
Los zapatos del presidente
(Artículo escrito y publicado en 2003)
Por Franjamares
El 15 de febrero de 1898 acontece una tragedia que supone para España el comienzo de una de las crisis nacionales más importantes de su historia. Aquel día, húmedo y caluroso, en los territorios de ultramar, en las aguas azul cenicientas del puerto de la Habana, el Maine, un crucero con bandera norteamericana, estalla ocasionando la muerte de más de seiscientas personas entre oficiales, soldados y otros embarcados. La prensa belicista estadounidense, soliviantada desde el poder, reacciona de un modo incendiario acusando abiertamente a España de la voladura del barco.
Las más altas autoridades de España desmienten rotundamente la acusación; resulta inverosímil que los militares españoles, desgastados por la guerra con los cubanos, que apenas pueden seguir sosteniendo, estén relacionados con la autoría de un atentado que nunca les beneficiaría; Muchos ya intuyen que el gobierno de los EE. UU., puede estar detrás. Qui Prodest, ¿a quién beneficia?, proclama en aquellos días un veterano almirante español, haciendo alusión a la célebre frase latina.
El gobierno americano, sin reparar en sutilezas ni diplomacias, barajando la oportunidad que supone el atentado contra el buque, cuyas causas jamás llegan a conocerse, para involucrarse en una guerra que ya está prácticamente ganada por los independentistas, pero que de seguro va a reportarles pingues beneficios políticos, estratégicos y económicos, declara la guerra a España dos meses después de la voladura del Maine.
La operación “libertad para Cuba” está en marcha, el inicio de la hegemonía imperialista norteamericana esta en marcha, la falacia del lenguaje democrático y libertador también está en marcha… De continuo, los Estados Unidos extenderán el conflicto invadiendo Filipinas y Puerto Rico, este último, aun disfrutando ya de un gobierno autónomo de España. Los últimos vestigios del gran imperio español, aquel en el que nunca se ponía el sol, se pierden en el ocaso libertador del nuevo neocolonialismo estadounidense. Un imperio muere y otro nace. España a diferencia de otros países colonizadores no sabe, o no puede, mantener su influencia en los nuevos estados emancipados, y la miopía política de los gobernantes españoles de la restauración, y la nulidad de los borbones, arrinconan a España, en los albores del siglo XX, a los cobertizos de un emergente orden mundial, un orden en el que el tándem anglosajón tendría un protagonismo casi hegemónico.
Casi cien años después un presidente español sin complejos, con un mostacho poblado y quieto hasta cuando habla, descendiente de aquella estirpe militar española, hijo y nieto de militares, encumbrado a la presidencia por un cúmulo de motivos: el desgaste, cuajado de corruptelas, del gobierno precedente del partido socialista y por una coyuntura económica e internacional favorable, es invitado a la Casa Blanca por el recién elegido George W. Bush. El nuevo presidente, victorioso a los puntos en las recientes elecciones, tras casi cuatro meses de recuentos y contrarrecuentos en su bastión electoral del estado de Miami, con la defensa de toda una legión de jurisconsultos (en el país más “democrático” del mundo permanecer cuatro meses contando votos resulta cuanto menos que sospechoso), recibe al mandatario español con denuedos afectivos y fotos irrepetibles.
En una de las fotografías de aquella visita, una instantánea cargada de mensajes, tal vez intencionados, se observa al presidente español plantando el 39 de sus zapatos, al más puro estilo Cowboy, sobre una mesa de la Casa Blanca.
Pero, volvamos al 98; desde la guerra y la tristísima paz firmada en diciembre de ese mismo año en París, un Diktat, como se le llamaban a los tratados en la época, en el que España lo perdía todo: Cuba, Filipinas y Puerto Rico, y sólo ganaba el ahorro del sangrante mantenimiento de la guerra, desde entonces, decía, las relaciones entre los dos países fueron nada más que discretas, y sólo a mediados de siglo se tornaban en intensas, aunque con un claro desequilibrio de intereses y beneficios.
Pero vayamos por partes; los Estados Unidos habían comenzado el siglo cimentando un importante poderío industrial y político auspiciado por la primera guerra mundial, en la que entraron casi al termino (Qui Prodest). Una contienda en la que se destruirían, entre sí, más de la mitad de los países europeos. Pero, posteriormente, el pueblo americano, y digo el pueblo: la clase media trabajadora, iba a sufrir las terribles consecuencias de la recogida de beneficios de aquellos años especulativos y de bonanza (un tiempo en el que el Tío Sam se enriquecía tras la Gran Guerra que desoló Europa), que provocaron el cataclismo bursátil y económico del 29, el hasta ahora más importante de la historia de los Estados Unidos.
Años después el carismático Roosevelt sacaría a la potencia americana del receso en el que cayó tras la crisis. Siendo en teoría neutrales al inicio de la segunda guerra mundial, a la que se vieron luego arrastrados tras el “sorpresivo” ataque japonés de Pearl Harbur (Qui Prodest). Y combatieron desde el pacífico a Europa, desde el desembarco de Normandía al abominable lanzamiento contra las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki de las dos primeras, y las únicas hasta la fecha, bombas atómicas de la historia… Luego, reordenarían la paz del mundo junto a franceses, ingleses y rusos en Yalta; pero, inmediatamente, iniciarían la denominada guerra fría contra el comunismo ruso, y a los pocos años las abrasadoras de Corea y Vietnam, esta última, además, larguísima, sangrante y estrepitosamente perdida por los americanos, tanto en las húmedas y fangosas selvas vietnamitas, como en las calles de Washington o Nueva York… Entre tanto, ya habían auspiciado algunos regímenes dictatoriales en Europa, como el caudillista en España o el salazarista en Portugal, y suscitarían, por medio de su famosa agencia de inteligencia, las dictaduras más cruentas de la historia de América Latina. Y cuando el mundo asistía atónito, pero radiante, al triunfo de la Perestróica, a la caída del muro, al hundimiento definitivo de su enemigo comunista, y las dictaduras de la Europa del Este íbanse desmoronando una tras otra, algunos altos mandatarios estadounidenses ya advertían del nuevo y aún más peligroso enemigo, el más hostil y difícil de localizar de todos, un enemigo sin ubicación clara, que puede estar en cualquier país y puede atacar cualquier interés americano en el mundo, el gran enemigo del siglo XXI: el terrorismo islamista internacional.
Por su parte, en España, tras la caótica situación del 98, herida en su honor patrio, aguijoneada por la intelectualidad más brillante de los últimos tiempos, más allá de la tradicional oposición de los grupos progresistas y el movimiento obrero, algunos políticos derechistas exigieron el cambio hacia una reforma política en favor del desarrollo y la moralidad. Pero todo esto se quedó en nada. Y nuevos ocupantes en los sillones ministeriales fueron prolongando la restauración hasta el reinado del soberano castrense. Este rey, que lo fue exactamente desde el mismo día de su nacimiento, en un alarde de obtusión como estadista, consentiría el golpe de estado del “salvador de España” en 1923 y cuando el 14 de abril del 31 España se despertaba republicana, ya no le quedaría otro remedio que abandonar su patria con destino al exilio en Marsella.
La república, mal consentida por gran parte del ejercito, de la iglesia y de la derecha española, a pesar de que ganaron las elecciones del 33, abrumada por violentos levantamientos revolucionarios y azotada por la crisis económica del 29 (que como siempre llega con retraso a España), apenas duraría cinco años. El 18 al 20 de julio del 36 triunfa una sublevación militar contra el gobierno elegido, que desembocaría en una larga y sangrienta guerra civil; una contienda en la que combatirían, contra el ejercito republicano y las milicias populares e internacionales, fascistas italianos y nazis alemanes que apoyaban a los rebeldes encabezados por el general Pardo de Andrade, acaso como el gran ensayo de lo que luego sería la segunda guerra mundial. Este ambicioso general, bajito, enérgico, de breve bigote y voz adamada, que llegaría a tener tres manos, una con la que firmaba las sentencias de muerte, otra para remover el café mientras firmaba y la incorrupta de la mística y santa abulense, acabaría siendo proclamado caudillo del alzamiento y ese mismo año, en Burgos, tomaría posesión como presidente de un gobierno provisional que duraría los tres años de la cruenta guerra y treinta y seis de una represiva dictadura.
Sería durante este largo periodo autocrático cuando los Estados Unidos (que consienten primero y auspician después, como corroboraría la ulterior visita del presidente americano en el 59), culminan los tratados de amistad con un régimen cuyo territorio les es de vital importancia estratégica. En esos años los americanos implantarían varias bases y centros de telecomunicaciones militares en suelo español. El régimen caudillista obtendría a cambio la progresiva salida de su largo aislamiento: el tímido reconocimiento de algunas democracias europeas, animadas por los Estados Unidos, la entrada en la ONU y ciertos acuerdos económicos de liberalización con la OECE y el Fondo Monetario Internacional. Por no mentar la leche en polvo y el queso de bola que algunos probaron y otros comerciaron.
Pero el Caudillo murió en el 75 y de su dictadura se pasaría, por aquel referéndum de sucesión de una sola pregunta, al reinado del último de los borbones; un príncipe que era rey, aconsejado por su padre que debería de haber sido el rey pero que sólo era conde, que fue educado por el dictador, y que sabía que su futuro estaba en que la soberanía popular debía de residir en el pueblo. Como se arregla en la reunión del Club Bilderberg en Mayorca, tras destituir al último y plañidero presidente del caudillismo, el nuevo rey designa a su hombre clave para la transición hacia un estado monárquico y constitucional. Este joven presidente, de nariz desafiante y mirada tierna, acabaría ganado las elecciones con una coalición de partidos autodenominados de centro y años después, sin lograr contener el maremagno de intereses de su partido, terminaría dimitiendo tras serias amenazas golpistas. Las amenazas se hicieron realidad un 23 de febrero, pero el rey contuvo a los militares y continuó el orden constitucional (Qui Prodest). Al año siguiente, en 1982, y por primera vez en la historia de España, el partido socialista que fundara el abuelo de nívea barba y apellido clerical, ganaba las elecciones por mayoría absoluta. Dos jóvenes sevillanos, uno guapo y el otro feo, uno moderado y carismático, el otro agresivo y tenaz, ambos con trajes de pana y cabellos largos, acabaron sentados en el gobierno de España.
Es en el declive del periodo pesoista, cuando el presidente sin complejos, centrista y obrero de dios, logra ganar por los pelos las elecciones y consigue formar gobierno con el apoyo de los nacionalistas catalanes, vascos y canarios; y, tras una legislatura escogidamente moderada, gana en los albores del siglo XXI una mayoría absoluta y un viaje de primera a Estados Unidos…
Pues bien, ya tenemos a nuestros dos presidentes, uno americano y otro europeo, al jefe del capitalismo global y a un adelantadísimo subalterno, dos grandes estadistas a quienes les unen, asimismo, grandes afinidades: los dos son democráticamente derechistas, aunque el español guste llamarse centrista –cosas de España–, los dos son asiduos corredores de footing, bien que uno corre más que otro y ambos tuvieron una intima relación con la botella, aunque el americano logró dejarla y el español jamás se le ocurriría hacerlo.
Pero volvamos a la foto de los zapatos del español sobre la mesa americana. Aquella simbólica postura de completa confianza, de connivencia de objetivos, de plena coincidencia de actitudes y de políticas, muy pronto tendría su corroboración efectiva.
Un luminoso once de septiembre, sobre un azulísimo cielo neoyorquino, dos aviones comerciales se estrellan de lleno, uno minutos después que otro, ante el terrorífico asombro en directo de los televidentes, contra las excelsas torres gemelas, símbolo del poder económico norteamericano; casi a la misma hora, en Washington, otra aeronave comercial parece estrellarse sobre el edificio del Pentágono, símbolo del poderío militar y un cuarto avión, que supuestamente se dirigía a la Casa Blanca, símbolo, a su vez, del poder político, acaba por último estrellándose contra una zona campestre fuera de su objetivo y de cualquier núcleo de población. Este múltiple ataque terrorista, sin lugar a dudas el más grande de toda la historia y no sólo de los Estados Unidos, no es reivindicado por ningún grupo terrorista, pero pronto inculpan a la red terrorista internacional que supuestamente dirige un jeque multimillonario saudí, de picudas barbas y ojos de fuego, que años atrás había estado en nómina de los servicios secretos estadounidenses. (Qui prodest). Un atentado de semejante calibre, resulta inverisímil que haya organizado y dirigido desde una cueva de Afganistán. (Recientes estudios de arquitectos independientes hablan de demolición controlada de las tres torres. La boca del impacto del pentágono coincide con la cabeza de un misil y no de un avión comercial. Muy pronto sabremos la verdad sobre estos atentados que todo indica son de bandera falsa)
En seguida la política más extremista se apodera de la Casa Blanca y del país, la que encarnan secretarios de estado que coleccionan las historias de los imperios antiguos y las causas de sus declives, la que beben de un Best Seller patriótico norteamericano, libro de cabecera del presidente (tal vez el único que se halla leído en años). La guerra denominada “preventiva” ya está en marcha, el modo más directo de acabar con ciertos regímenes hostiles a los intereses del imperio ya está en marcha. El eje del mal ya tiene trazadas sus primeras coordenadas y la impresionante y supermoderna maquinaria bélica (pública y privada) estadounidense ya apunta hacia la primera: Afganistán. La gran justificación del 11- S., no admite objeciones, el resto de las “potencias” del mundo, no pueden proclamar peros y dejan ejecutar.
En cambio, cuando el segundo punto por donde discurre el eje del mal es señalado, cuando en Afganistán (ya sin talibanes) ya se trabaja en el oleoducto que bajará al Índico, y se fuerza la agenda de la ONU para adelantar el tema de Irak, país cuya población sufre un tremendo y larguísimo embargo de más de diez años, cuando esto ocurre, el consejo de seguridad se divide en dos claros bandos. Los EE. UU. y Gran Bretaña encabezan uno acusando sin reservas a Iraq de poseer armas químicas de destrucción masiva y dar cobijo al terrorismo islamista, y proponiendo la legitimación del uso de la fuerza, o sea, el permiso de la ONU para atacar Iraq. A estos países se les suman España, que estrena por primera vez en su historia escaño y voto en el Consejo de Seguridad y Bulgaria, aún no restablecida de su larga pesadilla soviética. En el otro lado estarían Francia y Alemania, y Rusia y China, países que, por distintos motivos e intereses, apuestan por el desarme pacífico de Iraq, por medio de los inspectores de naciones unidas. El resto de países del consejo se muestran dubitativos, en principio e insobornables al cabo.
Las razones de la guerra las van a ir cambiando según les conviene; de las armas químicas de destrucción masiva y el apoyo al terrorismo, pasan a la eliminación del malvado y criminal régimen del bigotudo dictador iraquí, hombre muy fotogénico y de perfumadas axilas, con la gran proclamación del llamativo nombre de la guerra: “libertad iraquí”. Y todo ello para encubrir las causas reales: la ocupación militar y estratégica de esa zona del Oriente Medio y la administración de las segundas reservas petrolíferas más importantes del mundo.
Ni la más subyugante y persuasiva de las Sherezades podría ya evitar la orgía anglosajona de fuego y sangre… conmoción y pavor sobre las cálidas noches bagdadíes.
Es entonces cuando los arrogantes zapatos del presidente español adquieren su verdadero valor simbólico. Aquella estrechísima relación con el americano, acaso ya obedecía a unas nuevas y patentes directrices de política internacional; líneas en las que el gobierno de España, de modo unilateral, quebraría una trayectoria pacifista en política exterior marcada durante los últimos años.
Aquellos altaneros zapatos del 39 encentraron luego su horma en el abrazo (con beso incluido) del norteamericano durante los fines de semana rancheros, en los cuales se le ponía tejano hasta el acento. Y, sobre todo, en esa foto, ya para la historia, en que el español se remueve incómodo del lado del británico, hasta colocarse junto al gobernante del mundo buscando su poderoso flanco y encontrando una palmadita; todos en una isla atlántica, conscientes de su gran derrota diplomática, aislados del sentir clamoroso de la inmensa mayoría de individuos del planeta y anunciando su guerra preventiva, sangrante e insalvable, por encima de toda la humanidad.