parece de oro, sin salpicaduras aún de sangre. El coso se extiende redondo, interrumpido sólo por las aberturas de la puerta grande y los burladeros. El paseíllo levanta aplausos en los tendidos, más presurosos en los de sol, que el calor todavía aprieta y mete en esa parte de la plaza una fogosa sensación de premura. Monosabios y mulilleros, subalternos y banderilleros, caballos y picadores, mozos de espadas y matadores, todos desfilan con pompa y donaire, auspiciando la buena suerte, conjurando la adversa, mientras los toros, ausentes del jolgorio, soltando espuma por el hocico, traspiran bravura encajonados en los chiqueros.

Hoy recibe la alternativa en el tercer toro de la tarde Manuel el Pinta, joven imberbe pero con buena colocación de gónadas. La cogerá de manos del maestro Manuel Torrijos, con más corridas en sus piernas que un ladronzuelo de barrio, que hoy se ha ceñido por última vez la faja en un vientre ya algo adiposo y cuarentón, quien lleva altanera la montera sobre su calva, placita de toros de la coronilla, para en su primer toro lanzarla lejos de todas las manos, al regazo de su joven mujer. Ella está radiante. No tanto como anoche, recuerda el torero con un leve aflojar de piernas. Está enamorado, en esa fase instintiva de puro sentimiento y temeridad. Quizá eso le ayude en la lidia, el toro no olerá el miedo del torero y éste confiará en su faena. Pero algo le inquieta. Ha roto la regla de oro de la profesión: no tener relaciones sexuales la noche antes de la corrida.  Y él no solo tuvo relaciones sino que bebió manzanilla más de la cuenta, abusó sin piedad del jabugo y movió el esqueleto hasta las tantas en el club latino, Que nos quiten lo bailao, dijo girando por la cintura a su bella pareja. Luego, sin indulto posible, acabada la música, la raptó para subirla al séptimo lecho del cielo de verano de esta ciudad andaluza, y hundirle allí el estoque bajo las estrellas. Por eso ahora le tiemblan un poco las piernas. Y eso le hace perder confianza.

Al Pinta por su parte le bullen los nervios en la barriga. Con diecinueve años y cientos de novilladas se siente como un muletilla dispuesto a levantar al público en un minuto robado de gloria. De la sombra del maestro, a la que camina, saca algo de frescura y calma; con todo, le sobra voluntad y a pesar o a cuentas de su edad: audacia y presencia. Trata de buscar esa parte auténtica que siente invariablemente en la dehesa, cuando va a ver a los toros en su campo, aprendiendo de ellos, viéndolos fundidos en la naturaleza. Entonces incluso piensa: Lástima que la muerte esté en juego, la del animal soberanamente segura, la del torero mínima, pero por mínima que sea: muerte. Desde la antigüedad el toro ha sido uno de los símbolos de las fuerzas del destino al que está sometido todo hombre. Esta tarde sobre el albero El Pinta confía en el que destino no le depare ninguna cornada.

El otro matador, David García: El Mulilla, es especialista en el salto de rana, herencia que ha cogido y perfeccionado del “autor de sus días”, como suele llamar en privado a su padre, de quien se ha puesto el apodo (éste a su vez lo había cogido del suyo que había sido mulillero de la Maestranza de Sevilla), pero el autor de sus días no lo reconoce como hijo, a pesar de que la genética saca a la vista de todos y sin tapujos el palo y la astilla. David es un torero de nervio vivo pero ejecutoria templada. De los que se arriman al animal ensangrentado para sentir cerca el poderoso cuello, el asta afilada y quitarse el miedo desafiándolo. Esto el público lo nota y lo agradece. En su cuarto, antes de salir por la puerta grande, reza mirando al techo, respira profundamente y le dice a su mozo de espadas: Vísteme despacio que tengo prisa. Lo que usted diga, Napoleón, contesta el subalterno, que ante todo es amigo, y le arranca una sonrisa cómplice mientras se ajustan los machos y las energías.

El primero de la tarde es un toro de casta cabrera, de cuernos enormes, un bicho 587 kilos de puro nervio que sale a la plaza corneando y saltando desde la puerta de toriles, un ejemplar al que El Mulilla va a tener que conducir a muletazos hasta el picador para que le sea rebajada una buena parte del brío. El primer puyazo en el morrillo, detrás de la nuca, es brutal y penetrante, pero el animal levanta su cuello poderoso levantando pica, picador y caballo y luego sacude la cabeza hincando las astas en el peto del percherón que acaba perdiendo el equilibrio y cayendo con picador sobre la arena. Los subalternos apartan con sus capotes al empecinado animal que no ha dejado de embestir sobre el bulto, furioso ya del dolor incisivo de su primera sangría. Como la cabra tira al monte, este toro cabrero no parece el más indicado para hacer una faena de arremucos y saltos de anfibio, así que puesto de nuevo en guardia el picador, se intensifican los puyazos, los capotazos, las banderillas, incluso a duo, que eso mosquea más al astado, y sin detenerse, suerte de muleta, muerte y despacho, sin apenas haber visto siquiera cuatro lances de faena.

El maestro Torrijos le toca un bello prototipo de casta navarra, Nublado de nombre, 536 kilos, de menos trapío pero muy bravo y que le arremete hasta a las moscas que pululaban por su hocico. El bicho ideal para terminar una carrera, piensa en voz alta el torero al verlo ya deslomado tras la suerte de varas. Pocas banderillas, con este cunde la faena. Esta fue su segunda frase y su primer error. El toro navarro, que siempre había conservado las ganas de embestir, aunque parecía acomodaticio, aguantó un par de naturales y un derechazo, pero en el remate de pecho hizo un extraño de cuernos con el que casi engancha al maestro. Éste saca arrojos pero las piernas empiezan solas a bailarle. El miedo ha bajado de su cabeza a los órganos más débiles ahora de su cuerpo. Mientras, el toro navarro parece haber recobrado toda su bravura y el dolor recibido encrespa más su mala leche y sus ganas de cornear al tipo del trapo rojo, pero no por su color, sino porque se mueve perversa como sierpe amenazadora en aquel erial extraño y asolador de la plaza de toros.

El mozo de espadas le entrega el estoque deseándole la suerte como siempre, hoy con más convicción si cabe. Torrijos se recompone, se va despacio para Nublado con el capote estático, al que sólo le da ligeros cortinazos a los que responde el toro con idénticas sacudidas de cuello. Parece que el animal dice que sí al juego de estrategia de Torrijos, sin embargo no consigue cuadrarlo, dejarlo colocado con las patas delanteras juntas como colegialas mellizas. Cuando cree que lo está, se va girando de perfil estoque en ristre, tensando pies y talones, a los que nota poco finos, y en el instante postrero en que ya se lanza, Nublado cruza las patas y Torrijos, volando espada en alto, ya no sabe donde cojones va ha clavarla. Toca hueso. Lo mismo que toca el toro navarro después de atravesarle la entrepierna con su asta derecha. La envestida del toro levanta en la plaza un ¡Oh! generalizado y dramático cortado con el desgarrado chillido de una mujer. Torrijos revolotea enganchado del cuerno como un monigote de setenta kilos movido por el cuello maquinal de Nublado. Los subalternos saltan a la plaza para llevarse por todos los medios al toro, y el torero, inconsciente y desangrándose sobre una camilla, es llevado en volandas a la enfermería.

Las cinco y media de la tarde. El joven Pinta, qué amargo trago, va ha recibir la alternativa de un matador medio matado, víctima de la incontinencia que no del miedo, en las puertas de la muerte.

Franjamares, septiembre, 2010… Tertulia Entrelíneas, Nerja (Málaga)

31
Ago

Dime de que presumes

   Posted by: franjamares

Ana ha salido de su casa temprano, lleva en su mano derecha una bolsa llena de ropa, usada por supuesto y gastada y pasada de moda. La lleva a la parroquia, que por algo presume ella ante sus amigas y el pueblo entero de buena cristiana. Comparte pues con sus semejantes lo que le sobra; es decir, lo innecesario, lo que no sería sino bulto para la basura. En lugar de eso, cada vez que hace limpieza llena varias bolsas o una como en este caso (no están los tiempos para andar con despilfarros) y la dona a los más necesitados. Jesús ya lo dijo: a los demás como a uno mismo, pero Ana entiende más bien a los demás lo que a mí me sobra. Cuando sale de misa procura dar algo también a  los que allí mendigan, no sería de buena cristiana hacer otra cosa. Sin embargo nunca se la ha visto en reuniones que intenten cambiar las desigualdades del mundo, ¿Somos todos iguales? Le preguntó un día su hija y  ella contestó muy resuelta: “Hija, igual que hay guapos y feos, hay ricos y pobres y si Dios ha querido que así sea, nosotras no somos nadie para cambiarlo”. Y así resolvió el gran problema moral que a cualquier persona se le plantea cuando se da cuenta de que efectivamente todos somos iguales, es decir personas, pero unos tienen mucho y otros no tienen nada. Su hijo, un muchacho serio y sensible que tiene preocupada a toda la familia porque le ha dado por escribir poesía, llega últimamente tarde a casa, ella cree que tiene novia pero lo que en realidad tiene su hijo es un novio, un amor desatado imposible de parar y del que todo el pueblo parece tener noticia menos ella que presume de familia ejemplar, y qué hay más lejos de la ejemplaridad que la homosexualidad fruto de la lascivia sexual y el desenfreno y la laxitud de costumbres, y en fin, de la decadencia de los valores morales más firmemente establecidos.

Hace meses apareció en el pueblo un inmigrante despistado que había desembarcado en patera en la costa y que en su huida había llegado a parar a este pueblo del interior. Su color negro como el azabache provocaba el asombro mal disimulado de todos y las risas de algunas muchachas que se hacían eco de la leyenda de que los negros están muy bien dotados.”Pobre”, pensaba Ana con toda la pena de su corazón, “En qué estaría Dios pensando cuando hizo a estas criaturas con este color tan oscuro que se puede confundir con la noche. Sin duda un castigo divino por cualquier tropelía, de ahí que los negros sean una raza eternamente perseguida… ¿Estos serán también como nosotros? ¿Puedo considerarlo prójimo? Mañana tendré que preguntárselo al Padre Juan porque no lo tengo muy claro”.

Begoña Ramírez Joya, agosto 2010, Tertulia Entrelíneas, Nerja  (Málaga)

21
Ago

Mi nombre es Zayd

   Posted by: franjamares

Mi nombre es Zayd; que significa abundancia. El afán por tener nace de la íntima creencia en la escasez. Si uno piensa que carece continuamente de cosas es imposible que llegue a sentirse pleno. Parecido a un pozo sin fondo, donde el deseo nunca es satisfecho, semejante a una escalada exponencial en la que nunca puedes alcanzar la cima, así sientes que la abundancia nunca llega a tu vida. Siempre queremos más y más, y mucho más… porque teniendo nos sentimos seguros, porque le damos el valor de lo que somos a las cosas que logramos tener y esta identificación es errónea, nunca llenará tu corazón de paz, ni tu mente de sosiego y silencio, es frustración continua intercalada de escasos instantes de fugaz satisfacción por tener y disfrutar el nuevo juguete.

Tal vez debería pensar de otra manera. Concebir que, para sentirme colmado, no necesito invertir en cosas que no valen realmente nada. La conciencia sin forma se hace consciente de sí misma a través de mí. Eso soy, eso somos. Tengo que reconocerme a mí mismo y esa no es sino una búsqueda espiritual. Para saber de esta pregunta me han ido llegando ecos y señales de muchos caminos. La Biblia, a pesar de su letra menuda y sus hojas finas, siempre fue una valiosa lectura, llena de símbolos y arquetipos; Sin embargo, el Dios Yahvé del antiguo testamento resultaba decepcionante; su carácter implacable, vengativo y  justiciero, se alejaba de mi sentido íntimo de la religiosidad. Se parecía demasiado a un teniente con quien topé en la infantería de marina, que no dejaba de repetir en el fragor de las maniobras: ¡Yo soy aquí vuestro único Dios, y se hace la voluntad de mi santos cojones!

Los evangelios me hablaron con más dulzura de la piedad y el amor de Cristo, pero su puesta en escena en la iglesia y en la calle ahondaba sobre todo en el pecado, el sufrimiento, la crucifixión y la muerte; la luz de la resurrección apenas era una anécdota en el contexto de aquella enorme cruz llena de sudor, sangre y pecado. En los pasos altos y duros del piquete de semana Santa, dolorosa formación procesional, se machacaba con pasión esta idea. El teniente Yavhe escogía a los mejores para cada desfile. Aquel año me libré.

Más tarde cayó sobre mis manos el Libro de los Milagros, un largo texto dictado a una psicóloga atea por canalización y escritura automática. Interesante la teoría, pero sus ecos disociativos entre la mente separada, el ego, y la mente recta o espíritu santo, me causaron una cierta esquizofrenia, que no llegué a superar con los 365 ejercicios que el libro complementaba.

Por la red pesqué un día un libro titulado Yoga-Vasishtha, más conocido como Mahara-mayana, sus treinta y dos mil versos escritos por el sabio indio Valmiki, primer poeta que se expresó en lengua sánscrita, su atenta lectura y la figurada vivencia de sus enseñanzas, hicieron sentirme a veces tan liviano como para alzarme por encima de las limitaciones de la materia, experimentando entonces cierta exaltación espiritual: una beatitud de la que hice partícipe al prójimo (el más inmediato mi mujer); o sea, me sentí buena gente, aunque eso creo que ya lo era.

El sufismo sopló entonces en mi oreja como brisa de oasis. Supe que las raíces de Al Andalus seguían dando tallos, flores y frutos en el pensamiento contemporáneo, que habían etiquetado con las siglas PAC. Por la red compartí ideas e impresiones con estos artistas, que bebían y llenaban la renovada fuente de la que todos bebíamos. El dátil de los viejos sabios andalusíes aún conservaba su principio de energía, su exotismo y su dulzura, y quise comerlo sin demora pues bajo aquel sabor y aquella sombra me sentía como en casa. El amor de los místicos andaluces por el Corán me hizo aprender el árabe clásico para poder leer el libro sagrado en la misma lengua de su revelación. Aquella caligrafía dibujada, el sonido de sus consonantes, parecían despertarme una íntima y profunda sintonía con el Islam y su idea iconoclasta de la religión. Creo que también acabé conectado con esta cultura por mi carácter renuente, por llevar la contraria, yendo a contracorriente de la islamófobia, idea que se trataba de propagar incitada por intereses inconfesables, orquestada por el aparato logístico de los things tanks occidentales y justificada por terrorismos con turbante.

El profeta Muhammah, la paz y las bendiciones sean con él, fue un espejo de misericordia e iluminación al que quise emular subiendo al cielo con mi mujer a lomos de nuestro caballo de amor; algo parecido a lo hizo el profeta de la mano del arcángel Gabriel, a lomos de Alborac, mientras soñaba junto a su esposa Aisha en Jerusalem. Nos convertimos, abrazando los cinco pilares del Islam. Íbamos a la mezquita, rezábamos en total sumisión a las leyes de Dios. Éramos parte de la Unna, la comunidad musulmana, y de la humanidad entera, y nos sentíamos en perfecta estabilidad, orden y armonía  con todo el Universo; nuestro libre albedrío nos daba la racionalidad de aquella decisión de pertenecer al Islam, palabra que significa además de sumisión a Dios, paz, armonía orden y serenidad.

La paz duró poco. El terrorismo llamado yihadista (que alzaba falazmente, ensangrentándola, la bandera del Islam) ya venía actuando sin piedad, sembrando el terror, en distintos puntos del planeta; algo que ocurría en casual retroalimentación, principalmente, con el fundamentalismo republicano estadounidense. Los extremos se tocan. Habían caído las torres gemelas, el miedo visceral se apoderaba de la población. Y los poderes coercitivos ya tenían motivos patrióticos y carta blanca.

Un día luminoso irrumpió la policía en casa. Lo revolvieron todo: sacaron el coran de la estantería, el ordenador del escritorio, todas las carpetas del cajón y finalmente me apresaron. Salí sin despedirme de mi esposa y mis hijos con una gruesa brida de polietileno uniendo mis muñecas por atrás. Nadie aclaraba los cargos en mi contra. Solo me decían que estaba detenido. Una nueva ley antiterrorista cayó sobre mis humildes derechos humanos; con esa ley me subieron clandestinamente a un avión de los servicios secretos y volamos varias horas hasta algún lugar, luego supe que en el caribe. Al salir a rastras del avión en aquella bahía, de la que sentía su calidez y olor, no pude ver en cambio nada: ni el color de sus aguas, si eran azules o turquesas, ni el brillo de sus palmeras, ni ningún hombre sincero de los que crece en la palma, ni por supuesto a ninguna guantanamera; una capucha negra modelo inquisición, cubría toda mi cabeza. En los interrogatorios me torturaban para que les dijera los nombres de los otros miembros de trama de financiación irregular del grupo terrorista al que supuestamente me hacían pertenecer. Gritaban que mi ordenador estaba lleno de pruebas. Listas de entrega de cantidades de miles de personas. Y aquello sí era cierto: durante un tiempo me hice cargo del cobro periódico del zakat, tercero de los pilares del Islam, un tributo fijo de todos los musulmanes para ayudar a un hermano que había sufrido un accidente y cuya familia estaba pasando grandes necesidades.

Mañana me ponen en libertad, que yo sepa sin cargos… Ha sido una pesadilla de diez años: algo para olvidar. Algo para recordar también pero sólo en lo que ha supuesto de duro reto y sabiduría para mí y para mi familia. He sufrido en mis propias carnes la impotencia, el abuso, la mentira, la ira, la avaricia, la vanidad… he sido un cabeza de turco de todas las violencias de la mente psicótica humana, recreada en el ruin imperio militar capitalista y sus “contrarios armados”. Esa parte del hombre que como dijo el profeta Jesús “no sabe lo que se hace”, que está separada de la fuente, que no es sumisa del amor de Dios que habita en nuestro corazón, pero sí del miedo y el oprobio que conforman nuestra falsa e insaciable identidad.

Mi nombre es Zayd y ahora la abundancia llena mi vida.

Franjamares, agosto 2010, Tertulia Entrelíneas, Nerja (Málaga).

13
Ago

Verano

   Posted by: franjamares

Arrecia el calor y los humanos nos dirigimos en manadas incontenibles hacia las playas. Ríos de vehículos inundan las carreteras a través de cuyo asfalto reverbera un humillo huidizo, fantasmagórico que nos indica que la tierra hierve bajo nuestros pies.

Las ciudades quedan semidesiertas, en apariencia semejantes a las ferias cuando están en descanso y todo alrededor parece una burla, incluso ese payaso que te mira estático prendido en el tiovivo. El cemento no deja que la tierra respire por eso las ciudades se convierten en lugares inhóspitos, en los que cualquier árbol, cualquier signo de vegetación es un alivio para los sentidos.

Este caudal humano incontenible aterriza en las playas de cualquier lugar, donde se mezclan propios y extraños, lugareños y forasteros.

Después del ritual de la sombrilla cercado ya el terrenito particular nos dedicamos miradas directas o de soslayo, estudiosas o simplemente curiosas. Como los animales de cualquier zoo, estudiamos a los que nos rodean con curiosidad o sin ella. Observamos y nos observan.

Vistos así más que nunca, con tan poca ropa, tan desnudos, tan básicos, surge con mas imperiosidad que nunca la inevitable comparación con el resto de los animales, de cuyo universo genético formamos parte. De forma pedante y grotesca argumentamos que los animales carecen de emociones, o de otras cualidades supuestamente humanas.

Mirándonos más de cerca somos los únicos animales que expoliamos la tierra sin ofrecerle nada a cambio. Diríase que ataviados con nuestras sofisticadas prendas sentimos ese halo de superioridad que tanto daño nos causa cada día, porque ¿creerse superior no es síntoma de envilecimiento? En la arena desparraman sus tollas jóvenes Ulises y Penélopes trasnochadas, buscan y tal vez encuentren. Alguien quizá se alimentará de sus miedos y sus esperanzas. Por mi parte de vez en cuando procuro observarme desde fuera, y al convertirme en mi propio observador me doy cuenta de lo ridículos que llegamos a ser, lo envarados, lo supuestamente correctos, para caer al fin siempre en la más absurda de las vilezas.

El verano seca las ideas, por eso intento regar mis neuronas con algún libro que alimente mi espíritu; sí suena un poco eclesiástico, qué le vamos a hacer, son siglos de imperialismo religioso. Conste que las respeto todas, las religiones, digo. Lo malo es que siento que ellas no siempre me respetan a mí, o estás con ellas y en ellas, o en su contra. No admiten las diferencias. Y yo grito vivan las diferencias. El amor no conoce razones.

Begoña Ramírez Joya, agosto 2010

2
Ago

Manolito*

   Posted by: franjamares

Manolito abre un ojo de modo mecánico, su despertador biológico a tocado a las cinco en punto. Tal y como lo había pensado justo antes de dormir. La nebulosa del sueño aún flota sobre su mente y se siente pesado, muy pesado. Sentado sobre la cama presiona el interruptor de la lamparilla, luego se pone de pie con más dificultades de las que hubiera imaginado y encamina sus pasos descalzos hasta el baño. Evacua la vejiga y el sonido de la fuente se modula con el de un bostezo sostenido, que acaba estirándose, casi dolorosamente, sobre en sus tendones y músculos. Se mira la cara en el espejo y se extraña de lo que ve. Tiene que frotarse los ojos para limpiar y enfocar la mirada; ha de encender la luz del mueble para ver con más claridad pero no se deshace el espejismo. En ese instante el pavor se apodera de su cuerpo… Un repullo frío tensa sus nervios como cuerdas de bandurria. ¿Quién es ese tío que ve reflejado en el espejo? O dicho de otra manera, ¿Qué carajo le ha pasado que ni siquiera se reconoce? Tapa su cara con ambas manos y observa sus dedos rebolondos, sus nudillos abultados y peludos, un anillo de oro… ¿De quién son esas manos? No parecen las suyas pero las siente como propias. Las separa poco a poco y observa aparecer su rostro. De nuevo esa cara redonda, extraña, rutinaria. Ahora sin embargo sí se distingue. ¡Claro, es él!, pero tapado tras la deforme máscara, globo ojeroso de tez macilenta, con varios dientes podridos, arrugas solapadas y narices abiertas. En un tenue brillo allá en el fondo de su mirada, aparece su verdadero rostro. Está reflejado en el interior de la pupila, invisible pero latente. Ahora recuerda y lo hace de golpe, como si le hubieran caído encima los peores años de su vida (los últimos) y con ellos todos los problemas, las crisis, los hábitos alimentarios y tantas manías personales que le han hecho merecer semejante aspecto.

Se ha levantado tan temprano porque un amigo lo ha convencido para que fueran juntos a las olimpiadas rurales. Es el segundo año que se celebran, y se repiten por haber gustado sobremanera tanto a los del pueblo, como a los que vienen de veraneo. Se practican viejos juegos pasados de moda, aquellos ya olvidados de cuando niños; los mismos que la Peña El Almocafre ha venido retomando para chicos y mayores, para que no cayeran en el saco del olvido como tantas otras cosas del acervo. Los juegos se disputan en las distintas modalidades, y más desde un espíritu de divertimento y cultura que de mera competición, aunque eso sí, se reparten premios sorprendentes, y no sólo a los ganadores.

Manolito sabe que no por mucho madrugar amanece más temprano, pero esa mañana ha prometido asistir al más madrugador de cuantos juegos se programan: nada menos que a las siete de la mañana. Allí los competidores verán salir el sol por los cerros de levante mientras nadan de una a otra orilla de poza, y la Rondalla de la Aurora canta sus coplillas preferidas a la Virgen del Agua, patrona del pueblo. Desde luego no se encuentra en su mejor estado de forma, nada que ver como cuando mozo, que ganaba todas las pruebas de nado. Treinta quilos de sobrepeso, algo de lumbago, dolores en un hombro y una pizca de hipertensión nadarían en su contra. Además no se ha mojado el ombligo en la poza o en la playa desde hace años.

Sí, lleva una temporada rara, se le queda a veces la mente en blanco o de repente recuerda cosas muy remotas y olvidadas; tanto que a veces las confunde con sueños, o incluso no le parecen propias. Hace unos días recordó una historia medio borrada. De chico se escapó a la era para ver a los mayores en la noche de carnaval; se habían disfrazado de brujas, zombis y diablillos y formaron una suerte de aquelarre con olla de sangría, bota del vino del terreno, chorizos picantes y morcillas de la chacinería… y un arroz con leche con mucha canela que había hecho su madre por encargo de su hermano. Éste parecía ser el mejor motivo de su escapada;  probar la cremosa textura del arroz; y allí estaba, escondido tras una carreta, esperando el momento dulce para entrar en escena. No entró en escena, porque cuando sacaron el arroz una pareja se vino arremolinada hacia donde él estaba, por lo que tuvo que buscar escondite detrás del algarrobo, y los tórtolos ocuparon su lugar. Los chicos comenzaron a reír en voz baja y a besarse; en seguida, entre suspiros, se desnudaron a medias y acabaron fundidos en un baile rítmico y excitante que los dejó boquiabiertos y fascinados, a él por supuesto también.

Manolito descubrió de este modo el amor carnal a los cinco o seis años. Luego, en su segunda vez, él era el protagonista. Pero al mismo tiempo se sentía también espectador, como si la presencia de ese pequeño inocente también estuviera en ese momento de idilio observando a los amantes.  Por eso no se extrañó cuando su novia le dijo en mitad del juego:

–Espera, tengo la sensación de que alguien nos espía. Alguien que nos ve desde algún lugar.

–No te preocupes, a este sitio nunca viene nadie. Cuando quiero estar solo, vengo aquí.

Aquella segunda vez fue la primera para Manolito y también para la chica que se ofrecía con atenta inocencia, instinto pasional y la excitación más magnética que jamás sintió en muchacha otra. Después de aquello, se vieron un par de veces más y, luego, dejaron de verse.

Este tipo de recuerdos antiguos le vienen nítidos, mientras que se desvanecen los más recientes, los detalles que no el fondo, los que con diferencia son más dolorosos. Sucedieron hace siete años, pero las lagunas en su mente distorsionan el tiempo. Una mujer tendida en la carretera, agonizante; el volante clavado sobre su pecho; una familia rota…  Y luego la desesperación, la sombra, el hoyo, el olvido parcelado y sin avisar de las cosas más cotidianas, que lo dejan en blanco, encogido, con el eco latente  del dolor constante y mortífero en su corazón.

Seguro que el chapuzón a las siete te viene bien, eso le dijo su amigo, ¡venga cabezón anímate! Se ha puesto ya el bañador, ha preparado la toalla, se ha tomado un café solo, y sale por la puerta a poco más de las seis para buscar al cómplice. Ha madrugado más de la cuenta para que Dios le ayude en la carrera (y en la vida), para que ganando o no, se encuentre feliz consigo mismo, como no se ha sentido desde hace años.

Por Franjamares

* A propósito de los temas: “Aquelarre”, y “No por mucho madrugar…”, Tertulia Entrelíneas, Nerja, agosto 2010

24
Jul

Miedo

   Posted by: franjamares

Olía a verano. Sobre la piel cuajaba un sudor fino mezclado con el salobre. Alguien había comentado que cuando se llegaba a la costa, si te pasabas la lengua por la superficie de la piel notabas el sabor salado del mar. El mismo día que salí de la “Alsina” y trotando fui a asomarme al mirador del paseo, lo hice: lamí mi antebrazo con curiosidad y ganas y me quedé absorto, cautivado ante la inmensidad azul que tenía delante, inundando el horizonte todo, desde mis ojos a mis narices. Que bien olía aquella masa marina, aquella brisa, auténtico sabor de la respiración del mar. Algo sublime, apenas comprable con ese regustillo a sudor que había sacado de mi arrebatado brazo, último rompiente del mar interior de nuestro cuerpo.

Sabía, aunque de una manera inconsciente, que todos habíamos venido del mar, que la vida, apenas unicelular, había nacido en las aguas de un océano primigenio y que ahora ese mismo medio básico se reproducía en nuestro organismo, para que vivieran las mismas bacterias primitivas, alojadas en nuevas y complejas células, en tejidos y órganos inteligentes, en perfecta simbiosis, surtiéndoles del oxígeno la energía necesaria para reproducir a cada instante el milagro de la vida.

Camino del apartamento vimos el anuncio del cine de verano. El cartel de la película de esa noche parecía tener un sello indudable de intriga: la silueta en negro de un personaje con sombrero, frente ala cancela de una casa de la que irradia una luz misteriosa, por delante de su propia sombra alargada. “¡El Exorcista –exclamó mi hermana–, luego podemos ir a verla!”. La idea de ir al cine me fascinaba, y el título de aquella película, entonces incomprensible para mí, me atraía de una manera extraña, sutil, pero persuasiva.

Esa tarde la pasamos en la playa hasta que un sol remolón, reticente a irse, se posó sobre los cerros de poniente. Apenas salí del agua. Observaba mis grandes manos arrugadas bajo el cristal acuoso y aumentativo del rebalaje, donde también brillaban las chinas en el vaivén de las olas. Era una dulce sensación de placidez y de parentela con las aguas.

Luego, cuando ya oscurecía en el apartamento, aún quedaba turno de espera en la cola de la ducha; vigilantes todos de la botella, para que el termo no se quedara sin gas. Ese fue el pretexto perfecto, la razón insoslayable, para que mi hermana, promotora de la idea,  y todos los de la casa, evadieran lo de ir al cine. Armado de arrojo e ingenuidad, cogí veinte duros de la hucha y decidí ir solo. Ya digo, aquel título me atraía.

Así que saqué la entrada y acabé en un asiento metálico en una de las filas del centro.  Comenzó el reparto con una música penetrante y misteriosa. Una gárgola con la imagen del maligno se recortó de pronto en la pantalla con los últimos fragores de la música.

La trama empezó bien. Una niña encantadora, con una casa de ensueño y una familia perfecta de clase acomodada, se orinaba por las noches, y tenía horribles pesadillas… pero cuando me quise dar cuenta, la cosa no tenía arreglo. La niña ya no era la niña, una voz nacida en las propias mazmorras del infierno, me puso los bellos de punta, y a punto estuve de salir del cine. Era la voz del demonio que ahora desfiguraba la bonita cara de la chiquilla. Creo que me quedé en el cine por los diez duros que pagué en la entrada, o por la misma extraña razón que me había llevado hasta allí. Resistí entonces sobre la butaca de hierro, con el miedo helando mi sangre de trece años, mientras veía con los ojos de par en par la entrada en escena del cura, que también era psiquiatra; o como saltaba la cama acolchada  con la niña poseída amarrada a los varales; y cuanto soltaba por la boca el angelito, con su voz espeluznante, encendidas blasfemias a su madre y sobre todo al de la sotana y a su jefe, para quienes remataba el acto con convulsiones y vómitos verdosos y humeantes…

Lo soporté todo hasta el final. Pero creo que la impresión me había perturbado los niveles vitales. Tenía frío y hacía un calor sofocante; creo que me temblaba todo, hasta la voz, aunque apenas podía hablar; y en la cabeza retumbaba aún aquella voz salida de los altavoces del cine y del rostro deformado de la niña. El miedo en estado puro se apoderaba de mi mente adolescente, que se pensaba blanco perfecto para todo tipo de ánimas malignas que deambularan buscando alguna alma cándida a la que poseer…

Para colmo el bloque adonde teníamos el apartamento, con problemas con el constructor en la entrega de obra, no tenía el ascensor en marcha y tampoco alumbrado de escaleras; así que cuando mi hermana me vio venir desde la terraza y le grité que me abriera, apenas si le dio tiempo de levantarse y atravesar el salón hasta la puerta, cuando ya estaba yo arriba, jadeante, aterrado, tocando en la puerta, después de haber subido de tres en tres los escalones de las cuatro plantas.

Por suerte con el tiempo he descubierto que el miedo es el producto de un estrés negativo acumulado, en otras palabras: la ausencia de amor recibida en la cera virgen de tu emotividad durante el proceso vivencial y educativo. Es el vértigo que se traduce en tu mente aislada como miedo al dolor y a la muerte, por dejar que existir. Que los fantasmas y demonios viven solo en nuestro inconsciente (caja de Pandora de traumas biológicos y emocionales), y aunque puedan existir entes energéticos de dudosas intenciones, jamás su grasienta oscuridad ensombrecería la luz de una persona en armonía y paz interior. Lo que creo importante con respecto al miedo es el poder de observarlo, alumbrarlo, desactivarlo, pero aceptándolo y llegando a convivir con él, como la sombra que contrasta y realza la luz. Ese parece ser el secreto de la vida, el misterio de Dios, si queremos llamarlo así, saber que somos manifestación de lo creado, una gota de agua del gran océano del cosmos, cuyas aguas unidas y en simbiosis fluyen por dentro y por fuera de nosotros (lo de arriba es abajo, dice el principio  hermético) usando los mismos patrones de amor; los científicos que unen la ciencia con la conciencia lo llaman: Radiofrecuencia Cuántica Diferencial, otros igual de “heterodoxos” (como Wilhem Reich) la describieron como energía orgónica; para los antiguos sabios y filósofos no era sino el éter o quintaesencia; y para las antiguas ciencias orientales: el Chi. Y todos estos nombres no son sino la energía cósmica primordial, la luz, el conocimiento y la inteligencia de Dios,  Dios mismo (Allah), una información que todos podemos negociar en nuestro ser energético y biológico, en nuestro corazón, en nuestro ADN, para vivir en la frontera de un nuevo paradigma, de una nueva dimensión.

Franjamares, julio 2010

3
Jul

Folio arrancado (relato)

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Ha entrado en el templo con la displicencia propia de quien visita una iglesia tras otra, una más, y en esta mañana intensiva de excursión organizada, ya llevan al menos cuatro, contando la que tiene ahora delante de sus narices y cuyo frescor y aroma a incienso comienzan a sugerirle. El maestro de historia que lleva dentro abre pues los ojos; se adormece el turista.

No ha querido coger el audífono, pues está comenzando a odiar los chismes electrónicos que se pegan a la oreja. Se ha separado también del rebaño del guía, pues su voz engolada de seminarista le molesta en los oídos. Se tiene que apañar con una cartulina plastificada que le han entregado a la entrada y donde aparece el plano del templo con los elementos importantes señalados y acotados con una escueta leyenda… La gran reja forjada y policromada; el impresionante altar con el retablo de la Transfiguración, talla de Berruguete, aunque sólo se conserva del ilustre escultor la imagen del cristo; dice la cartulina que el resto fue destruido durante la guerra civil. La pérdida realmente importante de esa tragedia –piensa invariable al respecto– fue el escandaloso número de vidas humanas. Y la sacristía, en cuyo pórtico de entrada aparecen dos hermosas sibilas con sus turgentes pechos al aire y, por encima de ellas, la virgen llevando a un niño en el altar del cielo. El magnetismo de este pórtico atrae al maestro que, desgajado del grupo, entra en el interior de la sacristía mientras sus compañeros aún degluten entre bostezos las palabras del monitor.

El interior es rectangular y armonioso, de proporciones perfectas. Aparecen otros personajes que descollan de las columnas sosteniendo el abovedado: nuevas sibilas, firmes atlantes y distintos símbolos paganos que se entretejen con los religiosos: calaveras, flores de liz, escudos de armas, serpientes, medallones… Y los siete ángeles del juicio final, como  flotando sobre la cúpula, que parecen anunciarle que algo importante le va a ocurrir.

Siente el impulso de captar una imagen de todo aquello, pero recuerda que allí dentro no se pueden hacer fotos. Dispara no obstante una primera instantánea que apunta a uno de los atlantes llevando sobre su cabeza, a modo de tocado, el rostro de un león. El flash no parece aún delatarlo y nadie surge por la puerta para interrumpir su mágico momento. Los bajorrelieves comienzan a sugerirle cosas;  parecen personajes de una historia modelada en piedra que quisiera revelar algo a quien tenga el conocimiento de verlo. Siente entonces que la enigmática estancia había sido un lugar de culto o de reunión, no la mera trastienda del templo; que para lo que menos se había usado en su época, fue acaso como sacristía. Una mesa central delata la celebración de algún ritual sagrado; y tantos símbolos gnósticos hacen pensar que tal vez lo que allí se reuniese fuera alguna orden renacentista de carácter secreto, que manejaba textos antiguos, conocimientos herméticos, además de ostentar y ejercer un inmenso poder político, económico y eclesiástico.

En esas elucubraciones anda enmarañado, cuando una muchacha sale por la única puerta que tiene la sacristía, sin contar la entrada en esviaje. La joven lo mira con gesto incierto y se le acerca. La luz que entra por las altas ventanas realza su figura juvenil enfundada en una falda hasta la rodilla, camisa blanca y chaquetilla corta.

“No se pueden hacer fotos en el templo” –dice esbozando una sonrisa. Él percibe que la reprimenda carece de rigor, que más parece una forma de entablar diálogo. “Bueno, es sólo una norma de la fundación” –vuelve a decir y sin más preámbulos sentencia–: “Ven, quiero que veas lo que nadie jamás puede ver de este lugar”.

La muchacha lo trata como si ya lo conociera, con claridad y confianza, como si por algún motivo lo hubiera estado esperando… Por eso sobran las preguntas del hombre quien, seducido y sin nada más importante que hacer, se deja guiar tras la estela de ella. Atraviesan el umbral de la puerta, la cierran tras de sí, y toman por un corto pasillo que se adentra en la luminosidad de un esplendido jardín. Un sauce, una perfumada higuera, los setos y arriates cuajados de flores, otorgan al huerto una belleza regocijante. “Sabes, mi padre es uno de los conserjes además de jardinero”. Las rosas rojas deslindan un sendero por el que ahora discurren impregnados en su olor. Llegan al otro lado del jardín y toman por un pasaje encalado bajo cuyos arcos entra la luz del sol, más blanca que las paredes. La hija del jardinero se detiene delante de una puerta, saca de un pequeño bolso un manojo de llaves, elige una y abre con sigilo.

–Estamos en la biblioteca privada de la fundación”, dice en voz baja mientras pulsa el interruptor de la luz. La visión es impresionante. Altas estanterías pueblan los muros soportando enormes volúmenes, acaso incunables, otras baldas guardan miles de ejemplares más pequeños y todo tipo de objetos antiguos y reliquias… Pero ante aquella riqueza, el maestro de escuela, tal vez colapsado, no muestra ni un ápice de asombro.

–Una cosa es la historia que se muestra –rasga el silencia la voz de la muchacha–, la que ha dejado escrita la oficialidad, y otra muy distinta y más verdadera la que permanece secreta, la que no interesa, y hay que escarbar para descubrirla. El hombre que mandó construir todo esto, Francisco de  los Cobos, secretario de estado del emperador, que vivía allí mismo en el palacio colindante del templo, es ejemplo vivo de los dos tipos de historia. Andaba a diario en la corte entre los grandes de la España católica, contrarios a toda reforma, pero tenía confidencias y tratos con los heterodoxos y erasmistas. Estos representaban lo que se ha dado en llamar “la tercera España”, la cual había tomado las ideas de Erasmo como salvavidas, la que pretendía una posibilidad de secularización y aperturismo de una España en la que tuviese cabida el riqueza cultural de Al-Andalus, cuya esencia ya se había filtrado en Europa a través de las traductores judíos y mudéjares; prueba de ese cúmulo de ideas, era el propio Erasmo.

–Mira este ejemplar, uno de los primeros salidos de la imprenta, es el Enchiridión del pensador de Rótterdam, que se leía más en las tabernas de España que en los salones palaciegos europeos… Estos de aquí –y señaló el interior de una vitrina–, son dos ejemplares similares a los libros plúmbeos hallados en Granada por aquellos años; curiosos trabajos con los que se perseguía el milagro de dotar a lo cristiano viejo de prístina arabidad para que entonces se aceptara como parte de un mismo tronco a lo morisco converso, y que fuera digerido por la cerrazón católica y contrarreformista que dominaba aquel periodo.

–¡Espera, espera! –corta el maestro que por fin reacciona–. Todo esto me parece increíble. En estas semanas me han llegado datos, libros y otras informaciones sobre esta ciudad y esta Iglesia; yo lo achacaba al augurio providencial del viaje: a mi me pasa que cuando ando imbuido en algo, surgen, cuando menos lo esperas y si aciertas a entenderlas, cosas  muy interesantes relacionadas con el asunto. Pero el encuentro contigo, ¡y este privilegio! –exclama señalando en circulo con la cabeza y los brazos abiertos–, no lo hubiera ni soñado”.

–La sincronicidad interrelaciona nuestras vidas, todas las vidas. Yo tampoco lo he soñado, pero en cuanto te vi entrar en el templo, supe que eras tú quien esperaba.

–¿Nos ha unido el azar o la Fortuna? –pregunta él.

–Han sido más bien nuestros deseos más íntimos.

–O el destino… –y el maestro hace una pausa como si pensara en un nombre que todavía no conoce.

Tan en conexión se encuentran, que ella parece captar su pensamiento.

–Fátima –dice ella–, me llamo Fátima.

–Pues el destino, Fátima, que une nuestras almas o tal vez las reencuentre porque ya antes estuvieron unidas –y concluye–: Yo soy Pedro.

Con sus ojos minerales y rasgados Fátima lo observa más allá de su mirada. Aún tiene guardada una sorpresa, que ya no puede esperar. Engancha con firmeza y ternura el brazo de Pedro y lo lleva a un ángulo de la sala.

–Aún no has visto lo más importante –dice abriendo el cajón central de un bonito y antiguo bargueño.

Saca del hueco un cartapacio de cuero negro y lo abre. Protegida tras un fino papel transparente aparece un folio amarilleado por el tiempo y elegantemente manuscrito. La caligrafía es graciosa y perfecta, del texto distingue algunas palabras sueltas, pero parecen estar escritas en castellano antiguo y cuesta, sin ser experto, entender el contenido.

–Tienes ante tus ojos, Pedro, nada más y nada menos que la página que le falta al texto original de “El lazarillo de Tormes”. Fue arrancada antes de su definitiva publicación, cuando ya su autor: Alonso de Valdés, secretario de cartas del emperador, había fallecido. La obra es una larga carta dedicada a una señora, una misiva de justificación y disculpas. Aquí podemos leer su nombre, Isabel, y todo parece apuntar a que se trataba de doña Isabel de los Cobos, sobrina del señor de esta casa; razón última para forzar el secreto del motivo de la obra y el anonimato de su autor, tal y como ha pasado hasta nuestros días.

–¿Un amor imposible? –pregunta Pedro.

–Un romance maravilloso habría mejor que pensar, que dio como fruto la primera gran obra novelada de la literatura española, y europea, narrada en los escenarios y con los personajes reales y picarescos de aquella España, heredera del mantillo de Al Andalus, a punto de ser amordazada. Al mismo tiempo era una sátira erasminana, en consonancia con el gran conocimiento que Valdés tenía de los ideales y circunstancias de Erasmo y acorde con el momento crucial por el que pasaba el reinado de Carlos V.

–Un amor anónimo, un libro condenado al anonimato, una España como un añoso árbol patriarcal formado por tres grandes ramas: La España expulsada como ya sentenciaba el epitafio de los reyes católicos, la que expulsa y cierra sus tierras cercenando su cultura bajo el pendón inquisitorial, y la tercera España, conversa, desubicada, extirpada, que se asomaba con redoblado deseo a las brisas reformistas, como agua de mayo, a un estado de opinión ético. El cuerpo místico de Cristo, concepto estrella del erasmismo: todos pertenecemos a un solo cuerpo espiritual, todos pues cabemos, sin títulos de senectud cristiana, en la España de aquellos años.

Franjamares, Julio, 2010

28
Jun

El día que murió Saramago

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El día que murió Saramago

EL cielo estaba totalmente azul, adornado por unas nubecillas desperdigadas aquí y allá, como trocitos de algodón colocados caprichosamente. La luz que iluminaba el día era totalmente blanca, diáfana. Me sentía con ánimo para cualquier cosa, incluso para sentirme bien, cosa que no conseguía últimamente, ni haciendo uso de las drogas legales, como el alcohol o el tabaco, o algún psico-fármaco recomendado por prescripción facultativa.;ni tampoco con alguna de las ilegales.

Esa luz especial había conseguido sacarme de mi temporal letargo existencial, de mi ya casi habitual aislamiento, de mi incipiente antisociabilidad.

Encaminé mis pasos al centro comercial, allí siempre me sentía seguro. Deambulando por esos pasillos repletos, rebosantes hasta rozar lo grotesco si se compara por un momento con cualquier lugar del planeta asolado por la pobreza. Las catedrales del siglo XXI (como las llamaba el escritor portugués José Saramago);en las que la purga por tus pecados pasa por la cinta de la caja registradora y luego cobra su penitencia restando dígitos de la cuenta bancaria.

A menudo como en la entrada de cualquier templo se congregan aquí mendigos, vagabundos. Expulsados o autoexcluidos del jardín del edén del engranaje social, que funciona más o menos con las reglas de cualquier club social. Con sus socios de diferentes categorías. Por un pelo no estoy fuera, aunque creo que soy un socio de los de más bajo rango. Pero permanecer en el engranaje tiene algunas ventajas. Desde que el mundo se vive y se entiende como una máquina, desde que han llegado a convencernos de que nosotros mismos somos una máquina más, hemos quedado desprovistos de alma y por tanto de humanidad. Nos hemos convertido en una réplica del gran mecano en el que el mundo que habitamos se ha transformado y paradójicamente ni siquiera a nuestro servicio, como cabría esperar de algo que nosotros mismos hemos construido, si no más bien al contrario nuestra creación, nuestro Frankenstein se ha revelado contra nosotros y estamos totalmente a su servicio, sin atrevernos ni tan siquiera a soñar que otro mundo no sólo es posible sino necesario y desde cualquier ángulo deseable.

Admiramos la lucidez porque de ella surgen los fogonazos que alumbran el camino que todos recorremos y aún así, aunque la apreciamos y valoremos como un preciado tesoro, rara vez los trazos del gran mural de la historia de la humanidad han sido el fruto de mentes lúcidas. Prueba de ello es el precario equilibrio social, político y sobre todo económico en el que intentamos sobrevivir.

José Saramago, poseía sin duda una mente lúcida, capaz de ver más allá de lo evidente. Visionario, como se supone a todo artista y con la capacidad de predecir por tanto lo que un futuro no muy lejano podía depararnos sometidos a la espiral del consumo desmedido al servicio de intereses mercantiles. Supo ver, entre los entresijos de un supuesto bienestar cimentado en la pobreza de otros, la terrible trampa a la que ese hedonismo desbordante podía conducirnos y el precio en humanidad, en valores humanos.

Esa pérdida, sobre todo del “ser” en beneficio de “tener”, aboga queriéndolo o no por el amor primero hacia uno mismo y luego y como inevitable consecuencia por al amor a los demás.

Cansado de deambular por los pasillos de esta catedral moderna, he sentido de pronto la imperiosa necesidad de salir afuera, a la calle, y como impelido por una urgente necesidad he mirado al cielo. Ya es de noche, mis ojos van topando incrédulos con estrellas esparcidas aquí y allá que seguramente ayer también poblaban el firmamento pero que fui incapaz de ver.

Begoña Ramírez Joya, Junio 2010

18
Jun

Eficiencia

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Vienen asegurando algunos expertos en economía física, que la crisis que venimos arrostrando, con peor suerte los más desfavorecidos, no es sino sistémica. Es decir: que su origen radica en el agotamiento de los propios mecanismos del sistema capitalista. Se colapsa una forma de economía fundamentada en el crecimiento exponencial del dinero creado con la deuda, en el despilfarro sistemático y antiecológico de los recursos naturales, en la corrupción empresarial y política, y en la especulación monetarista transnacional barajada “en el gran casino” de las bolsas de valores, llamadas eufemísticamente mercados. Estos mercados no se parecen a sus homónimos, los que residen en una plaza de nuestras ciudades o pueblos y donde la gente sencilla compra y vende sus necesidades primarias sin más ambición que el cobro ajustado del producto y el beneficio de su obtención y consumo, mucho mejor si es con una sonrisa, una pieza de regalo y “el trato humano” que a mi modo de ver enriquece hasta los alimentos.

No. Los mercados bursátiles y sus acólitos: los bancos de inversiones, agrupados en la “gran corporación” (monstruo psicópata porque piensa como una máquina de hacer dinero: sin complejos ni prejuicios, por encima de consideraciones humanas o ecológicas), son diametralmente distintos, simbolizan la institucionalización de la usura, de la rapacidad como instrumento para crear dinero virtual (sin conexión con la economía real productiva) como si fuera bueno, por medio del engaño y la manipulación mafiosa de ciertas estrategias e informaciones privilegiadas. Estos capos parecen ser los que marcan las políticas nacionales de los estados soberanos. Y lo llevan haciendo desde hace demasiados años. Un ejemplo: Las reuniones en secreto del club Bilderberg, a las que ahora nos enteramos han participado los reyes de la economía y sus súbditos de las casas reales, ciertos políticos escogidos y fieles jefazos de los medios masivos de información y desinformación.

Estos plutócratas, ideólogos y ejecutores del neoliberalismo, de la globalización y del nuevo orden mundial, han cundido la trampa del macro endeudamiento (la famosa burbuja), la droga del consumismo comparativo, del individualismo egocéntrico, y la banalidad refinada más grasienta y superficial, usando para ello su aparato psicológico y mediático. Han usurpado la mentalidad del occidental medio, se han instalado en su sistema operativo, y no hacen otra cosa que manejarnos como a pataquitos virtuales. Tratan de mediatizándonos sin cesar y el “miedo” es una de sus mejores armas (con la gripe A, lo comprobamos); su estrategia es hacernos definitivamente “medios” que no íntegros; separados de nuestro verdadero ser, sordos a las íntimas frecuencias de nuestro corazón de hombre y de mujer.

La moda del capitalismo popular cundió entre los trabajadores del primer mundo; ya podíamos tener nuestra pequeña cartera de valores, jugar a ser minibroker, trabajador agresivo (ya que no ejecutivo) y comprador compulsivo de cosas costosas que no sirven para nada sino para intoxicar.

Pero lo más importante de esta alienación globaliza, y lo primero que habría que erradicar para cambiar las cosas, es el veneno de la “competitividad”, y no sólo en el ámbito de la economía. La lucha encarnizada de unos contra otros no conduce a nada positivo. Es más rentable a corto y medio plazo la cooperación entre trabajadores, empresas y países, y la eficiencia productiva. Lo primero ya sabemos lo que nos ha traído: deslocalización de empresas, desmantelamiento del tejido industrial de muchos países, para trasladarlo a donde la mano de obra es más barata (¿más competitiva?), es decir: sueldos ridículos y ausencia de derechos laborales y sindicales.

Pero el mundo está cambiando. Ya no es cosa de uno sólo. El bloque económico, estratégico y militar USA-UE, tiene ahora por delante otro bloque emergente nada desdeñable: el llamado BRIC (Brasil, Rusia, India, China), al que ya se le ha sumado la T de Turquía, y si añadimos además las 118 naciones No Alineadas, que apuestan siempre por la capacidad diplomática del BRICT, veremos en breve como ejercen su peso en el G-20 y se arrogan de un papel protagonista en el futuro inmediato de la economía y la política internacionales.

La solución de esta crisis pasa pues por la democracia participativa, por el establecimiento de la banca pública, por la eficiencia política, energética y tecnológica, por la cooperación internacional y por cambiar paulatinamente los gastos militares por inversión productiva que genere mejoras sociales que extiendan por todas las naciones del mundo los sistemas públicos de bienestar social.

El cambio no obstante empieza por nosotros mismos, en nuestra conciencia y nuestra mentalidad: en hacer que triunfe el amor en nuestra vida cotidiana y que ese milagro multiplicado por miles y miles, cambie la realidad social que nos rodea.

Fco. Javier Martín – Franjamares, julio 2010.

“La dictadura económica del capitalismo”.

Reflexiones de José Saramago (su energía crítica vive con nosotros)YouTube Preview Image

5
Jun

Los libros plúmbeos (relato epistolar)

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Por Franjamares

Por la cuidad cunde el rumor del nuevo descubrimiento. Es un ejemplar excelente el ahora hallado en unas obras en el monte Valparaíso. Se trata de un libro en láminas de plomo llenas de círculos y estrellas con caracteres alineados donde predomina la caligrafía árabe. En estos nuevos textos desenterrados también se habla del apóstol Santiago, se citan nuevas revelaciones de la Virgen María y relatos de los santos de estirpe árabe Tesifón y Cecilio.

Es curioso que para abrir esta España, que cada día se cierra más en su armadura católica, hayamos tenido que recurrir a tales tretas. Granada es aire y esencia de una cultura que se niega a morir y que de hecho vivirá siempre inserta en el terruño y las gentes. Somos los granadinos viejos que no hemos podido o no nos dejan ser mudéjares, sino moriscos a juzgar y exterminar, que vivimos bajo la amenaza del destierro, y he de confesar, que no deseamos sino quedar en nuestras casas y nuestras tierras, porque nada consideramos fuera de la luz y el aroma de Granada… Somos pues un puñado de los nuestros con la ayuda de algunos castellanos los que ideamos el misterio de los documentos y reliquias, fuentes quiméricas que a modo de buen jofor, sirvan para la asimilación de nuestra idiosincrasia andalusí en el cuerpo de la cristiandad, forjada por la férrea horquilla del santo oficio.

Las primeras láminas con textos en árabe, latín y español, junto con unas reliquias, en plúmbea caja y con signos del mismísimo sello del rey Salomón, los encontraron adonde había que encontrarlos, en el derribo de la vieja torre Turpiana, alminar de la mezquita mayor de Granada. De ellos surge el personaje más señero de esta ya cuantiosa retahíla de descubrimientos de libros plúmbeos –que ahora culmina en el monte Valparaíso–, San Cecilio. Sobre el plomo se escribe de él que era de origen árabe, que se convirtió al cristianismo y que fue muerto con otros cristianos castellanos por los romanos. Mártir y santo, árabe y cristiano, la fusión perfecta para que los hijos de la granada mora sean considerados fieles conversos en la nueva Granada cristiana a imagen y semejanza del mártir San Cecilio.

A mi modo de ver la destilación de lo moro en lo cristiano es un hecho ineludible y necesario. El mismo fraile Juan de Yepes Álvarez*, pidió encarecidamente mis dotes como traductor aljamiado y conocedor de la tradición morisca para que lo acompañase a casa de una sibilina de Úbeda, conocida popularmente como la mora de Úbeda, y que atesoraba en sus entrañas toda la espiritualidad musulmana y la vía tasawwuf.

Este es por siempre nuestro sueño: la amalgama de ambas fuentes en las acequias de Granada, en los jardines y fuentes de esta ciudad. Una ciudad nacida en el Islam a la que tendremos que dotar de un pasado católico, para que la historia quede en tablas y que los moriscos seamos consentidos y asimilados sin podas irreparables o insufribles destierros.

Y si al final nada se consigue, o si la broma acaba siendo descubierta, y para colmo trocada en algún nuevo mito sobre el que cimentar el cierre definitivo de España –el triangulo: Santiago, Zaragoza y Granada–, que al menos permanezca en la sangre de las nuevas generaciones lo que nunca podrá desleírse; no ya la depurada filosofía, no ya la religión del profeta, ni siquiera los modos, comidas y artesanías, o los grandes palacios y obras de arte… sino el cúmulo cultural de un largo pretérito muladí, que forma parte intrínseca de la esencia española, al punto de que España no podría ser de otra manera sin esos siglos andalusíes.

La historia tiende a seguir bebiendo de ella misma. Es una ley universal. Es la ley que solapa el tiempo y hace que las nobles ideas del hombre, de búsqueda, de trascendencia, sean siempre un centro común, por distintos caminos. La armonía universal une todas las dimensiones; nuestras almas no son católicas ni siquiera musulmanas, son la luz que brilla porque hay sombra y que tiene que reconocerse en su fulgor para brillar con más fuerza.

Que sea pues así, que el invento no se descubra, que se tolere la amalgama, que con todos nuestros sentidos girando sobre el alvéolo del corazón, sintamos una vez más el paraíso en los bosques de la Alhambra…

Y si no al infierno de los inquisidores, donde, supongo, al menos, habrá buenos chuletones de Ávila a la parrilla y buen vino de La Rioja…

Alonso del Castillo. Granada, año 1595.

*Juan de Yepes Álvarez: San Juan de la Cruz

…para saber más sobre esta apasionante episodio de la historia de Granada:http://www.triforio.com/blog/difusion/los-libros-plumbeos-del-sacromonte

27
May

¡Y se hizo el milagro!

   Posted by: franjamares

¡Y se hizo el milagro! La simbiosis entre ciencia y espiritualidad. La importancia científica de las emociones. El campo unificado: la inteligencia cuántica de Dios. Ya lo decían las antiguas tradiciones espirituales.

Gregg Braden nos acerca a estos conocimientos

Los experimentos científicos prueban que nuestro ADN tiene la capacidad o virtud que modificar nuestro mundo, las formas físicas que componen nuestro mundo a un nivel energético; que las emociones humanas tienen la gracia de cambiar nuestro ADN y por tanto el universo que nos rodea; y además, que existe una suerte de conexión instantánea entre nuestras unidades de ADN, que no depende ni del espacio ni del tiempo. Tenemos pues todas las personas un poder que no está sujeto a las leyes de física tal y como las conocemos hoy; en otras palabras: nuestras emociones, creencias, plegarias… transcienden los límites del tiempo y el espacio tal y como lo concebimos en la actualidad.YouTube Preview Image

24
May

Colorín Colorado

   Posted by: franjamares

El viejo profesor Losada tiene una tarde áspera. Sus humores, acaso por las sequías esenciales de su bioquímica,  reflejan una tristeza indefinible que se expresa en forma de hosquedad ladradora e irritabilidad sin freno. Están organizando un acto colectivo donde expondrán sus trabajos literarios, y un profesor nuevo llamado Palomino ha hecho una propuesta: evitar los protagonismos, que las firmas queden solapadas al resultado creativo del conjunto; nada de nombres de autores, sólo el resultado de la obra colectiva. El ego del veterano profesor no logra, quizá no puede o no sabe, entender tal extremo.

Cuenta Losada 76 años de una vida en primerísima persona. Profesor reenganchado en dos ocasiones, siempre fue el sol de su universo particular brillando de día y de noche; el león de su manada con la fuerza en la melena y en su rugido potente, que siempre era la última palabra. El cáncer le ha mordido en las entrañas desde hace unos años y su lucha contra la enfermedad se libra en varios frentes. El fisiológico parece combatirse con las dolorosas sesiones de quimioterapia, que lo dejan extenuado. En el plano metal se ha atrincherado en el geocentrismo. Negándose al pútrido estanque de la decadencia física y psíquica, al reflejo repulsivo de la calva de la pelona que relumbra en el horizonte cada vez más cercano del final, el profesor coloca a su ego, exaltado como nunca, en el centro del mundo. Lo pone como eje central de todo, reforzando más que nunca un esquema mental construido tras largos años de lidia, de supervivencia dentro del sistema competitivo y materialista.

Por último, su alma de guerrero incansable apenas capta las señales que a gritos suenan por todas partes, incluso de manera redundante: “La importancia personal no es tan importante”; “tú eres otra cosa, Losada, y puedes ver el perfil de tu alma en el reflejo de los demás porque estáis hecho de lo mismo”; “olvídate de la muerte, existe pero no es, es parte de nuestra mentalidad: separada de la naturaleza, fraccionada de su concepción del conjunto, de la unidad”.

Esas voces pasan desapercibidas para Lozano, pero no la palabra pretenciosa del impertinente Palomino, joven profesor pletórico de vida, lleno de futuro y por su juventud de belleza. Una idea que al viejo le suena esnob y mojigata, y que en sus años de docencia ha visto surgir otras veces en personajes que luego labraron su nombre en oro en la puerta del despacho de su cátedra.

Losada apenas puede contener su indignación: es indecente el desprecio que de su autoridad como autor hace ese pollo con olor aún a fotocopia entre los dedos. Un nombre el suyo largamente cincelado tras los años, empapado ya de cuidado prestigio, y reescrito y escogido para albergar las páginas de su obra continuada, de su legado vital. ¿Cómo pretenden estos principiantes borrar de un plumazo su firma del proyecto?

–Estas sandeces ya las había oído antes –dice con los ojos inyectados de sangre poniéndose de pie–…Sepan ustedes que mi trabajo sobre los orígenes de la literatura son el resultado de treinta años de investigación, que están refutados por las mejores universidades del país y han sido distinguidos en varios premios. ¡Ahj! –ruge con ira mirando fijamente los ojos pardos de Palomino–. ¡Qué desfachatez! Cuanto trabajo ninguneado por cuatro jodidos advenedizos.

El joven profesor, que aguanta con calma su mirada, suelta sin más:

–Amigo Losada, hay que echarse más la siesta –y esboza una sonrisa de gazapo.

El gesto de Losada delata claramente su estado. Siente que esta vez es mucho peor. La impotencia parece ahora dominarlo, se siente viejo y ridiculizado. Su grito queda ahogado y corre resentido por sus venas, se enrosca en sus tripas y escapa por uno de sus ojos con una tímida gota que no quiere salir del lagrimal. En su olla bullen los pensamientos.

“Echarme la siesta: dice este jilipollas. Claro, para él es fácil, tiene tanto tiempo por delante. ¿Pero cómo puedo yo permitirme ese lujo? No podría gastar el tiempo que me queda entre sueños, en la inopia; tengo que vivir despierto hasta el último segundo. Dormir lo justo. ¿Y si no despertara?… ¿y si la reina del hades sumerge mis sueños en las aguas negras de la laguna Estigia, extinguiéndome para siempre entre ellas?

–Ustedes no tienen idea de nada. Saquen mi nombre de esa porquería –dice al cabo mientras se marcha cabizbajo y achacoso ante la mirada perpleja de los presentes.

–Disculpe, Losada –se exime Palomino–, no sabíamos que para usted es tan importante que figure su nombre… para su texto podríamos hacer una excepción…

–¡Colorín… colorado! –remata el viejo–. ¡Váyase al cuerno!