La fábrica
(Sobre la solución argentina tras el expolio: tomar las fábricas, recuperar la ética, el trabajo y la producción)
Se habían reunido en el aula grande del grupo escolar. Los del comité determinaron que allí apretujados cabría la nómina entera de los afectados. También se precisó la hora de la asamblea, a partir de las ocho en primera y única convocatoria. Nadie faltó.
Adolfo tomó la palabra. Prácticamente se la regalaron porque no había otro capaz de iniciar y encauzar todo aquello. Él acumulaba en su persona, además de las razones comunes que a todos los movilizaban, las supuestas aptitudes para encabezar la que se perfilaba como una larga y dura lucha.
A las ocho y cinco no cabía un alma más entre los pupitres de aquella clase de primaria. Adolfo fue hasta la pizarra como maestro comprometido, echó un vistazo general en abanico a sus alumnos, agarró una tiza y trazó sobre el encerado un rectángulo mal angulado con rayas continuas y gruesas o discontinuas con aberturas, a las que les fue poniendo nombres. Era el plano de planta de la fábrica de la que pendía el puesto de trabajo de cada uno, el sustento de sus familias, la vida misma en esa ciudad malherida, de ese país extenuado, expoliado enteramente por sus mandamases.
Adolfo contaba con la aprobación general porque nunca perteneció a sindicato alguno; por lo tanto, no había sido compañero ni cómplice de aquellos que, en connivencia con patronos y oligarcas, firmaron los acuerdos nacionales que permitieron a la postre la subasta del país. La venta de las empresas estratégicas mantenidas como aval público hasta la fecha, fue el comienzo del sangrante expolio que arrastraría al resto de empresas y bancos. Fueron cayendo una tras otra como una cascada imparable de fichas de dominó; todo ello articulado dentro de un falso ambiente de bonanza y liberalismo con el flamante apellido global. Pronto sembraron las calles de desocupados. La espiral de nuevas medidas de flexibilización laboral canjeadas por participaciones en la empresa, era la mayor estafa de todas. Los ridículos paquetes de acciones pronto quedaron en papel muerto, al igual que los pocos ahorros que muchos aún mantenían en los bancos.
En aquel caos la gente se echó a la calle hipando justicia, y en las hogueras de los piquetes ardieron las credibilidades en los politicastros, la fe en el futuro cada vez más incierto, y las barbas remojadas de todos los vecinos de una nación traicionada. Sólo se salvaban unos pocos, sobre todo los de abajo. Estos trabajadores anónimos y desesperados habían perdido mucho, más que mucho, pero no todo. La confianza en las instituciones y sus símbolos era historia fétida. A estos currantes no les quedaba más que las propias fábricas vacías, cerradas, oxidada la maquinaria productiva bajo la última suspensión de pagos. Había que empezar la economía desde abajo, había que ponerlas en producción, buscar mercados cercanos, abaratar precios, es decir hacerlos razonables. Pero para empezar había primero que reclamar de la que parecía última autoridad en pie en el país, la judicial, un soporte legal con el que trabajar sin contrariedades, ejerciendo todos su derecho fundamental. Así lo rezaba la cacareada carta magna. Era un deber ineludible, una lucha pacífica pero férrea por el trabajo digno, por un sueldo que llevar a los hogares de un pueblo asolado, dispuesto a renacer de sus cenizas.
Adolfo contaba también en su haber la juventud y la fuerza. Tenía treinta años, dos hijas pequeñas, un bebé recién nacido y una mujer inteligente y bella que lo apoyaba, haciendo lo indecible para mantener la armonía ancilar y un plato de comida caliente en la mesa; todo antes de perder la dignidad o salir huyendo del país. Este asunto Adolfo lo conocía bien, era nieto de gallegos exiliados tras la guerra, y había oído en más de una ocasión las conversaciones de los perdedores, invicto el espíritu de su lucha a muerte por la libertad, pero que abandonaban derrotados y humillados su propia tierra. El himno de riego y las batallitas del abuelo rojo, un rojo de los de verdad, era parte de sus recuerdos de infancia. Al morir el viejo las reuniones familiares mantuvieron escasamente el eco de aquella vida de entrega y lucha, encarnada ahora en la abuela que apenas hablaba, que se negaba a morir, y que a todos observaba con un escaso hilo de luz en sus ojillos acuosos.
Ahora la plantilla entera, dispuesta a resistir, llenaba un aula de primaria y Adolfo la encabezaba. Soltó la tiza con las manos blancas y se dirigió a sus compañeros.
–Este es el croquis aproximado de la Fábrica. Creo que es mejor entrar por la puerta lateral; esa calle está menos protegida. La policía mostrará de seguro gran violencia, aunque este grado de dureza depende del oficial al mando. Con los guardas de adentro no habrá problemas, saben lo que está ocurriendo en otros centros y no piensan intervenir para nada. Una vez dentro, ocuparemos las instalaciones y nos pondremos a trabajar. No a producir. Sólo a poner en marcha la maquinaria, a engrasar esa dichosa fabrica en que hemos dejado, unos más que otros, gran parte de nuestra vida. ¡Y que ahora nos pertenece! –enfatizó sus palabras–. Justamente por eso estamos todos aquí. Porque para triunfar hay que decidirlo entre todos, hay que hacerlo entre todos. Un por uno. ¿Me explico? Venga, empecemos por este mismo lado. Tú Cristóbal, qué dices:
–¿Yo? ¿Tengo que ser yo el primero? Espera. Dame 3 minutos para pensarlo.
–¿Pensarlo? Creo que nos queda tiempo para pensar. El reloj corre en contra nuestra, como siempre. Otros compañeros, de otras empresas ya lo han conseguido. Los de Acerax y los de Cercados, por ejemplo, ya han logrado la aprobación inicial del juez y desde hace tres semanas están produciendo a media máquina, sacando el producto al mercado a mitad de precio. Dicen que libran los sueldos y aún les va ha quedar para invertir en la mejora de la maquinaria. Ese tiene que ser también nuestro camino.
–A mi todo eso me parece raro, muy raro –adujo un tipo de marcadas ojeras alzando la voz entre el meollo del grupo.
–Comprendo vuestras dudas –respondió Mario Sáez, otro de los del comité de Adolfo–. Pero existen dos alternativas, rompemos el cordón policial, ocupamos la fábrica, presionamos a la jueza y nos ponemos a trabajar, o nos morimos de asco con los brazos cruzados dejando perder todo, incluido lo que nos deben. Y ¿para qué?, ¿para salir del país a buscar el trabajo que nadie quiere? Y eso, quien pueda… Sí parece raro, muy raro; un periodista extranjero dijo que era una nueva forma de revolución. Pero yo lo veo simplemente como coger lo nuestro. Lo que nos deben. Esos crápulas nos han dejado en la ruina, al que menos nos adeudan atrasos de años enteros, sólo estamos cogiendo lo que nos pertenece. Esa fábrica es más nuestra que de ellos.
–Yo estoy de acuerdo.
–Y yo.
–Yo también.
–Cuenta conmigo.
–Y conmigo
–Pues… yo no quiero –dijo Abelardo Ibáñez, el que había sido contable, despedido unos meses antes del cierre.
Aquella voz contraria. Levantó de su asiento a Raúl Linazos, un tornero viejo, con grandes gafas de culo de botella y tantos años en la fabrica siderúrgica como arrugas en su rostro y manos.
–Tú no quieres porque nunca has tenido cojones.
–Cuida tus palabras Raúl –terció Adolfo–. Aquí hemos venido a sumar voluntades no a dividirlas.
–Tranquilo. Él conoce mi forma de hablar. Abelardo, son muchos años aquí dentro, chupando yerros, hay que echarle más arrojos a la vida. Por eso te echaron a la calle antes del cierre, después de que les arreglaras las cuentas para la auditaría y sacaran los beneficios limpios de los últimos contratos con la empresa de ferrocarriles. Pero no temas, en la nueva industria habrá también trabajo para ti. No sobra nadie. Sólo tienes que desempolvar los papeles, poner al día los suministradores y clientes y quitarte de una vez por todas, esa puta condición de lameculos del jefe. Ahora el jefe lo somos todos. ¿Puedes entenderlo?
Ibáñez permaneció mudo y circunspecto. Sin embargo no se marchó. Dejaba entender con aquella postura que, aún sin consentirla plenamente, se uniría a la ocupación y colaboraría con sus conocimientos en la nueva empresa.
El resto de concurrentes se adhirió en silencio y al unísono al plan de asalto. De aquel nudo de voluntades surgió una luz azulada, parecida a la que ardía en el seno de las autógenas, una luz que surgía de sus cabezas como llamas de apóstol y que por vez primera les avivaba un nítido albor de esperanza. Sería difícil, peligroso, tal vez alguno quedara en el camino, pero todos tenían por fin un objetivo meridiano. Sacar la fábrica a delante y con ella sus vidas estancadas.













