Los Papalagi, del jefe Samoano, Tuiavii de Tiavea
(o cómo ve la mentalidad occidental un aborigen polinesio)
Quería conocer en persona al hombre del que tanto había escuchado hablar a mi colega y amigo, el antropólogo Erich Scheurmann. El jefe Samoano, Tuiavii de Tiavea, que había empezado ya su misión, sus charlas informativas por distintos poblados e islas del sur de la Polinesia. Un idílico lugar en donde vivía como uno más entre sus hermanos, bebía kava, iba al loto, por la mañana comía plátanos, toras y yams y observaba todos los ritos y costumbres. Sólo existía una diferencia entre Tuiavii y ellos: sus más íntimos amigos sabían lo que estaba hirviendo en el interior de su ser, luchando para llegar a la luz, cuando se tumbaba, soñando, en la estera de su casa, o cuando escribía sus historias sobre los Papalagis y sus costumbres, sobre la amenaza que estos quebrantadores de los cielos podía suponer para su pueblo; esa era su diferencia y el único motivo de sus charlas. Un sistema de valores el de los europeos donde Tuiavii vislumbraba en su falta de amor y unión con El Gran Espíritu, una sed de mal.
Entré sigiloso, tomando asiento en los últimos bancos de la escuela, vi entonces su alto y robusto talle que la luz del sol encendía desde atrás proyectada como una especie de áurea, escuché su voz de niño grande y sus palabras, pronunciadas con amor y vehemencia en el idioma samoano, y me fueron cautivando pues sus ganas de comunicar eludían la barrera de comprensión que aún tenía con esa lengua. Su discurso no tenía desperdicio. Al oír desde fuera, desde su divina inocencia, las falacias y defectos de nuestro sistema de valores, me sentí incomodo, decepcionado, incluso avergonzado. Aquella voz samoana, desnuda y precisa me hizo reflexionar sobre el futuro de nuestra civilización occidental.
“Y los Papalagi inventan cada vez más cosas. Sus manos arden, sus rostros se vuelven cenicientos y sus espaldas están encorvadas, pero todavía revientan de felicidad cuando han triunfado haciendo una cosa nueva. Y, de repente, todo el mundo quiere tener tal cosa; la ponen frente a ellos, la adoran y le cantan elogios en su lenguaje.
“¡Oh, hermanos!, confirmad mis creencias porque he observado al Papalagi y he visto sus intenciones tan claras como si las iluminase el sol del mediodía. Porque él destruye todas las cosas del Gran Espíritu.
“..Donde se congregan todas sus chozas que ellos llaman una ciudad, allí la tierra está tan desnuda como la palma de vuestra mano y ésta es una de las razones por las que a los Papalagi se les han ablandado los sesos y juegan a ser el Gran Espíritu en persona: para no pensar en todas las cosas que han perdido. Porque están despojados y porque su tierra se ha vuelto tan triste que coleccionan cosas como un loco colecciona hojas muertas y llena su cabaña con ellas hasta que todo espacio libre queda ocupado. Ésta es la razón de que nos envidie y espere hacernos tan pobres como él es.
“Es signo de gran pobreza que alguien necesite muchas cosas, porque de ese modo demuestra que carece de las cosas del Gran Espíritu. Los Papalagi son pobres porque persiguen las cosas como locos. Sin cosas no pueden vivir. Cuando han hecho del caparazón de una tortuga un objeto para arreglar su cabello, hacen un pellejo para esa herramienta, y para el pellejo hacen una caja, y para la caja, una caja más grande. Todo lo envuelven en pellejos y cajas. Hay cajas para taparrabos, para telas de arriba y para telas de abajo, para las telas de la colada, para las telas de la boca y otras clases de telas. Cajas para las pieles de las manos y las pieles de los pies, para el metal redondo y el papel tosco, para su comida y para su libro sagrado, para todo lo que podáis imaginar. Cuando una cosa sería suficiente, hacen dos.
“Todos vosotros sabéis, hermanos, que cuento la verdad que he visto con mis propios ojos, sin añadir a mi historia ninguna opinión. Por eso creedme cuando os cuento que hay gente en Europa que presiona un palo de fuego en sus frentes y se matan, porque prefieren no vivir a vivir sin cosas. Los Papalagi turban de todos los modos posibles sus mentes y enloquecen pensando que el hombre no puede vivir sin cosas, como no puede vivir sin comida. … Los que tienen pocas cosas se llaman a sí mismos pobres o infelices. Ningún Papalagi canta o va por la vida con un destello en su mirada cuando su única posesión es un recipiente de comida como hacemos nosotros.
“Cuantas más cosas necesitas, mejor europeo eres. Por esto las manos de los Papalagi nunca están quietas, siempre hacen cosas. Ésta es la razón por la que los rostros de la gente blanca parecen a menudo cansados y tristes y la causa de que pocos de ellos puedan hallar un momento para mirar las cosas del Gran Espíritu o jugar en la plaza del pueblo, componer canciones felices o danzar en la luz de una fiesta y obtener placer de sus cuerpos saludables, como es posible para todos nosotros.
“Los Papalagi adoran el metal redondo y el papel tosco; les da mucho placer poner los zumos del fruto muerto y la carne de los cerdos, bueyes y otros animales horribles dentro de sus estómagos. Pero también sienten pasión por algo que no podéis comprender, pero que a pesar de esto existe: el tiempo. Lo toman muy en serio y cuentan toda clase de tonterías sobre él. Aunque nunca habrá más tiempo entre el amanecer y el ocaso, esto no es suficiente para ellos.
“Los Papalagi nunca están satisfechos con su tiempo y culpan al Gran Espíritu por no darles más. Sí, difaman a Dios y a su gran sabiduría dividiendo cada nuevo día en un complejo patrón, cortándolo en piezas, del mismo modo que nosotros cortamos el interior de un coco con nuestro machete. Cada parte tiene su nombre. Todas ellas son llamadas segundos, minutos u horas. El segundo es más pequeño que el minuto y el minuto más pequeño que la hora. Pero todos ellos ensartados juntos forman una hora. Para hacer una hora, necesitas sesenta minutos y muchos, muchos segundos… Ésta es una historia increíblemente confusa, de la cual yo mismo no he entendido todavía los puntos más sutiles, puesto que es difícil para mí estudiar esta tontería más allá de lo necesario. Pero los Papalagi le atribuyen mucha importancia. Lamentos comunes a la gente blanca son: el tiempo se desvanece como el humo, el tiempo corre y dame sólo un poco más de tiempo.
“He dicho que probablemente es alguna clase de enfermedad; porque cuando el hombre blanco siente deseos de hacer algo, cuando por ejemplo su corazón desea ir caminando por el sol, navegar en un bote por el río o hacer el amor a su amiga, usualmente se priva de su propia dicha al ser incapaz de encontrarlo. Mencionará miles de cosas que se llevan su tiempo. Malhumorado y farfullando soporta un trabajo que no siente ganas de realizar, que no le da ningún placer y al que nadie más que él mismo le obliga. Y cuando, repentinamente, descubre que en verdad tiene tiempo o cuando otros se lo dan -los Papalagi se dan a menudo unos a otros tiempo y ningún regalo es más preciado que ése-, entonces descubre que no sabe qué hacer durante ese tiempo en particular, o que está demasiado cansado de su trabajo, sin alegría. Y siempre está determinado a hacer esas cosas mañana, porque hoy no tiene tiempo.
“Los Papalagi tienen una manera extrañamente confusa de pensar. Siempre se están devanando los sesos, para sacar mayores provechos y bienes de las cosas, y su consideración no es por humanidad, sino sólo por el interés de una simple persona, y esa persona son ellos mismos.
En nuestro idioma «lau» significa «mío», pero también significa «tuyo». Es casi la misma cosa. Pero en el idioma de los Papalagi es difícil encontrar dos palabras que difieran tanto en significado como «mío» y «tuyo». Mío, significa que algo me pertenece por entero a mí. Tuyo, significa que algo pertenece por entero a otro. Es la razón por la que el Papalagi llama a todo lo que está cerca de su casa «mío». Nadie tiene derecho a ello más que él. Cuando visitas a un Papalagi y ves algo allí, un árbol o una fruta, madera, agua o un montón de basura, siempre hay alguien alrededor para decir: «Es mío y que no te coja tomando algo de mi propiedad». Incluso si tocas algo empezará a berrear y te llamará ladrón. Ésta es la peor maldición que conoce. Y solamente porque te has atrevido a tocar el «suyo» de otro hombre. Su amigo y los criados del jefe vendrán corriendo, te pondrán cadenas, te echarán a la más sombría pfui-pfui y la gente te despreciará durante el resto de tu vida.
“Los Papalagi tienen necesidad de leyes que guarden su mío, porque de otro modo, la gente con poco o nada de mío, se las quitaría. Porque si hay gente que pide mucho para sí misma, hay muchos otros abandonados que permanecen de pie con las manos vacías. No todo el mundo conoce las tretas y señales escondidas con las que se puede acumular mucho mío, y también se necesita una especie de valor, que tiene poco o nada que ver con lo que nosotros llamamos respeto y puede que aquellos Papalagi que están con las manos vacías, porque no querían robar o insultar a Dios, sean los mejores de su tribu. Pero no existen muchos Papalagi como esos.
“La mayoría de ellos roban a Dios sin un ápice de vergüenza siquiera. No conocen nada mejor. No se dan cuenta de nada-mal-hecho; todo el mundo lo hace y nadie ve nada extraño o se siente mal por ello. Muchos también reciben su montón de mío por nacimiento, de sus padres.
“Los Papalagi tienen el talento de cambiarlo todo en su lanza o en su garrote. Toman el relámpago salvaje, el fuego ardiente y las aguas rápidas, y los hacen someterse a su voluntad. Los encierran y les dan órdenes. Y éstos les obedecen. Se convierten en fuertes guerreros para ellos. Los Papalagi son capaces de hacer al salvaje relámpago más rápido aún y más luminoso, al ardiente fuego aún más radiante y al agua aún más rápida de lo que ya era. Realmente los Papalagi parecen ser los «quebrantadores de los cielos», los mensajeros de los Dioses, a causa de su dominio sobre la tierra y el cielo.
“El Papalagi es como un pez, un pájaro, un gusano y un caballo al mismo tiempo. Perfora la tierra y a través del suelo cava túneles bajo los más anchos arroyos de agua fresca. Repta por las montañas y rocas, ata cuerdas de hierro a sus pies y corre veloz, más rápido que el más rápido caballo. Se mueve en el aire, ¡puede volar! Le he visto deslizarse a través del aire como una gaviota de mar. Tiene una gran canoa para encima del agua y otra también para debajo. Hace surcar su canoa de nube en nube.
“Todas las cosas de las que he sido testigo y que os estoy contando ahora, son sólo una pequeña parte de las que mis ojos han observado. Y dejadme deciros que los blancos se enorgullecen de trabajar todo el tiempo en milagros más suaves y poderosos, y gran número de ellos permanecen en pie toda la noche para encontrar más formas de burlar a Dios. Porque resulta que quieren vencer al Gran Espíritu y tomar posesión de sus poderes ellos mismos. Los Papalagi retan a Dios. Pero Dios es todavía más fuerte que los Papalagi, incluida su máquina más experta, y es todavía Dios el que decide quién muere y cuándo. El sol, el agua y el fuego obedecen aún primero a Dios. Y el hombre blanco no ha conseguido todavía regular la salida de la luna o la dirección del viento.
“Ésta es la razón por la que esos milagros no son tan importantes. Y, mis amados hermanos, a aquellos habitantes de la isla que permiten ser deslumbrados por los milagros del hombre blanco, a aquéllos que rezan a los blancos a causa de sus acciones y a aquéllos que se llaman a sí mismos pobres e indignos porque sus mentes y sus manos no son capaces de hacer cosas como las suyas, a todos ésos yo les llamo débiles. Las artes y magias de los Papalagi pueden provocar mucha admiración ante nuestros ojos, pero cuando las ves a la luz brillante del día, no significan mucho más que tejer una estera o hacer un garrote; todo nuestro trabajo es como el juego de los niños en la arena. Porque nada de lo que el hombre blanco ha hecho puede hallar comparación con el trabajo del Gran Espíritu.
“Los «muchos papeles» también llevan al Papalagi a un trance extraño ¿Qué quiero decir con eso de los «muchos papeles»? Tratad de imaginar una estera de «tapa», delgada, blanca y doblada, partida por la mitad y doblada de nuevo, estrechamente cubierta de escritura por todas partes, muy firmemente; así es como se ven los «muchos papeles». El Papalagi los llama periódicos.
“En el interior de todos esos papeles, la sabiduría del Papalagi está escondida. Cada mañana y cada noche tiene que hundir su cabeza en ellos para rellenarla, para satisfacerla y asegurarse de que haya mucho en su interior y así pensar correctamente, del mismo modo que un caballo correrá mejor cuando lo alimentes con muchos plátanos y su cuerpo esté bien repleto. Cuando los alii están todavía dormidos en sus esteras, multitud de mensajeros están ya atravesando la tierra para distribuir los «muchos papeles». Es la primera cosa que él coge cuando se ha desprendido del sueño. Sumerge los ojos en las cosas contadas por los «muchos papeles» y lee. Todos los Papalagi hacen eso, todos ellos leen… Leen lo que los grandes jefes y oradores de Europa han dicho durante sus fonos. Todo esto está cuidadosamente anotado en esteras, incluso cuando es una tontería. Los taparrabos que llevan son también descritos, incluso la comida ingerida por los alii; los nombres de sus caballos y si tienen pensamientos débiles o elefantiásicos.
“Cuando hablas a un europeo sobre el Dios del Amor, sonríe y pone cara divertida. Sonríe por tu estupidez. Pero tan pronto como le muestres una pieza de metal redondo y brillante o una hoja de papel tosco, entonces sus ojos se iluminan y la saliva empieza a babear por sus labios. Dinero es su único amor, el dinero es su Dios. Esto es en lo que todos los blancos piensan, incluso cuando duermen. Hay algunos cuyas manos se han vuelto retorcidas y han tomado la apariencia de las patas de una termita, como resultado del continuo esfuerzo por obtener el metal y el papel. A otros se les han vuelto ciegos sus ojos de tanto contar el dinero. Existen aquéllos que han dado su alegría a cambio de dinero, su risa, su honor, su alma, su felicidad; sí, incluso su esposa y niños. Casi todos ellos han dado su salud por dinero.
“Tal como he dicho, los Papalagi nos han traído la luz que se ha asentado en nuestros corazones ardientes y ha llenado nuestros sentidos de felicidad y gratitud.
“Ellos recibieron la luz más pronto que nosotros. Los Papalagi conocían la luz incluso antes de que el más viejo entre nosotros hubiese nacido. Pero el Papalagi únicamente sostiene la luz en sus manos extendidas para dejarla brillar sobre otros; pero él mismo, su cuerpo, está todavía en la oscuridad, y su corazón está lejos de Dios. Aun cuando él nombra a Dios con su boca, cuando la luz que lleva esté en sus manos. Nada es más difícil y llena mi cabeza de mayor pesar que tener que deciros esto. Pero no podemos ni queremos ser cegados por los Papalagi; de otro modo nos arrastrarán a su oscuridad. Ellos nos trajeron la palabra de Dios, pero fallaron al entender sus mensajes y enseñanzas. Con sus manos y bocas lo hicieron, pero no con sus cuerpos. La luz no les ha penetrado a pesar de brillar por fuera e iluminar todo a su alrededor. Una luz que algunas veces es llamada «amor».
“El blanco se llama a sí mismo cristiano. Una palabra como una bella melodía. Un cristiano. ¡Oh, si pudiéramos llamarnos eso siempre! Ser cristiano significa amar a Dios y a tu hermano, y solamente entonces amarte a ti mismo. Amar, hacer lo que es correcto, debe ser parte de nosotros como nuestra sangre, nuestra cabeza o nuestras manos. Los Papalagi llevan las palabras «Dios», «amor» y «cristiandad» solamente en sus labios. Las ponen sobre sus lenguas y las dejan retumbar. Pero sus corazones y su amor no se inclinan ante Dios, sino ante objetos y ante las máquinas. No están llenos de luz, sino de un deseo glotón por el tiempo y por la insensatez de sus profesiones. Están diez veces más ansiosos por visitar los locales de pseudovida que por emprender la búsqueda de Dios, que está lejos, muy lejos.
“Queridos hermanos, justamente ahora el Papalagi tiene aún más ídolos que nosotros teníamos, si entendemos por ídolo algo que adoras además de a Dios y que llevas en tu corazón como tu más preciada posesión. Dios no es el bien más precioso que el Papalagi lleva en su corazón. Por esto no obedece sus deseos, pero sí aquellos de un aitu. Os digo esto como resultado de mis pensamientos: los Papalagi nos han traído las escrituras como una especie de objeto de trueque, para cambiarlas por fruta y por las mejores y más bellas partes de la isla. Creo que son muy capaces de eso, pues he descubierto muchos sucios pecados en los corazones de los Papalagi y sé que Dios nos ama más de lo que les ama a ellos, que nos llaman salvajes, palabra que trata de evocar imágenes de animales con colmillos, carentes de toda alma.
“Pero Dios tomó sus ojos y los abrió desgarrándolos para hacerles ver. Dios dijo a los Papalagi: no podéis vivir de cualquier modo que queráis. A vosotros ya no os haré más mandamientos. Entonces el hombre blanco vino y se mostró en su verdadera forma. ¡Oh, desgracia! ¡Oh, terror! Con voces rugientes y palabras orgullosas nos quitaron nuestras armas y, como Dios, dijeron «amaos los unos a los otros» ¿Y ahora? ¿Habéis oído las terribles noticias? ¿Esas noticias blasfemas, amargas y sin amor? ¡Europa está ocupada asesinándose! Los Papalagi se han puesto frenéticos. Uno está matando a otro. Todo se está destruyendo en sangre, miedo y terror. Al fin los Papalagi han admitido que Dios no está con ellos. La luz que llevaba en sus manos se ha ido, la oscuridad está en su camino, nada se oye salvo el aterrador batir de las alas del murciélago y el ulular de los búhos.
“Hermanos, mi amor por Dios y por todos vosotros me posee; por esa razón Dios me dio mi pequeña voz, para contaros todas estas cosas que os he dicho. De modo que permaneceremos firmes en nuestro interior y no seremos seducidos por la lengua fluida y rápida de los Papalagi.
“Cuando vuelvan, mantengamos nuestros brazos frente a nuestros ojos y gritémosles que silencien sus voces estrepitosas, porque a nosotros sus voces nos suenan como el rugir del oleaje y el silbar de las palmeras, pero a nada más. Y mientras no tengan rostros fuertes y felices, y desde sus brillantes ojos la imagen de Dios no irradie como el sol, dejémosles permanecer lejos.
“Dejémonos de promesas y gritémosles: «Permaneced lejos de nosotros con vuestros hábitos y vuestros vicios, con vuestra loca precipitación por la riqueza que traba las manos y la cabeza, vuestra pasión por llegar a ser mejores que vuestros hermanos, vuestras muchas empresas sin sentido, vuestros curiosos pensamientos y el conocimiento que no conduce a nada, y otras tonterías que dificultan vuestro sueño en la estera. Nosotros no tenemos necesidad de todo eso: somos felices con los placeres agradables y nobles que Dios nos ha dado para no ser cegados por su luz y que pueda ayudarnos para que no nos perdamos, y brille siempre en nuestro camino de tal modo que podamos seguir su senda y absorber su maravillosa luz, que significa amarse los unos a los otros y llevar mucha fafola en nuestros corazones».”