
Calcetines de otoño
(El alma del desalmado)
Por Franjamares
Octubre había querido despedirse empapado de lluvias finas y con un recio temporal de poniente. Pero en la víspera de todos los santos amainó la inclemencia dejando una noche de velas y lutos muy agradable, que sólo quedó escarchada por el frío recuerdo de los difuntos más recientes, en las conjuntivas de las mujeres desoladas.
Los pescadores de aquella bahía, con forma de herradura, solían reunirse en la alberca grande, junto al Barranquillo, antes de tomar camino de la cala del Berenguel, donde tenían amarrada la barca. Una dura jornada en la mar les esperaba, una faena que ajaría una pizca más sus cuerpos sin apenas beneficio, a no ser por la breve sensación de libertad que respiraban confundida con la brisa marina. Su modesta embarcación, de vieja catadura fenicia, flotaba ancorada bajo el abrigo natural de una gran peña, que abrigaba la pequeña cala como inmejorable puerto natural.
Fidel había llegado el primero a la alberca, como casi todos los días que había faena, aunque esta vez tenía una insólita sensación de tardanza. Además, la madrugada parecía quieta, como detenida. Escuchó el rumor de un cárabo y miró al cielo buscando indicios de la hora; pero sólo vio la guadaña de la luna clavada en el telón estrellado, que alumbraba los contornos del pueblo con una pizca de luz dorada. Tal vez su despertador biológico se había adelantado. Ese gallo diminuto agazapado en los pliegues de su cerebro, que todas las madrugadas, a la misma hora, le cantaba por dentro abriendo sus ojos. O quizá aún seguía dormido, inmerso en un sueño real que lo había llevado hasta el estanque mucho antes de lo requerido.
Fidel tuvo miedo. Se acordó de una antigua historia que solían repetirle cuando niño, con el propósito de asustarlo, evitando así que saliera a deshoras. Por eso echó a andar como un abanto hacia la única luz que se veía en el pueblo, una perilla de cuarenta vatios que colgaba de una farola en la esquina de la calle Príncipe.
–¡Leñe, qué pasa esta mañana! ¡Pues no me estoy asustando!
La historia decía así: en las noches de últimos de otoño e invierno, cuando los cárabos encendían sus ojos, surgiendo del alveolo de aquel barranco, aparecía una mujer delgada y enjuta vestida con negros hábitos. Una monja que si te miraba con su rostro cadavérico quedabas hechizado al instante, perdiéndote tras ella, para los restos, en el mundo de tinieblas del que salió.
Anduvo unos pasos y se detuvo avergonzado de sí mismo. Cómo podían afectarle aún aquellas patrañas para chaveas. Un hombre que rozaba los cuarenta años no podía tener miedo de una monja de leyenda pueril, y mucho menos en medio de esa madrugada tan calmosa. Aquello no era razonable y regresó al poyo de la alberca revestido de sensatez, para sentarse de nuevo. Pero sus compañeros no asomaban y volvía sentir esa inquietud, que ya era angustia, angustia por encontrarse allí solo, perdido en un extraño lapso, en la albarca mucho antes de la hora. Era la primera vez que le ocurría algo así y no lograba entender por qué se había despertado tan pronto y con esa sensación de apuro.
Entonces ocupó su mente en cosas cotidianas y prácticas, como el nuevo tejado que necesitaba su casa, pues el que tenía era de esparto y hojas de palma ya había perdido su consistencia impermeable y en las primeras lluvias surgieron algunas goteras. Necesitaría unas vigas de madera, aunque fuesen usadas, un cañizo, unas bobedillas… Construiría el nuevo techo y arriba dejaría una pequeña terraza para que la mujer tendiera y para hacer las moragas en verano.
Se imaginaba desmontando la techumbre de su choza, cuando desde el camino del cementerio avistó una lejana silueta descender con parsimonia. Una ráfaga de viento hizo también aparición sacudiendo las zarzas y cañaveras del barranco y las ramas del gran almecino que, como un gigante, se erguía en una de las orillas. Era la figura de un hombre lo que venía por el camino abajo. Fidel pensó que tal vez fuera algún campesino de los cortijos cercanos que se dirigía al pueblo, o quizá un transeúnte que seguía camino camuflado en medio de la noche. Pero las pisadas de aquel tipo no hacían ruido. En el silencio del flojo viento avanzaba sigiloso enfundado en una especie de levita gris.
Fidel sintió entonces miedo de verdad. No el julepe reminiscente de la niñez, sino un pavor interno que empuñó sus entrañas y le produjo un sudor frío. Lágrimas heladas que en un soplo rezumaron por su frente y sus sienes. A unos metros lo observó con precisión. Parecía extranjero. Tenía en rostro cubierto de luengas barbas también grisáceas y sus ojos eran opacos, vacíos de luz, pero visibles como rescoldos encenizados. Fidel perdió hasta el aliento cuando aquel hombre talludo cruzó a su lado rozando sus piernas, sin pronunciar palabra, sin dirigirle la mirada… Entonces descubrió perplejo que no llevaba zapatos. Andaba descalzo y sólo unos calcetines negros, uno de ellos agujereado por el talón, cubrían sus pies blancos.
Aquel sujeto se perdió en las sombras del barranco junto a la haza de cañas de azúcar y Fidel no volvió a verlo. Al momento llegaron dos compañeros que lo encontraron con los pelos erizados, el rostro de espanto y tan blanco como la cal de las paredes.
–He visto a un muerto.
–Qué dices Fidel.
–Un forastero descalzo con cara de difunto.
–Eso te pasa por levantarte tan temprano.
–Qué es verdad, por allí, por la haza chica, se ha perdido.
–Bueno, bueno, tranquilízate. Ven, te llevaré a tu casa. Hoy tendrás tu parte sin venir de faena. Sea lo que sea lo que has visto, era seguro algo gordo.
Fidel no fue a faenar ese día ni al siguiente; cayó en una profunda depresión de la que no parecía reponerse. Su mujer y sus cuatro varones no salían del asombro y de la angustia de ver al cabeza de familia hundido en una ciénaga invisible, que apreciaban en el eclipse de sus retinas alojadas en corneas cada vez más retraídas El médico que vino de Almuñécar tampoco comprendía el motivo de aquel mal, pegado como una sanguijuela a un hombre joven y sano, que día a día iba perdiendo el brillo de la vida.
A los tres meses Fidel amaneció rígido, frío y sin aliento. Había muerto hacía horas y su mujer ni siquiera se había dado cuanta de su agonía. El cansancio de tantas horas en vela había rendido a la desdichada en el momento en que su marido abandonaba este mundo sin motivo alguno. Sólo porque una alborada de noviembre, sin explicárselo, se levantó una hora antes de lo acostumbrado y una sombra descalza que bajaba del cementerio le robó la vida en un instante.
Esa misma tarde fue el entierro. Un hombre alto, con una perilla plateada y los ojos grises, apareció destacando entre el grueso de vecinos. El forastero, que lucía un impecable traje y unos relucientes zapatos, ante la mirada general de sorpresa, les dio el pésame a la viuda y a los hijos. Su contacto les causó escalofríos. Al mayor, que se llamaba Fidel como su padre, lo llevó consigo a un apartado y allí le hizo entrega de un sobre lacrado.
–Es para tu madre –dijo con un acento que al chico le pareció francés.
El joven se guardó la carta, abultada y oscura, y regresó hasta su madre para abrazarla. Entre tanto el forastero se montaba en un lujoso automóvil, un modelo jamás visto en el pueblo, desapareciendo para siempre.
Cuando aquella tarde la mujer de Fidel despegó el sobre, sus ojos se abrieron al máximo extrañados. Un fajo de billetes flamantes de mil pesetas, recién sacados del banco, llenó de verde la mesa camilla de la cocina.
–¿Pero quién era ese hombre, hijo? ¿No te dijo nada? ¿No viste nada?
–Me dijo que el sobre era para ti. Sólo eso. Y bueno, sí que me extrañó algo: cuando lo vi entrar en el coche no llevaba zapatos, solo unos calcetines negros.
Las cien mil pesetas convirtieron a aquella mujer en la viuda mejor situada del pueblo. Construyó una casa nueva a imagen de la que su difunto marido siempre había querido tener, pero más grande todavía, ya que pudo comprar el solar contiguo.
Muchas incógnitas rodearon a aquella familia. Nunca supieron quién o qué cosa fue lo que vio aquella madrugada de noviembre el pobre Fidel; ni por qué se murió consumido después de aquello como si le hubieran robado la vida, el alma… Ni quién era aquel extranjero elegante y frío (desalmado) que de pronto apreció en el entierro haciéndoles entrega sin motivo aparente de aquella fortuna.
Abierta quedó, pues, la rueda de las conjeturas y fantasías. Aunque en aquel pequeño pueblo de la costa, con una bahía muy azul en forma de herradura, nadie se atrevió jamás a hacer comentarios en público sobre aquellos sucesos.
¡Anda quilla!
La Tertulia*







