Archive for Noviembre, 2008

29
Nov

La Religión del Amor

   Posted by: franjamares    in General

La Religión del Amor

Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo si su religión no era la mía. Ahora mi corazón se ha convertido en el receptáculo de todas las formas: es pradera de las gacelas y claustro de monjes cristianos, templo de ídolos y Cava de peregrinos, tablas de la Ley y pliegos del Corán. Porque profeso la Religión del Amor y voy a donde quiera que vaya su cabalgadura, pues el Amor es mi credo y mi fe.

Ibn´ Arabí (1165-1240)

Leí esta leyenda en el muro de una tetería en la Judería de Córdoba mientras un grupo de jóvenes del conservatorio, con instrumentos antiguos reconstruidos, cantada e interpretaba una maravillosa música andalusí.

La religión que a todos nos incluye: El Amor (Sólo el Amor dobla la luz, por lo tanto sólo el Amor crea), lleva muchos siglos descubierta… Y la ciudad de Córdoba es uno de esos lugares donde se puede incluso respirar.

La foto es de una celosía tomada desde el interior de la Mezquita.

Ibn Arabí:

(Murcia, 1165-Damasco, 1241) Filósofo, teósofo y místico hispano musulmán. Reconocido por la tradición sufí como el mayor maestro. Fue un monista integral y un teórico de la unicidad del ser: su obra reconoce en toda experiencia el rostro de Dios y en toda imagen o forma, la huella divina. Admitió la equivalencia de todas las creencias religiosas aislándolas de los grandes dogmas que separan. Situaba la experiencia religiosa más allá de cualquier medida moral, negaba de modo implícito la existencia del infierno y afirmaba que el Paraíso acogería eternamente a todas las criaturas sin distinción. Mantuvo que el mundo se ofrece al hombre como la celebración perpetua de la presencia divina.


La fábrica

(Sobre la solución argentina tras el expolio: tomar las fábricas, recuperar la ética, el trabajo y la producción)

Por Franjamares

Se habían reunido en el aula grande del grupo escolar. Los del comité determinaron que allí apretujados cabría la nómina entera de los afectados. También se precisó la hora de la asamblea, a partir de las ocho en primera y única convocatoria. Nadie faltó.

Adolfo tomó la palabra. Prácticamente se la regalaron porque no había otro capaz de iniciar y encauzar todo aquello. Él acumulaba en su persona, además de las razones comunes que a todos los movilizaban, las supuestas aptitudes para encabezar la que se perfilaba como una larga y dura lucha.

A las ocho y cinco no cabía un alma más entre los pupitres de aquella clase de primaria. Adolfo fue hasta la pizarra como maestro comprometido, echó un vistazo general en abanico a sus alumnos, agarró una tiza y trazó sobre el encerado un rectángulo mal angulado con rayas continuas y gruesas o discontinuas con aberturas, a las que les fue poniendo nombres. Era el plano de planta de la fábrica de la que pendía el puesto de trabajo de cada uno, el sustento de sus familias, la vida misma en esa ciudad malherida, de ese país extenuado, expoliado enteramente por sus mandamases.

Adolfo contaba con la aprobación general porque nunca perteneció a sindicato alguno; por lo tanto, no había sido compañero ni cómplice de aquellos que, en connivencia con patronos y oligarcas, firmaron los acuerdos nacionales que permitieron a la postre la subasta del país. La venta de las empresas estratégicas mantenidas como aval público hasta la fecha, fue el comienzo del sangrante expolio que arrastraría al resto de empresas y bancos. Fueron cayendo una tras otra como una cascada imparable de fichas de dominó; todo ello articulado dentro de un falso ambiente de bonanza y liberalismo con el flamante apellido global. Pronto sembraron las calles de desocupados. La espiral de nuevas medidas de flexibilización laboral canjeadas por participaciones en la empresa, era la mayor estafa de todas. Los ridículos paquetes de acciones pronto quedaron en papel muerto, al igual que los pocos ahorros que muchos aún mantenían en los bancos.

En aquel caos la gente se echó a la calle hipando justicia, y en las hogueras de los piquetes ardieron las credibilidades en los politicastros, la fe en el futuro cada vez más incierto, y las barbas remojadas de todos los vecinos de una nación traicionada. Sólo se salvaban unos pocos, sobre todo los de abajo. Estos trabajadores anónimos y desesperados habían perdido mucho, más que mucho, pero no todo. La confianza en las instituciones y sus símbolos era historia fétida. A estos currantes no les quedaba más que las propias fábricas vacías, cerradas, oxidada la maquinaria productiva bajo la última suspensión de pagos. Había que empezar la economía desde abajo, había que ponerlas en producción, buscar mercados cercanos, abaratar precios, es decir hacerlos razonables. Pero para empezar había primero que reclamar de la que parecía última autoridad en pie en el país, la judicial, un soporte legal con el que trabajar sin contrariedades, ejerciendo todos su derecho fundamental. Así lo rezaba la cacareada carta magna. Era un deber ineludible, una lucha pacífica pero férrea por el trabajo digno, por un sueldo que llevar a los hogares de un pueblo asolado, dispuesto a renacer de sus cenizas.

Adolfo contaba también en su haber la juventud y la fuerza. Tenía treinta años, dos hijas pequeñas, un bebé recién nacido y una mujer inteligente y bella que lo apoyaba, haciendo lo indecible para mantener la armonía ancilar y un plato de comida caliente en la mesa; todo antes de perder la dignidad o salir huyendo del país. Este asunto Adolfo lo conocía bien, era nieto de gallegos exiliados tras la guerra, y había oído en más de una ocasión las conversaciones de los perdedores, invicto el espíritu de su lucha a muerte por la libertad, pero que abandonaban derrotados y humillados su propia tierra. El himno de riego y las batallitas del abuelo rojo, un rojo de los de verdad, era parte de sus recuerdos de infancia. Al morir el viejo las reuniones familiares mantuvieron escasamente el eco de aquella vida de entrega y lucha, encarnada ahora en la abuela que apenas hablaba, que se negaba a morir, y que a todos observaba con un escaso hilo de luz en sus ojillos acuosos.

Ahora la plantilla entera, dispuesta a resistir, llenaba un aula de primaria y Adolfo la encabezaba. Soltó la tiza con las manos blancas y se dirigió a sus compañeros.

–Este es el croquis aproximado de la Fábrica. Creo que es mejor entrar por la puerta lateral; esa calle está menos protegida. La policía mostrará de seguro gran violencia, aunque este grado de dureza depende del oficial al mando. Con los guardas de adentro no habrá problemas, saben lo que está ocurriendo en otros centros y no piensan intervenir para nada. Una vez dentro, ocuparemos las instalaciones y nos pondremos a trabajar. No a producir. Sólo a poner en marcha la maquinaria, a engrasar esa dichosa fabrica en que hemos dejado, unos más que otros, gran parte de nuestra vida. ¡Y que ahora nos pertenece! –enfatizó sus palabras–. Justamente por eso estamos todos aquí. Porque para triunfar hay que decidirlo entre todos, hay que hacerlo entre todos. Un por uno. ¿Me explico? Venga, empecemos por este mismo lado. Tú Cristóbal, qué dices:

–¿Yo? ¿Tengo que ser yo el primero? Espera. Dame 3 minutos para pensarlo.

–¿Pensarlo? Creo que nos queda tiempo para pensar. El reloj corre en contra nuestra, como siempre. Otros compañeros, de otras empresas ya lo han conseguido. Los de Acerax y los de Cercados, por ejemplo, ya han logrado la aprobación inicial del juez y desde hace tres semanas están produciendo a media máquina, sacando el producto al mercado a mitad de precio. Dicen que libran los sueldos y aún les va ha quedar para invertir en la mejora de la maquinaria. Ese tiene que ser también nuestro camino.

–A mi todo eso me parece raro, muy raro –adujo un tipo de marcadas ojeras alzando la voz entre el meollo del grupo.

–Comprendo vuestras dudas –respondió Mario Sáez, otro de los del comité de Adolfo–. Pero existen dos alternativas, rompemos el cordón policial, ocupamos la fábrica, presionamos a la jueza y nos ponemos a trabajar, o nos morimos de asco con los brazos cruzados dejando perder todo, incluido lo que nos deben. Y ¿para qué?, ¿para salir del país a buscar el trabajo que nadie quiere? Y eso, quien pueda… Sí parece raro, muy raro; un periodista extranjero dijo que era una nueva forma de revolución. Pero yo lo veo simplemente como coger lo nuestro. Lo que nos deben. Esos crápulas nos han dejado en la ruina, al que menos nos adeudan atrasos de años enteros, sólo estamos cogiendo lo que nos pertenece. Esa fábrica es más nuestra que de ellos.

–Yo estoy de acuerdo.

–Y yo.

–Yo también.

–Cuenta conmigo.

–Y conmigo

–Pues… yo no quiero –dijo Abelardo Ibáñez, el que había sido contable, despedido unos meses antes del cierre.

Aquella voz contraria. Levantó de su asiento a Raúl Linazos, un tornero viejo, con grandes gafas de culo de botella y tantos años en la fabrica siderúrgica como arrugas en su rostro y manos.

–Tú no quieres porque nunca has tenido cojones.

–Cuida tus palabras Raúl –terció Adolfo–. Aquí hemos venido a sumar voluntades no a dividirlas.

–Tranquilo. Él conoce mi forma de hablar. Abelardo, son muchos años aquí dentro, chupando yerros, hay que echarle más arrojos a la vida. Por eso te echaron a la calle antes del cierre, después de que les arreglaras las cuentas para la auditaría y sacaran los beneficios limpios de los últimos contratos con la empresa de ferrocarriles. Pero no temas, en la nueva industria habrá también trabajo para ti. No sobra nadie. Sólo tienes que desempolvar los papeles, poner al día los suministradores y clientes y quitarte de una vez por todas, esa puta condición de lameculos del jefe. Ahora el jefe lo somos todos. ¿Puedes entenderlo?

Ibáñez permaneció mudo y circunspecto. Sin embargo no se marchó. Dejaba entender con aquella postura que, aún sin consentirla plenamente, se uniría a la ocupación y colaboraría con sus conocimientos en la nueva empresa.

El resto de concurrentes se adhirió en silencio y al unísono al plan de asalto. De aquel nudo de voluntades surgió una luz azulada, parecida a la que ardía en el seno de las autógenas, una luz que surgía de sus cabezas como llamas de apóstol y que por vez primera les avivaba un nítido albor de esperanza. Sería difícil, peligroso, tal vez alguno quedara en el camino, pero todos tenían por fin un objetivo meridiano. Sacar la fábrica a delante y con ella sus vidas estancadas.

25
Nov

Resurrección Carnal

   Posted by: franjamares    in General

Resurrección Carnal

(Sobre el asesinato del emperador Juliano -llamado el Apóstata- y el inicio del Imperio Cristiano)

Por Franjamares

El perdón, hermanos, tiene invariablemente sus límites, incluso para todo un príncipe, para nuestro magno soberano también, por que no es éste sino un hombre más, un hombre con el adeudo de todas las almas del Imperio que Dios le ha encomendado dirigir. Un hombre que habrá de llevar sobre sus hombros, junto a la dignidad y la herencia de antiguos laureles, el evangelio y nuestra fe católica como esperanza redentora del orbe entero.

Sin embargo, para ese apóstata No, para ese no habrá perdón. Su vida no será perdonada. Más pronto que tarde, suplicará a los pies del altísimo, verá derramarse de sus sagradas heridas la luz de la misericordia que no logrará obstante redimirlo, por lo grave de sus pecados, por lo indecible de aquello que mandó hacer en tierras de Samaria… la propia confirmación de su herejía…

Dejémoslos pues de rodeos, hermanos… Todos sabemos la gravedad de la ofensa… El peligro que corre nuestra santa institución con ella. Pero los caminos del señor son imprevisibles, quizá con su decisión haya puesto ante nosotros un nuevo y más importante reto: Los límites de la teología cristiana no pueden quedar quietos ante tal ultraje; nuestra iglesia lo necesita; hemos de mistificar la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Hemos de darle un cuerpo de carne de resucitado, una resurrección carnal, la resurrección del hijo de Dios y Dios mismo, borrando para siempre de la faz de la tierra el rastro de su cuerpo de hombre… El santo sepulcro que ha mandado profanar ese hereje cerca de Sebasta, en el lugar de peregrinaje conocido como Makron, no puede ser ya, de ahora en adelante, el de Jesús, nuestro Salvador, sea pues el de El evangelista… y los restos óseos incinerados… y las cenizas lanzadas al viento del desierto samaritano también serán las de El evangelista…

–¡Bravo!, hablas como el mismo Atanasio… Siempre me ha sorprendido tu clarividencia, desde que oí por primera vez tus iluminadas lecciones en Nicea.

Agradezco los halagos. Es el Verbo de Dios el que está conmigo, Logos y Dios verdadero al igual que Dios el Padre, hecho de la misma sustancia, que siempre existió al ser coeterna con el Altísimo…

Las horas de ese teúrgo están contadas, sus rituales maléficos, sus libros a cerca de demiurgos paganos y místicas neoplatónicas, serán purificados con el fuego y esparcidas sus cenizas por esos mismos lodos egipcios de donde emergieron y jamás hubieron de hacerlo…

Creo por tus palabras que conoces la respuesta del ejercito de Asia para con nuestros desvelos.

La conozco sí. Víctor y Flavio están al corriente y conformes. Nuestros amigos en la fe son mayoría entre la élite. El venablo de un guerrero persa atravesará la espalda del apostata y arrancara de su carne la vida y de su testa la augusta corona. La cabeza de Joviano habrá de llevarla para poner las cosas del Señor en su lugar, para restituir en Dios todos los templos paganos, para condenar a muerte a los herejes, haciendo de nuestra Iglesia y nuestra fe católica, el único credo de un único Imperio.

Que así sea.

23
Nov

El Diluvio I y II

   Posted by: franjamares    in General

(Dos visiones literarias sobre el final de Hitler)

Por Miguel Ángel Jiménez

EL DILUVIO I

(Hitler, el final I)

El hombre que lo había sido todo para Europa (tirano, genocida, señor de la guerra), se miró al espejo y vio ante sí, no al vigoroso líder del pueblo alemán, sino a un anciano decrépito, el rostro muy pálido, arrugas bajo los ojos y un pronunciado temblor en la mano izquierda. Solo la antigua fuerza de su hipnótica mirada se mantenía. Observándose, se dijo: “Si Alemania pierde esta guerra, demostrará que es indigna de mí”.

Fuera, el diluvio de bombas rusas arreciaba en todo Berlín, haciendo estremecerse el bunker de la Cancillería. Hitler fue a acariciar a Blondie para tranquilizarse y se dispuso a celebrar su cumpleaños. Aprovechando un momento de calma, pudo salir a respirar unas bocanadas de aire fresco a los jardines del exterior. El aspecto que le ofrecía la ciudad distaba mucho de la gloriosa capital imperial que él había soñado. El cielo tenía un color anaranjado, reflejando múltiples incendios y solo se divisaban edificios en ruinas. Trató de abstraerse de la realidad y se dirigió hasta sus invitados, sus más valientes soldados, un grupo de niños de no más de trece años que se había distinguido en la defensa de la periferia de Berlín. El Fuhrer pasó revista a la formación. Los adolescentes le devolvían la mirada con una mezcla de terror y adoración. “¿Cuántos tanques has destruido?”, le preguntó a uno. “Cinco, mi Fuhrer”, contestó el chiquillo. Hitler le condecoró tembloroso, “sigue así, muchacho, sigue así, vamos a echarlos de aquí”. El muchacho abandonó por un momento su postura marcial y con unos ojos suplicantes y llenos de lágrimas, rogó: “quisiera volver a ver a mis padres, señor”. Hitler hizo como que no escuchaba y volvió lentamente hacia el bunker. La granizada de bombas volvía a caer cerca.

Las súplicas del chiquillo le hicieron recordar un episodio que había intentado expulsar de su memoria pero que ahora volvía a surgir con fuerza inusitada. Fue en Hamburgo, durante una visita que realizó a la población para interesarse por las víctimas de un devastador bombardeo. Una mujer, que hasta aquella noche había creido en él, sorteó a los escoltas y logró llegar hasta él. Le contó la historia de su hija, víctima de la tormenta de fuego provocada en toda la ciudad por el lanzamiento de toneladas de bombas incendiarias. Tratando de escapar del sótano de la casa, que empezaba a arder, la chiquilla quedó atrapada en el asfalto que se estaba fundiendo debido al inusitado calor. Cómo en unas arenas movedizas, la niña fue engullida lentamente por la misma ciudad en la que había nacido. “Aquí bajo nuestros pies reposa, mi Fuhrer”. Hitler se limitó a prometer una ayuda que finalmente llegaría con cuentagotas y trató de subir la moral de la población prometiendo bombardeos de represalia. Aquella niña aria, sacrificada en su guerra particular volvía a atormentarle. En aquel mismo momento podía ordenar la rendición del ejército, terminar con una guerra que sabía irremisiblemente perdida desde hacía tiempo. Pero no lo hizo. Le fascinaba el inmenso poder que seguía irradiando. El poder de decidir la muerte de razas enteras y de solicitar el sacrificio de su propio pueblo. El poder de observar con satisfacción cómo la inmensa mayoría de sus súbditos seguían obedeciéndole aunque no creyeran ya en él. Volvió a imaginar la Europa por la que había luchado, una Europa pura, dominada por la raza aria, sin judíos y con los eslavos esclavizados bajo el yugo alemán. “Un hermoso sueño”, se dijo.

Esa misma noche, una de las últimas de su vida, soñó con la niña de Hamburgo. Surgía de la tierra, quemada por el asfalto y con una mirada terrible y acusadora, le señalaba a él, provocándole un terror indescriptible. Detrás, millones de almas esperaban su turno.

EL DILUVIO II

(Hitler, el final II)

Cuando regresaba a Berlín para hacerse cargo de la defensa de su capital, un coronel de las SS comentó: “Berlín será el más práctico de nuestros cuarteles generales, ya que pronto podremos ir en tranvía al frente del Este y al frente del Oeste”. Hitler se partía de la risa y ascendió al coronel a general por tan jugoso comentario. En su filosofía no cabía el pesimismo y estaba convencido de que iba a ganar la guerra. La circunstancia de que rusos, ingleses y americanos estuvieran invadiendo Alemania con bastante éxito era considerado por él como “dificultades pasajeras”. De hecho estaba escribiendo un libro de autoayuda para dictadores y en aquel momento anotaba en su cuaderno: “Entre fraudes electorales, golpes de estado, desastres militares, bombardeos terroristas y atentados contra tu persona, la dictadura pasa como un suspiro…” Cerró la libreta como nostálgico. Su heroica epopeya estaba llegando a su fín.

Al llegar, encontró la ciudad algo alicaida, quizá debido al diluvio de bombas que tiraban los rusos, algo picados por la invasión sufrida cuatro años atrás. “¡Qué rencorosos!”, pensó, “y tener que venir yo a ocuparme de esta tontería…” En el bunker encontró a algunos generales bajos de moral. Decían que algunos berlineses querían huir. “Vaya, vaya, no os preocupéis, que ya está aquí vuestro viejo tío Adolf”. “Solo medidas de bárbara dureza pueden salvar a Alemania y estimular a sus soldados” “¿Qué les parece si proclamo a los cuatro vientos que si ganamos me afeito el bigote?, o mejor ¿y si organizamos una cabalgata por todo Berlín, un desfile de carrozas en el que vayamos repartiendo caramelos? Podriamos llamarlo el día del orgullo nazi” Hitler no podía quedarse sentado, algo tenía que hacer para ayudar a su pueblo, pues se sentía algo responsable de sus males. Había tenido un malentendido con Stalin. “Cuando expresé mi firme voluntad de arrasar Moscú y Leningrado se me entendió mal, en realidad quería decir “abrazar””. “Así, cuando entramos para abrazarnos como hermanos con los rusos se nos recibió con mala cara. Una cosa llevó a la otra y al final tuvimos esta aburrida guerra, que ya empieza a resultar un poco pesada”. A todo esto avisaron al Fuhrer de que tenía una conferencia con Mussolini. Al tomar el auricular encontró a su amigo un poco consternado: “¡Benito, hombre ¡ ¿Qué tal te va, sinverguenza? A ver cual de los dos dura más, jajaja. Espero que tus camisas negras estén un poco menos blandengues que de costumbre. Menudo aliado que me busqué…”

En aquel momento se cortaron las comunicaciones en el bunker. Los rusos disparaban directamente a la Cancillería. Hitler se enfadó bastante por la descortesía y expresó su firme convicción de no invadirlos más, por maleducados. “¡Eso no vale, encima de que todos van contra mí me bombardean mi propia casa! ¡Yo así no juego!”

Como se aburría, decidió organizar su boda con Eva Braun, por pasar el tiempo. Tras una noche de despedida de soltero sin alcohol ni mujeres y con comida vegetariana, llegó el gran día. El juez que celebraba el casamiento les preguntó a los contrayentes si eran de raza aria pura. Hitler, juguetón, casi revela que su padre era judío, pero logró callarse, tapándose la boca de la risa. Dejó la tarea de descubrir ese detalle de su biografía a los historiadores. La boda fue una boda de tronío. Se llevaron a la novia aparte, y tras comprobar su virginidad, una de las secretarias salió con una toalla manchada de sangre. Los miembros de la SS y generales presentes se rompieron la camisa entre exclamaciones. La fiesta fue tan animada que hasta se descorchó una botella de champán. El romántico Hitler no le dio a elegir el destino de su viaje de novios a su esposa, aunque si que le dejó escoger el medio de transporte. “¿Prefieres veneno o pistola, cariño?”

21
Nov

Palabras secuestradas

   Posted by: franjamares    in General

Palabras secuestradas

Por Franjamares

Una de las primeras palabras secuestradas fue tiempo. Las personas siguen usando el término pero han terminado por olvidar su significado. El cautiverio del tiempo ha hecho que se le equipare con valores hasta entonces usados exclusivamente en orfebrería. El tiempo comienza a ser oro, pero ni siquiera el oro puro transmutado de los alquimistas, sino el que defecó el moro según el refrán del castellano. Con la esclavitud del tiempo comienza la esclavitud de la mente y el cuerpo; ahora las gentes tienen que correr a salto de peón detrás del calendario y el reloj, suplicando a esas manecillas en cruz, manejadas por el gran relojero, que lo acojan en su maquinaria en las condiciones que sea, por tal de estar en el engranaje. Poco a poco se ha creado una sensación generalizada de fugacidad, inseguridad y estrés…

También, no sé si antes o después, se hizo cautiva la palabra democracia. Como ésta venía de atrás, y las luces de la antigüedad fueron convenientemente apagas en el medioevo cristiano con luz de hoguera de libros, su fuerza clásica ha costado más tiempo dominarla. Una estudiada concatenación de guerras, liberaciones y revoluciones, una gran enciclopedia llena de grandes palabras que no de hechos, un capital creado y liberalizado en la tierra de las libertades y un puñado de fascistas sirvieron para que fuera proclamada paradigma de victoria y modernidad en los países ricos. Con esta estrategia el gobierno del demos se quedó en una simple demos-tración técnicamente controlada. Se abrieron por tanto las urnas para que los hombres echaran el papel del cacique, luego también las mujeres y los jóvenes, y cuando otros papeles aparecieron en la caja, una nueva cruzada y la penúltima guerra mundial vino a implantarle a la política las reglas convenientes, y así todos los partidos, mejor un par de ellos que demasiados, y sin ideología, pasaron uno tras otro por el aro.

A la palabra libertad le pasó igual que a democracia, su contenido se quedó hueco, tal vez en la creencia del ciudadano de que es libre: no hay persona menos libre que la que cree que lo es. Continuamente lavan nuestro cerebro con cientos de mensajes propagandísticos y publicitarios. Para ello existen grandes corporaciones o fundaciones llenas de mal pensantes, denominadas Think tanks, tanques de opinión, que apisonan literalmente el criterio propio de la gente, alienándolas en pos del sistema. El nuevo orden mundial (NWO), también llamado “globalización” es el destino al que pretenden llevarnos creyéndonos libres en la elección. Con todo, el espacio de libertad del que ahora disfrutamos, logro de siglos de lucha, puede ser suficiente par conquistar el pleno dominio, personal y colectivo de la libertad con mayúscula, si no nos dejamos aplastar por el establishment.

Otra palabra malograda, ha sido Amor, a la que primero se le quitó la mayúscula y enseguida su poder trascendental. En su prisión el amor ha sido identificado con el sexo, el usufructo emocional, la veleidad, los celos… Y el dogmatismo religioso bajo ardor intransigente de apego a dios de uno y desprecio al del otro. El romanticismo sirvió para poetizar el amor apasionado a la altura de la muerte, convirtiéndose en un morir juntos antes que vivir separados; fuera de la literatura, esta malograda alianza entre el amor y la muerte, ha derivado demasiadas veces en un matarte antes que vivir sin ti.

La paz ha sido también secuestrada. La usan como sinónimo de guerras con el apellido, duradera. Es también el pretexto idóneo para levantarse en armas preventivas contra la supuesta hostilidad de un enemigo inventado. Bin Laden, por ejemplo, ha servido cabalmente en su papel de ejecutor del mal en nómina del bien, incluso después de muerto, como El mítico Cid Campeador, viejo aliado de los moros.

Han secuestrado tantas palabras que la lista sería interminable. La justicia, haciéndola desequilibrar al acotar zonas de justicia en ciertas regiones preferidas e iniquidad en el resto: “La injusticia en cualquier lado es una amenaza contra la justicia en todas partes”, dijo el asesinado Martín Luther King. La fraternidad y la igualdad, traicionadas por nuevas dictaduras o dicta-blandas jacobinas; la voluntad adulterada por la pereza alienante; ciudadano etiquetado como cliente; los estados como corporaciones, la tolerancia sesgada por el prefijo in; la solidaridad manufacturada por el cuento del 0,7, el timo de la estampita ONG o el turismo solidario; la honradez deshonrada por la honrada elegancia del poder; la ilusión prostituida por la política de panfleto y la esperanza desteñida se su verde esmeralda a otro terciado de marrón, que esperemos no opaque, la conciencia humana lo quiera (conciencia, ¿palabra aún libre?) su luz milagrosa.

Rompamos el muro.

20
Nov

UN LIBRO DE ESPÍAS

   Posted by: franjamares    in General

UN LIBRO DE ESPÍAS

Por Franjamares

Todavía tengo muchas cosas que decir. Por ejemplo, debido a que he sido agente secreto durante dieciocho años de mi vida, sé para qué sirven los agentes secretos. No sirven para nada. Todos sus códigos son descifrados, todos sus medios técnicos son neutralizados, todas sus informaciones circulan, se entrecruzan, se interfieren y se anulan. Pero por desgracia los agentes secretos no se conforman con ser inútiles, además quieren ser peligrosos. En efecto cuando no tienen informes que suministrar, se los inventan. Cuando no disponen de un atentado que impedir, lo provocan. Cuando no tienen ninguna organización extremista en la que infiltrarse, crean una. Lo único que justifica la existencia de los agentes secretos es el desorden público, y así, para sobrevivir, alimentan ese desorden público con toda clase de escándalos y atentados.

Con estas palabras inicia el epílogo de su libro CISNE “Yo fui espía de Franco” el ex agente español Luis M. González Mata Lledó, y he de reconocer que aun siendo un libro publicado hace más de 30 años, narrando acontecimientos político-sociales que se remontan desde finales de los años 40 hasta los 70, su actualidad, tanto en el lenguaje como en el fondo de los hechos que narra, llama poderosamente la atención. Las políticas de espionaje internacional, (la estrategia de la tensión, la red Gladio), sus componendas y maquinaciones, se siguen reproduciendo en nuestros días. Los actores son prácticamente los mismos, la CIA- DIA estadounidense, el KGB ruso, transformado ahora en (FSB – SVR), el MI 5 británico, el SDECE francés, los servicios secretos españoles que han pasado por distantitas siglas y a los que pertenecía González Mata hasta 1972.

El libro trata de poner al descubierto distintos episodios del pasado, como el atentado al presidente venezolano Rómulo Betancourt en 1960. Sobre este complot existen dos detalles en la narración de González Mata que me han resultado inquietantes.

El primero es aterrador. Para ultimar los pormenores del atentado y que todo saliera a la perfección, Trujillo, presidente en esos años de la República Dominicana y promotor de la conspiración (he de decir llegado a este punto, que Trujillo odiaba a muerte a Betancourt, y que éste también lo despreciaba), había mandado reconstruir en terrenos apartados de su hacienda, una avenida idéntica a la de Caracas por donde el mandatario venezolano pasaba a diario en su Lincolm. Se preparó una carga de TNT en un vehículo aparcado y otro, emulando el coche presidencial, pasaría a la velocidad acostumbrada. Y ahora viene lo trágico: Trujillo quiso hacer el ensayo general con toda la veracidad posible, nada de coches automáticos, nada de muñecos, se haría con personas de carne y hueso. Mandaron traer a tres presos. La potencia del explosivo no dejó de aquellos infortunados más que pedazos de carne carbonizada revueltos con la chatarra.

El otro detalle es menos macabro. Por esas fechas el presidente Betancort estaba siendo acusado de corrupción y para su defensa, ante las cámaras de la TV, mostrando sus manos, había afirmado: “Sin han malversado o malversan dinero del pueblo, que Dios me las queme”. La mañana del atentado, Betancourt padecía dolores en el brazo derecho y cambió de asiento en el automóvil con su ayudante de campo, para sentirse más cómodo; aquella permuta de última hora le salvó la vida. Betancourt volvió a la televisión a denunciar el atentado y agitó en el vehemente discurso sus manos quemadas, cubiertas de vendas; los venezolanos no tuvieron por más que creer que Dios había castigado a su presidente.

El libro relata otros muchos sucesos, descubriendo con todo detalle las implicaciones de cada caso. Habla del tesoro de los Trujillo; del caso de Julián Grimau, que fue capturado por la delación de un infiltrado en la PCE en Francia como secretario de Carrillo; de la realidad sobre la III república española en el exilio; el asunto Delgado en Portugal; de la CIA y su implicación en el Mayo francés para derrocar el gobierno De Gaulle; de la nutrida relación de Franco con los rusos, sus canjes de comunistas (350 nombres les facilitó el KGB) por información secreta de las Bases norteamericanas en suelo español; del asesinato de Ben Barka, político de izquierdas marroquí; el caso del general Ufkir y la CIA contra Hassán II, fallido golpe de estado donde se secuestró el Boeing real a su vuelta de un viaje a Francia; de la dimisión de Willy Brandt por causa del “topo” Guillaume, político del SPD que llegó a ser hombre de máxima confianza del presidente alemán y pasaba a la vez secretos de estado a los comunistas de la RDA.

Intrigas parecidas a las que hoy en día surgen (terrorismo internacional, atentados de bandera falsa) manchando con su sangre y su tinta demasiadas páginas en la prensa escrita, y cuya realidad oculta, y su alcance, desconocen los ciudadanos.

Termino con lo que dice González Mata (el tono sincero del narrador parece sólido) en el prólogo a la primera edición española del libro que nos ocupa:

No busco un “éxito” editorial. Lo importante para mí hoy, es denunciar todo un sistema de corrupción, asesinato y crimen que beneficia a un imperialismo político o económico. Testimoniar (y mi complicidad de largos años creo que me permite hacerlo) que hay pueblos sistemáticamente sacrificados por un “dogma” o una “doctrina política” en su propio beneficio. Que los términos “Este” y “Oeste”… Oriente y Occidente, Comunismo y Democracia, no son sino palabras vanas… Que los “antagonismos” desaparecen pronto en beneficio de una entente cómplice… Entente cuyo precio pagan aquellos que son titulados “beneficiarios”…

17
Nov

La CumbrE

   Posted by: franjamares    in General

La CumbrE

Por Franjamares

El grupo de escaladores de la política y la economía mundiales llegaron el 15 de noviembre a la cumbre del mítico G-20 en Washington. Su intención, coronar el sistema capitalista neoliberal, colocando arriba de la cresta, junto al ojo que todo lo ve de los Iluminati, la bandera multicolor de la política con minúscula. En esta expedición iban como convidados, no se sabe si de piedra, el montañero español Zp y el holandés Balkenende, al que algunos comparan por su parecido con Harry Potter y que tiene doble mérito por pertenecer a los países bajos.

El cabecilla de esta expedición, presidente en funciones pero con mando ejecutivo, es el grado 33 G.W. Bush, un zombi de la política a caballo entre la casa blanca y la corporación petrolera. Un mal tipo que todo el mundo ha sufrido y que ya se empieza a conocer como el abigarrado especialista en auto-atentados terroristas de bandera falsa (como el del 11-S); o en su papel de creador de enemigos invisibles como Al-qaeda (con el asesinado Bin Laden a la cabeza) y por extensión el mundo islámico. También ha dejado su marca como instigador de guerras preventivas como las de Afganistán e Irán, de otros conflictos de tapadillo como el de Kosovo, o Georgia, o en guerras de paramilitares como la última del Congo (donde se combate por el control del diamante y del coltan, un mineral éste último escaso y muy demandado en las nuevas tecnologías, sobre todo para los móviles).

En la cumbre, respirando el aire fresco de la élite, los escaladores han comido, han bebido, se han saludado para la prensa con cientos de flashes y fotos, han dejado sus escuetos discursos que concluyeron antes de lo previsto, se han hecho promesas, sólo promesas, de control sobre los usureros del sistema, pero no del propio sistema, que afirman, unos por otros, goza de buena salud en su origen. A remate, han quedado para una próxima escalada en primavera, con las últimas nieves, a no ser que algún colapso “irreversible” vuelva a juntarlos de emergencia.

Por supuesto, no han hablado de la deuda pública y privada como causante directa de la presión sobre los países emergentes y los ciudadanos de a pie. Porque esto es hablar directamente de quienes están por encima de ellos, los banquero-oligarcas amos del mundo. La deuda pública la maneja con mano dura el FMI (fondo monetario internacional) hipotecando el futuro de los países pobres junto con el Banco Mundial y la OMC (organización mundial del comercio); la guita la distribuyen los bancos centrales (privados), reserva federal en el caso USA, que son espurios en su origen porque crean el dinero de la nada (emisión de moneda con deuda); la deuda privada la controla la banca especulativa o de inversiones que juega en el gran casino bursátil creando y transaccionando derivados con sus macro-computadoras. Y la banca tradicional, que está vacía de capital e inflada de dinero inexistente (derivados), acaba la cadena endeudando a la pequeña y mediana empresa y al común de los peatones, la economía física o productiva, víctima de este tinglado, a la que chupan continuamente la sangre y que, después de la burbuja especulativa inmobiliaria, se encuentra en urgencias con visos recesión. Sólo se ha hablado, como paliativo, de la aplicación de nuevas medidas fiscales globales.

Tampoco se trató con claridad el asunto de los paraísos fiscales, los que el conglomerado imperial anglo-norteamericano ha manejado desde siempre: islas Caimán, Cook, Bermudas, Gibraltar… y el propio Reino Unido. Lógicamente no puede hablarse de ello porque es en estos lugares donde lavan el dinero de la droga, que mueve ingentes cantidades de dinero fresco… amen de destruir a la juventud planetaria. El opio, por ejemplo, se cultiva y procesa en Afganistán, más del 95% de la producción mundial, porcentaje que se ha multiplicado por diez desde la invasión del país del “eje del mal” en 2001, tras el 11-S; luego esta droga hace escala en Kosovo (se comprende ahora por qué tanta prisa en proclamar unilateralmente la independencia de este país) y finalmente llega las calles de nuestras ciudades, atestadas los fines de semana de jóvenes ebrios.

En palabras del economista Lyndon LaRouche, que ya vaticinó hace dos años el colapso sistémico actual, la cumbre del G-20 “es una farsa y tiene la intención de ser una farsa. No se va a decidir nada que sea importante. Habrá insinuaciones e intentos de corromper la situación lo más posible, especialmente de parte de los británicos. Y el lado británico, como siempre, anda buscando que todos los demás hagan una cooperación a su favor. Quieren un salvataje. Los británicos siempre arreglan las cosas así: “ustedes tienen que debatir esto; ustedes que debatir aquello”. Es pura basura. El despliegue político de los británicos es asegurarse que nada funcione”.

En resumidas cuentas, la pregunta es esta: ¿Cómo van a refundar el capitalismo los responsables de la crisis financiera reunidos en Washington con un presidente convertido en muerto político? Y después de analizar lo que dijeron los participantes, se llega a otra conclusión: Ganó el muerto político. De la reunión (con turismo gastronómico incorporado) sólo salieron apelaciones abstractas a la “unidad” en la lucha contra la crisis, promesas de “reestructuración” de instituciones imperialistas vetustas como el FMI y el Banco Mundial, y la ratificación del “libre comercio” solicitada por Bush al comienzo de la cumbre, digo, de la escalada.

13
Nov

Diluvio Universal

   Posted by: franjamares    in General

Diluvio Universal

Por Franjamares

Aquel día comenzó a llover y llover en todos los ángulos y direcciones. Las aguas del cielo y de la tierra se juntaron entre el fragor continuo de los truenos y el aullido desesperado del viento. Sólo se veía por doquier una cortina tupida y grisácea de lluvia y granizo que estallaba contra el terreno con inusitada fuerza. El curso de ríos y barrancos se desbordaba ascendiendo el nivel de las aguas hasta límites nunca vistos, sumergiendo las zonas bajas de la población.

Gracias a que algunos hicieron caso de los consejos del loco Genaro, “el Profeta”, ahora estaban a salvo de la fuerza del diluvio, refugiados en la cima de la peña, en el castillo viejo, junto a la choza, barrida ya por el vendaval, donde el viejo iluminado cuidaba de sus gatos. Allí dentro, por la altitud, se encontraban más cerca de la tormenta, del rugido monstruoso de los truenos, de cuyo aparato eléctrico estaban no obstante a salvo tras el parapeto de los gruesos muros de roca y argamasa.

Llevaban ya casi dos días encerrados y el vigor del meteoro no amainaba, según las previsiones del loco Genaro, esto sólo era el comienzo y aún les quedaba lo peor, ya que aquel diluvio universal era una de las plagas del fin de los tiempos. Y su poder devastador era creación exclusiva del mal y no de la madre naturaleza.

El resto de los vecinos había descreído de los malos augurios del loco y por eso ahora hacían frente a la cólera del temporal encerrados en las casas del pueblo, luchando por que las aguas desatadas, que inundaban ya sus bienes, no se llevaran también sus vidas.

En el interior del castillo hay unas cincuenta personas, algunos perros, dos cabras, un puñado de gallinas… y los dos gatos negros de Genaro y su loro verde. Éste último, ante tanta concurrencia de humanos, pone oído en los distintos corros buscando las voces más pegadizas e interesantes que imitar.

Muchas familias están divididas y tienen algún miembro, obstinado o despistado, abajo en el pueblo pasado por agua. Un corro de mujeres reza por ellos y por el resto de convecinos. Elias, el mozo más bragado del lugar, pelando patatas con su navaja, anima a las chicas con historias de terror, mientras ellas preparan la cena. Una inmensa olla de sopa de gallina con patatas y garbanzos, que son los pocos víveres que han podido procurar ante la venida repentina del vendaval.

El sacristán, que había abandonado al párroco para encabezar la comitiva del Profeta, y que antes de partir cogió gran parte de la provisión de leña y cirios de la sacristía, administra la candela para que dure el máximo de tiempo; es la única luz que tienen para verse las caras en la oscuridad del castillo. Se convenció de la verdad de las profecías cuando observó las primeras auroras boreales sobre el cielo de otoño (en aquellas latitudes jamás se había visto algo parecido) y cuando esa misma noche estallaba en llamas el transformador de electricidad dejando sin fluido a toda la población. El monaguillo, sin tiempo para avisar a sus padres, secundó y ayudó al rapavelas con la carga; y ahora, junto con el resto de la chiquillería atiende las explicaciones de la joven maestra; una muchacha de veinte pocos, que hacía solo tres semanas había llegado al pueblo y que la misma tarde del diluvio, con las primeras gotas, asustada e iluminada por los rayos y relámpagos, en un acto reflejo de conservación, viendo luces en el castillo, subió la cuesta a toda prisa en dirección al refugio, donde ya se hacinaba la expedición de Genaro.

–Tras algo de comer.

–No, solo lo puesto.

–Venga pasa, ponte cómoda.

Han formado una mini sociedad armónica en perfecto equilibrio dentro del castillo (en este punto hay que decir que ningún político se había sumado). La autoridad es compartida y la responsabilidad repartida como la comida, el agua y los enseres. La esperanza de que todo se acabará pronto, acalla la boca incontenida del loco, que lleva al menos media hora nervioso andando en círculos y mascullando entre dientes: “algo va a pasar, algo va a pasar”.

Y pasó. Un temblor de tierra sacude de pronto el castillo y a los refugiados.

–¡Ay dios mío, un terremoto! –Grita una de las mujeres.

–Un terremoto, un terremoto –repite el loro en el momento en que una nueva sacudida apaga todos los cirios y echa por los suelos la olla hirviendo entre el chillido desesperado de las muchachas.

–Tranquilas, ya ha pasado—dice el mozo Elías sin demasiada convicción.

–Un terremoto, un terremoto –reitera el loro.

En tal brete, sienten una corriente fría de aire al tiempo que les caen goterones de agua desde arriba. Levantan al unísono la mirada. Todos pueden ver el ojo del huracán sobre sus cabezas, girando a velocidad de vértigo, con un aullido de muerte. El seísmo ha abierto una tronera en la bóveda pétrea de la torre y el remolino, con la fuerza de un tornado, succiona desde fuera por la grieta todo cuanto hay en el interior.

–¡Es la furia de los falsos dioses, que se levanta contra la humanidad! –clama el loco Genaro.

–¡Hay que tapar esa brecha! –grita Elías–. Ven, ayúdame con esas tablas –le pide al sacristán.

–¡Un terremoto, un terremoto! –pregona el loro.

Dos hombres más se suman a la obra arrimando una escalinata. Minutos después logran medio taponar la grieta del techo con unas tablas abandonadas de alguna obra y unas gavillas clavadas entre las juntas de las rocas. Pero la conjura de los dioses de la oscuridad, ha querido que en medio de la faena un rayo perdido se cuele por la hendidura que casi tienen sellada. Incide la centella contra la maza que sujeta el mozo con su diestra, a modo de Thor, hace arco con una de las cavillas ya clavadas y, desde allí, va a impactar contra la jaula metálica del loro, que yace cerca colgada de una alcayata. Algunas plumas vuelan dispersas tras el estallido y el fogonazo cegador en la vértice del rayo. Todos piensan en lo peor mientras observan el amasijo de alambres derretidos, cuando se oye:

–Un terremoto, un terremoto.

–Calla, Moisés. Ha sido un rayo –rectifica Genaro a su loro.

Presintió la caída de la centella y segundos antes del impacto sacaba al plumífero parlanchín del jaulón.

La reparación ha surtido efecto taponando la visión del negro agujero de la bestia, que continúa aullado encima del castillo, después de haber arrasado el pueblo, toda la comarca, y quién sabe sino todos los territorios del país y el orbe entero.

–La única manera de evitar el juicio final que nos abate –confiesa esta vez el loco Genaro a los refugiados–, es buscando la misericordia de Dios Padre en nuestro corazón, de adentro hacia fuera, saliendo juntos de esta realidad producida por el caos de las sombras… Venid todos, sentémonos en círculo en el centro de la sala. Démonos las manos, pensemos todos en la grandeza de nuestro espíritu, dejemos que nuestra energía fluya en espiral entretejiendo nuestros cuerpos, nuestras mentes y almas, en unidad con la luz cósmica que baja del firmamento, como un maná de pura energía…

Hacen todos en silencio lo que Genaro ha propuesto con su voz mística. Sobre los hombros del loco se acoplan sus dos gatos negros y el loro. Se encuentran sumidos en el círculo de meditación, cuando un nuevo terremoto estremece la tierra con tal violencia, que secciona en dos el promontorio donde se alza el castillo. Uno de los ángulos del baluarte y uno de los muros caen desplomados al abismo. Pero ellos continúan ensimismados, en el umbral de la trascendencia, conectados con alguna energía universal en medio del azote del torbellino. Sus cuerpos se elevan entonces sobre las lajas del suelo que se derrumbaba a sus pies, levitan sobre las aguas de la tormenta envueltos en una burbuja electromagnética, atraviesan juntos el ciclón y ascienden por encima de la oscuridad que se cierne sobre la tierra: un mar de turbulencias negras extendido por todos los confines.

En este lapso de paz, sienten un extraño gozo interior. Sus mentes se abren y unas a otras se comunican sin necesidad de palabras. Lo han logrado. Han superado el horror y el miedo. Rompen el círculo, se sueltan las manos, y comenzaron a caer flotando hasta la tierra.

Todo había cambiado abajo. El diluvio parece no haber existido nunca. Tampoco se observa rastro alguno ni de su pueblo ni del castillo. Sólo una naturaleza exuberante y acogedora se extiende ante sus ojos incrédulos.

–¿Es esto el paraíso? –pregunta una de las muchachas a Genaro.

–¿Hemos muerto? –inquiere el monaguillo.

–¿Qué lugar es este? –demanda el valiente mozo.

–Creo muchachos –dice Genaro–, que estamos en donde mismo estábamos antes, pero en otra dimensión.

–Sí, ya recuerdo –tercia una de las mujeres.

–Y yo –se suma al sacristán.

–Y yo.

Y yo.

Y yo.

Se van sumando todos.

–Un terremoto, un terremoto –remata el loro Moisés provocando la risa de todos.

Un sol extrañamente azulado luce sobre sus cabezas… una paz inmensa en sus almas. Perecen consientes… de su verdadera naturaleza inmortal, de haber hecho andando el nuevo camino, de haber emergido del cubo, de haber dejado atrás la esclavitud del mundo tridimensional, que los mantuvo cautivos, por siglos y siglos, en medio de la mezquindad y de la ira.

8
Nov

Aprendiz… [El observador (Video)]

   Posted by: franjamares    in General

Aprendiz*

Por Franjamares

 

Yo siempre he sido aprendiz de todo y maestro de nada.

Con trece años fui aprendiz de camarero; pero en cuanto comencé a canturrear por los comedores y la cocina, a derramarle la sopa en la falda a algún cliente, a despacharle gratis bocadillos de jamón cocido a los hippies que entraban en la posada pidiendo pan y me veían cuan serafín moreno tras de la barra, o cuando, una vez, seguro que colocadas a adrede, se me cayeron encima al abrir la puerta de la cámara frigorífica, los cinco pisos de bandejas de flanes de la casa, cubriéndome cuerpo y ropa con el salpicado de la crema amarilla y el rojo tostado del caramelo… A pesar de todos estos percances, digo, era el aprendiz de camarero con más voluntad del negocio; y en cierto modo, no había grandes diferencias entre mi inexperiencia y mis fracasos de pipiolo y la pericia rutinaria de los camareros mayores, que ya parecían haber perdido sus ganas de aprender y, como entretenimiento, se dedicaban a joder a los aprendices.

Luego, otro verano, entré como novicio de pinche de cocina en una hamburguesería. En este sitio, donde la cocina apenas medía 2 metros cuadrados, no hubo grandes quejas hacia mí… si no contamos esa tarde de agosto, tan temprano que aún no había llegado el cocinero y dueño, cuando una mesa se ocupó y en la nota del pedido venía un pollo a la canasta; he de decir que dicho plato se les sirvió. Agarré cuatro o cinco trozos de pollo, tal y como había visto hacer al chef, los sumergí tal cual en la freidora caliente, les di un par de vueltas, los lancé a la canasta que ya tenía preparada con una rodajas de cebolla, tomate y una hojas de lechuga, y salió disparado por la ventana con las dos hamburguesas completas que completaban la comanda. Mi amigo Martín, el camarero, tuvo que aguantar el rapapolvo de aquel cliente aficionado al frito de ave doméstica; aquel pollo estaba crudo y además soso, pero al menos iba dentro de la canasta. Tal vez el cliente ofendido aprendiera que el pollo frito y el medio crudo eran lo mismo en distinta gradación y probablemente aquella repulsión de la carne ensangrentada le vino bien, pudiendo haberlo hecho vegetariano.

Con todo, voluntad, confieso que me sobraba. Y las hamburguesas, no es vanagloria, eran mi especialidad. Yo mismo las preparaba, mitad de carne de segunda de cerdo, mitad de ternera, unos huevos estrellados, un poco de sal y a mezclar y mezclar con las manaos (recién lavadas que coste) hasta hacer una pasta compacta que iba ubicando en los moldes metálicos para crear la forma redonda característica, antes de guardarlas en la cámara. Luego las echaba sobre la plancha bien caliente y las dejaba asarse por un lado, ese era el secreto, hasta que el caldillo y la sangre hervía sobre la carne blanca; era el momento de darle la vuelta. Entonces sí llegaban felicitaciones a la cocina y hasta propinas que llenaban el bote con su sonido hueco. De aquí aprendí que la cocina es en todas las cosas, en todos los ámbitos de la vida, tan importante como lo visible y por supuesto mucho más que la falacia seductora del escaparate.

Después de aquello fui aprendiz de técnico de televisión, y este destino sí que revalorizó mi aprecio como profesional. Los primeros días solo tenía que estar en el taller tomando las notas de aviso que los clientes acudían a dar para que se les arreglara el televisor a domicilio. En esos ratos aprovechaba y leía manuales de electrónica, escuchaba a Triana en el casete y hacía algún circuito de radio sobre un chasis viejo, soldando resistencias, condensadores y diodos, según el esquema. Otro de los aprendices era el hijo de un guardia civil retirado sobre quien desperté, sin pretenderlo, cierto recelo. Acaso por eso un día, cuando mi circuito superheterodino estaba ya casi terminado (sólo quedaba insertarle las válvulas y probarlo), lo encontré todo roto, desarmado, cortado a pedazos con unos alicates. De este suceso aprendí que la envidia es muy corrosiva, sobre todo para la persona que la padece. Yo también envidiaba a muchísima gente en aquellos años de aprendizaje.

Luego la vida me llevó a Madrid y allí fui aprendiz de barman en un restaurante especialidad en tortillas. Más de cien modalidades llenaban la carta; pero todas eran positivamente la misma tortilla, porque todas llevaban los mismos huevos. Sí, tres veces en semana aparecía el mismo tipo, un granjero de ciudad, portando una torre de cartones de huevos, para satisfacer la demanda del “Nido de Reme”. Reme sería la dueña. No me quedé en aquel sitio el tiempo suficiente para descubrirlo, el sueldo era bajo y las propinas nulas. Mis pasos en la capital me llevaron de aprendiz en un almacén de juguetes. Me destinaron a la trastienda, al almacén, al sobre-techo y allí, medio agachado, entre las cajas de juguetes, descubrí la buena sonoridad de mi voz (tal vez por la acumulación de cartones), y me puse a cantar y cantar por Carlos Cano, todo el repertorio que recordaba, atrayendo hasta el fondo del almacén el comentario risueño y las miradas de las dependientas. Duré un par de días en aquel local pero conocí a una chica aficionada a la tonadilla con la que salí durante un par de semanas.

La vida te va llevando, en su continuo universal de frecuencias, de sitio en sitio, de aprendizaje en aprendizaje. Siempre es la misma progresión en todos los oficios o tareas: no se sabe nada, se sabe algo, se conoce prácticamente todo… Pero a cada instante seguimos siendo el eterno aprendiz, el que aprende de los errores, el blanco de las mofas, el que sostiene el sistema con su mollera virgen.

De este modo esta existencia es una ilusión en la que siempre estamos aprendiendo. Somos aprendices de buenos y somos aprendices de malos; dos extremos que son asimismo un continuo de la moralidad y la coexistencia. Unos aprenden algo supuestamente bueno y para otros esa misma práctica es algo subjetivamente malo. Excluimos del temario de la vida lo malo aunque lo practicamos por otra parte reproducido con distintas apariencias. Se reinventa lo bueno y nosotros seguimos siendo aprendices de ello; nos estremecemos como aprendices de escolar, aprendices de peatón, aprendices de soldado, aprendices de activista, aprendices de pancista; aprendices de padres y de madres, de hijos y hermanos; aprendices de amigos y de vecinos; aprendices de amantes y de amados; aprendices del apego, de los celos, de la fe (la buena y la mala), de la mentira, del qué dirán, del rencor, de la envidia, de la apariencia… Aprendices de pastor, de borrego, de preso, de funcionario; aprendices de consumista, de subordinado de la deuda, en forma de hipoteca de jubilado; aprendices de la tradición y de la moda; aprendices de los libros, de la prensa, de la red, y hasta de la tele, que ya es gana de aprender… Aprendices del sistema, de la matrix.

Con todo, es de humanos ser aprendices de todo y maestros de nada. Porque si llegáramos siquiera a albergar la grandeza mental y espiritual de la nada, seríamos cumplidos maestros de algo en este mundo de dimensiones y frecuencias. Nuestro próximo salto como aprendices: recordarnos en el corazón para abrir el alma, la mente y el cuerpo a la nueva realidad, una verdad fundamental.

(A propósito del tema “Aprendiz de malo”, Tertulia Telees, La Casa de las Palabras, Nerja, Málaga, 5 de noviembre de 2008)

Aprendiz de malo

Begoña Ramírez

Lo lleva impreso en el rostro

Aprendiz de malo.

No descansa, nunca duerme,

vigila, maquina su próxima

jugada el aprendiz de malo.

Pretende comerse el mundo:

La mejor defensa un ataque,

lo tiene bien aprendido

el aprendiz de malo.

Todos le ven pasar

con la mirada limpia,

las manos en los bolsillos,

pinta de buen chaval.

Tan sólo es un aprendiz

de malo.

Malo para que no te duela,

para que no te toquen,

para que no te lleguen,

para que no te vean,

Para que no te abracen

para que no te quieran.

_______________________________________________________

El Observador

MENTIRAS DEL NUEVO ORDEN. Marketing, consumo, CONTROL MENTAL Y SOCIAL.

YouTube Preview Image
3
Nov

La liebre y la Tortuga

   Posted by: franjamares    in General

La liebre y la Tortuga

Por Franjamares

Aquella liebre era diferente de las demás. Mostraba un comportamiento especial desde el mismo día que salió de la madriguera unida a sus hermanos. Pronto supo que las experiencias que empezaba a vivir no colmaban sus inquietudes. Se sentía distinta, no por vanidad o engreimiento, intuía de algún modo que el mundo de las liebres podría cambiar y que ella tenía un papel importante en ese cambio.

Lo que más odiaba de aquella subsistencia era la velocidad. Un asunto de vital importancia según los consejos de los adultos, pues era el mejor don que tenían, una capacidad impresa en su herencia y que habían conseguido generación tras generación como mejor medio de supervivencia. En los bosques y prados adonde vivían acechaban los peligros en forma de garras, fauces y había que ser veloces como el viento para poder escapar, para sobrevivir y conocer el misterio del celo y el amor, la conservación de los suyos.

Mal que bien la liebre remisa fue aprendiendo las claves de la supervivencia de su especie. Usaba a las mil maravillas el olfato para distinguir las raíces comestibles, la hierba digestiva, y los frutos deliciosos que integraban su subsistencia.

Su interés por las cosas eclosionó un día al toparse con una tortuga. Pensó que aquel animal había construido a su alrededor tan sólido escudo, para protegerse de las agresiones sin necesidad de correr, como ella misma hacía, y que por eso sus piernas eran cortas y no necesitaba de la velocidad para escapar de los depredadores. Que la dura coraza de la tortuga era lo mismo que las largas piernas veloces de la liebre.

Como tenían algo en común se hicieron amigas. La tortuga le contó con parsimonia que ellas llevaban una existencia más ralentizada; su tiempo empezaba rápido durante la ternura de la infancia, luego si sobrevivían a esa prueba, conforme se endurecía su escudo, se les hacía más denso y dilatado. Y matizaba alzando su cabeza: “Nuestro caparazón es el fruto de milenios de paciencia y resistencia.”

La liebre cada vez se sentía más disconforme con todo aquello. Ella no concebía una vida de miedo congénito y riesgo continuo. Ansiaba sondear los secretos de la naturaleza y para ello tenía que ser libre, y no liebre. Se convirtió en el ejemplar de su especie más solitario del bosque. Comenzó a observar a otros animales y comprobó que todos funcionaban con un mismo patrón: la adaptación y la supervivencia.

Una madrugada, la liebre sintió un picor interno que le hizo abrir los ojos aún en la oscuridad. Salió de su escondite y anduvo sosegada por el bosque; no sentía ningún tipo de miedo. Esta sensación era extraña y no podía dilucidar si estaba soñando o de veras se exponía libremente a los peligros por la oscura intemperie. Con todo, esta fortaleza interior era su gran coraza, su velocidad, su camuflaje ante los ojos encendidos de las rapaces nocturnas. Llegó a un risco, alzó sus grandes orejas al horizonte recortado del bosque, donde despuntaban las luces del alba, primeros rayos de sol que alumbraron su ser llenándolo de luz y de sentido.

No, no estaba soñando. Estaba sola e indefensa en medio del bosque, ante la vista de todos los depredadores hambrientos que recién despertaban; pero no sentía miedo. Se hallaba fuera de la jungla de la supervivencia, veía una realidad nueva donde los animales no necesitaban devorarse unos a otros para existir, donde la vida y la muerte eran lo mismo.

Un lince merodeaba por las cercanías del risco, se acercó sigiloso, se puso a su lado husmeando y afilando sus fauces… Pero la liebre no huyó atemorizada porque no tenía miedo; el felino tentó con sus largos bigotes el pelaje blanco de la liebre y se marchó como si no hubiera olido aliento alguno. Era como un milagro.

La tortuga que había visto toda la escena, fue despacio hasta la liebre y le dijo: “Maravilloso: enséñame tu descubrimiento, estoy harto de llevar encima esta pesada carga”.