Archive for Septiembre, 2009

27
Sep

Cómo limpiar nuestro organismo (Alimentación sana = Salud)

   Posted by: franjamares    in General

Cómo limpiar nuestro organismo

(Alimentación sana = Salud)

La depuración del cuerpo es importante para eliminar las toxinas que en la mayoría de los casos alteran nuestra Salud. Muchas de estas toxinas son acumuladas durante años en nuestro organismo y terminan por originar una serie de enfermedades.

Desequilibrios orgánicos: causa y efecto

Lo que habitualmente llamamos enfermedad, es solo un síntoma del estado de desequilibrio al cual hemos llevado a nuestro organismo. En sí mismo, el cuerpo humano tiene gran cantidad de mecanismos para resolver problemas al que puede verse expuesto: excesos, carencias, toxicidad, etc. Pero el moderno estilo de vida se las ha ingeniado para colapsar esa capacidad y malograr nuestra facultad natural de adaptación a los inconvenientes.

Comprender esto, representa el cincuenta por ciento de la solución de nuestros actuales problemas de salud. Y ese es el objetivo de este artículo: que el lector entienda cómo él mismo ha generado tal situación de desequilibrio y -sobre todo- de qué manera puede remediar su problema en la medida en que retorne a  unos hábitos saludables que nunca debió abandonar.

En esto no hay misterios, ni tampoco soluciones mágicas. Los errores se generan principalmente por ignorancia. En la medida que sepamos como opera la inmensa inteligencia corporal y comprendamos sus mecanismos, veremos que es muy sencillo jugar a favor (y no en contra) de nuestra propia naturaleza humana. También entenderemos que no habrá medicamento alguno que pueda remediar nuestros problemas, mientras no dejemos de boicotear nuestro organismo con hábitos que van en contra de las leyes naturales.

La intoxicación cotidiana

Inicialmente debemos comprender de qué modo funciona el mecanismo de la intoxicación cotidiana. Si diariamente incorporamos más tóxicos que los que podemos evacuar, no necesitamos ser científicos para entender que la acumulación de venenos acabará por generar un colapso. Esa es la génesis de la mal llamada enfermedad: desde un eccema hasta un cáncer, todo responde al mismo mecanismo de generación. Solo difiere el grado de toxemia y el órgano por donde el organismo expresa su claudicación.

En esta lógica de funcionamiento corporal, es muy importante el rol que cumple la correcta nutrición, pero de poco servirá una alimentación equilibrada en un contexto de colapso orgánico. Veremos luego que hasta el mejor de los nutrientes puede no ser aprovechado como consecuencia de estar atrofiados los mecanismos de la química corporal por el colapso tóxico.

Síntomas como cansancio, insomnio, cefalea, manchas en la cara y el cuerpo, hormigueos, etc., pueden ser manifestaciones de intoxicación reciente o acumulada.

Existen dos tipos de toxinas:

- Toxinas Exógenas

Son las de origen externo, ingresan al organismo a través de:

La respiración (gases de las fábricas y vehículos, humo de las chimeneas, de los cigarrillos, etc.), la piel y mucosas (pinturas, insecticidas, etc.), la vía digestiva (fármacos, alcohol, colorantes artificiales, carnes rojas en exceso, grasas, conservantes, fármacos, entre otros…)

- Toxinas Endógenas

Son sustancias elaboradas en nuestro organismo. Pueden estar relacionadas con algunas enfermedades infecciosas como la fiebre tifoidea, hepatitis, diabetes mellitus, entre otras. El estrés y la ansiedad generan también toxinas que de alguna forma son dañinas para la salud.

Nuestro derecho a un óptimo estado de salud, es decir: emprender la tarea de depuración orgánica, se potenciará de manera notable con el freno radical al ingreso de nuevas toxinas y el aporte de los nutrientes esenciales que faltan. Trabajar separadamente cada aspecto, conspira contra una rápida recuperación de la salud.

La renovación permanente

Está fuera de toda discusión el hecho biológico de la constante renovación orgánica de nuestro cuerpo. Diariamente estamos produciendo millones de nuevas células que reemplazan a las más viejas. Recientes estudios demuestran que incluso hasta las células cerebrales -consideradas hasta hace poco, elementos perpetuos del organismo- se renuevan periódicamente.

Aunque la gente piense que su cuerpo es una estructura estática que envejece, el organismo está en estado de renovación permanente: a medida que se descartan células viejas, se generan otras nuevas para reemplazarlas. Cada clase de tejido tiene su tiempo de renovación, que depende del trabajo desempeñado por sus células. Las células que recubren el estómago, duran sólo cinco días. Las células de los glóbulos rojos, después de viajar casi 1.500 kilómetros a través del “laberinto” circulatorio, sólo duran alrededor de 120 días antes de ser enviadas al “cementerio” del bazo.

La epidermis -capa mas superficial de la piel- se recicla cada dos semanas. El hígado, el desintoxicante de todo lo que ingerimos, tiene un tiempo de renovación total calculado entre 300 y 500 días. Otros tejidos tienen un tiempo de vida que se mide en años y no en días, pero están lejos de ser perpetuos. Hasta los huesos se renuevan constantemente: todo el esqueleto humano se reemplaza cada diez años en los adultos. Jonas Frisen, biólogo celular del Instituto Karolinska de Estocolmo, ha demostrado que la edad promedio de todas las células del organismo de un adulto puede ser tan sólo de entre siete y diez años. Esto ya lo sabían los intuitivos maestros orientales, pues en los antiguos textos hablaban de un período de siete años para la completa renovación del organismo.

Al principio de cualquier proceso de depuración y desintoxicación pueden experimentarse algunos síntomas, a medida de que toxinas e impurezas son eliminadas del organismo. Entre estos síntomas se incluye un aumento en evacuaciones, así como en la frecuencia de la micción, inflamación en glándulas (de transpiración), manchas cutáneas, síntomas similares a los de la gripe (escalofríos, fiebre, secreciones nasales), o ligeros dolores de cabeza. Aunque estos síntomas pudieran resultar molestos, representan señales positivas de que el organismo ha comenzado a depurarse y desintoxicarse.

La fase depurativa tiene gran importancia en el tratamiento terapéutico, ya que como su objetivo es desintoxicar el organismo y regular alguna de sus funciones, ésta prepara al organismo para aprovechar mejor los beneficios de las plantas, y optimizar su acción terapéutica.

Ahora bien, la pregunta del millón es: ¿por qué tenemos órganos defectuosos cuando periódicamente los estamos renovando? ¿Por qué una persona “sufre” del hígado, si sus células viven solo seis semanas y en el arco de un año las habrá renovado por completo? Para encontrar respuestas, debemos por fuerza perder algo de tiempo y comprender cómo funciona esta unidad orgánica que es la célula. En realidad no es “perder tiempo”, sino invertirlo en conocimientos básicos que nos harán más sanos y menos dependientes de curaciones externas. En la correcta renovación celular encontraremos la clave para recuperar la salud, tarea que sólo nosotros podemos llevar a cabo.

La unidad vital

Así como una colmena se compone de miles de abejas, nuestro organismo se compone de billones de células. Todo se reduce a grupos de células: sangre, huesos, órganos. Si pudiésemos disponer todas las células de un cuerpo humano sobre un plano, veríamos que estamos compuestos por unas 200 hectáreas (la superficie de 200 manzanas de una ciudad) de tejidos celulares. Todo el organismo no es más que un reflejo directo de la eficiencia funcional de estas microscópicas unidades vitales.

Cada célula, independientemente de la función que cumpla en el organismo, tiene similares mecanismos de acción: se reproduce, se nutre, se desintoxica y desarrolla una tarea específica. Esto nos permite entender que, además de la información presente en su material genético, la célula depende de dos factores externos que condicionarán su funcionamiento: la calidad de nutrientes que reciba y la calidad del medio en el cual deba desarrollar su tarea.

Comprendiendo que el organismo humano se origina a partir de un par de células, es sencillo darse cuenta de que la calidad del organismo dependerá directamente de la calidad celular; ésta a su vez dependerá de la calidad de nutrientes que tenga a disposición y la calidad del medio en que se mueva. Si bien el primer factor tiene mucho que ver con la nutrición de la persona, ambas variables están condicionadas por el grado de intoxicación del organismo.

Los cincuenta mil millones de células que componen un cuerpo humano, se mueven en un verdadero “mar interior”. El 70% de nuestro cuerpo es agua; fundamentalmente sangre, linfa y líquido intracelular. Antiguamente se los llamaba “humores” corporales; hoy se habla de “terreno”. Dado que la mayoría de las células (tejidos) no pueden desplazarse o lo hacen localmente, la calidad de dicho terreno es fundamental para asegurar, tanto la correcta nutrición como la eficiente evacuación de los desechos que las células generan.

Cien mil kilómetros de capilares sirven para irrigar aquellas doscientas hectáreas de tejidos celulares. Pese a disponer de pocos litros de fluidos, el cuerpo esta preparado para cumplir esta delicada función gracias a tres variables: la velocidad de circulación, la irrigación diferenciada y la calidad de estos fluidos. La sangre fluye a gran velocidad por la red de capilares, tardando solo un minuto en dar una vuelta completa al cuerpo. Por su parte, no toda la red de capilares esta llena al mismo tiempo; sólo las partes más activas disponen de abundante irrigación: los músculos cuando trabajamos, el cerebro cuando pensamos, el estómago cuando digerimos, etc. Aquí comprendemos rápidamente dos cosas muy útiles: la importancia de la calidad del sistema circulatorio y lo contraproducente que resulta hacer varias cosas al mismo tiempo.

Dado que un pequeño volumen de fluidos corporales debe atender las necesidades de tanta cantidad de tejido celular, no basta con un eficiente sistema circulatorio y un sistema de irrigación diferenciada. Aquí aparece el tercer factor necesario para la correcta función celular: la limpieza de los fluidos. Por lo tanto, uno de los principales objetivos del organismo, será mantener la pureza de los líquidos internos. Estos fluidos, como si fueran una red cloacal, reciben los desechos generados por billones de células; además, millones de células muertas son volcadas cada día a la sangre y la linfa. A todo esto se suman la multiplicidad de venenos y sustancias tóxicas que ingresan al cuerpo por medio de las vías respiratoria, digestiva y cutánea.

Los órganos depurativos

Para hacer frente a semejante tarea, el cuerpo dispone de varios órganos especializados en esta función y que luego analizaremos en detalle: intestinos, hígado, riñones, piel, pulmones, bazo, etc… Son los llamados emuntorios. Cuando todos trabajan en modo normal y el volumen de desechos no supera la capacidad de procesamiento, el “terreno” se mantiene limpio y las células pueden funcionar correctamente. Esto significa que estamos en presencia de un organismo eficiente y, por ende, de una persona saludable, ágil y vital.

Pero si los desechos superan la capacidad de los emuntorios y éstos comienzan a funcionar deficientemente, entonces el “terreno” comenzará a cargarse progresivamente de toxinas y el funcionamiento orgánico se irá degradando paulatinamente. La sangre se pondrá densa y circulará más lentamente por los capilares. Los desechos que transporta la sangre, penetrarán en la linfa y en los sueros intracelulares. Cuanto más tiempo dura esta situación, más se ensucian los fluidos. Llega un momento en que las células están sumergidas en una verdadera ciénaga que paraliza los intercambios. El oxígeno y los nutrientes no pueden llegan a las células y éstas experimentan graves carencias.

Por su parte, los residuos metabólicos que evacuan las células, al no circular, aumentan aún más el grado de contaminación de los fluidos. Los desechos comienzan a depositarse en las paredes de los vasos sanguíneos, reducen su diámetro y esto disminuye aún más la velocidad de circulación e irrigación. La acumulación de toxinas tapona los emuntorios, congestiona otros órganos y bloquea las articulaciones. Los tejidos se irritan, se inflaman y pierden flexibilidad (se esclerotizan).

En este contexto, las células no pueden realizar su tarea específica y tampoco los órganos por ellas compuestos. Estamos en presencia de una persona enferma, desvitalizada y anquilosada. El tipo de enfermedad dependerá simplemente de cuales órganos se encuentren mas afectados y en que grado. El espectro puede ir de una bronquitis crónica a un cáncer.

Esto nos permite entender, ante todo, el valor relativo de los modernos diagnósticos que sugieren la focalización del problema en una parte pequeña de nuestro organismo. Nunca puede estar mal una parte y bien el resto. Esa parte defectuosa es sólo la expresión más aguda del estado general del organismo. Por ello vemos también la inutilidad de luchar contra un síntoma. Sí, es correcto aliviar el sufrimiento puntual, pero sin olvidarnos que debemos operar sobre todo el contexto corporal. Estos procesos degenerativos no se producen de la noche a la mañana, ni son la consecuencia de un exceso único: requieren años de acumulación.

Una anécdota familiar -que pesé a mi niñez, quedó grabada a fuego en la memoria- sirve para ejemplificar cuan a menudo la ciencia tradicional pierde la visión de conjunto, al focalizarse en las partes del organismo. Un tío estaba internado desde hacía varios días y su estado no hacía más que empeorar, pese a que estaba en mano de equipo de renombrados médicos que intentaban distintas terapéuticas farmacológicas. Como su estado se hacía cada vez más grave, vino a verlo desde lejos su madre. Esta anciana norteña, mi bisabuela, tenía mucha sabiduría intuitiva y unos ojos vivaces. Apenas entró al cuarto del enfermo, mis tías, con la ayuda del médico presente, le pasaron las novedades, poniéndole de relieve la impotencia pese a los infructuosos y costosos intentos realizados.

En medio de tanta terminología médica y palabras difíciles, mi bisabuela preguntó con su característico acento guaraní: ¿Cuánto hace que no va de cuerpo este muchacho? El silencio fue sepulcral. Dilatadas miradas se cruzaban en el aire y nadie tenía respuesta. Hacía una semana que el tío no movía los intestinos… ¡y nadie había reparado en ello! Demás está decir que tras una voluminosa enema, comenzó el rápido proceso de recuperación del tío, quién fue dado de alta días después.

El terreno lo es todo

En el lecho de muerte, Louis Pasteur -demonizador de los virus- intentó enmendar su error, al afirmar: “El virus no es nada, el terreno lo es todo”. Pero su declaración póstuma pasó y pasa inadvertida. Como pasa inadvertida la afirmación básica de la medicina natural: “La causa profunda de todas las enfermedades es la suciedad del terreno producida por la acumulación de desechos”.

Como hemos visto, los desechos orgánicos no se depositan en un solo lugar, sino que circulan por todo el cuerpo. El organismo todo sufre la sobrecarga, pero como cada persona tiene su punto débil, es allí donde aparecerá la crisis visible y dolorosa. Lamentablemente, terapeuta y paciente por lo general olvidan esta realidad, enfocándose en los síntomas y olvidando las causas primarias.

El moderno concepto de diagnóstico sirve sólo para rotular el barómetro de una caldera a punto de explotar por exceso de presión. Es inútil ocuparse del barómetro. Por sentido común, debemos disminuir la presión de la caldera. Aliviada la presión, el barómetro, por sí mismo dejará de indicar el estado de emergencia.

Llevando la analogía a nuestro automóvil -mecanismo sencillo de comprender y al cual generalmente le brindamos mejores atenciones que a nuestro organismo, tal vez porque aquel nos costó esfuerzo y éste fue un regalo de la existencia- es como si viajando en ruta, se nos enciende la luz roja de presión de aceite. ¿Qué hacemos? El sentido común diría, detenernos de inmediato e investigar la causa que originó el problema: falta de lubricante, problema de la bomba de aceite, rotura del carter, etc. Resuelto el inconveniente, arrancamos el motor y vemos que la luz roja se apaga por sí sola.

En cambio ¿qué hacemos cuando algo similar sucede en nuestro organismo? Por lo general, desenchufamos el bulbo de la luz roja. O sea, buscamos una “pastillita mágica” que apague el indicador de alarma: algo que baje la presión, el colesterol, la glucosa o cualquier otro parámetro fuera de norma, sin preocuparnos de revisar la causa que activó la alarma. Si obramos así en el automóvil, ¿qué sucederá? Inicialmente seguiremos como si nada, confiados por no ver más la luz roja. Pero unos kilómetros después sobrevendrá el desastre: el motor claudicará. Esto es inexorable en la mecánica vehicular… y también lo es en la lógica del funcionamiento corporal.

Esto es sencillo de corroborar en la experiencia práctica. ¿Cómo es que un simple drenaje de toxinas pueda provocar la remisión de distintos síntomas en una persona, por diferentes que éstos sean? La concepción de la enfermedad como resultado de la sobrecarga tóxica, no se opone a la concepción microbiana, donde todo parece ser consecuencia de la acción de virus y bacterias. Pero es lícito preguntarse: si los microbios son tan letales, ¿cómo es que ciertas personas sucumben ante ellos y otras tienen reacción nula? Los microbios no son más que huéspedes de un terreno sobrecargado. Podrá argumentarse que todo depende de la fortaleza del sistema inmunológico en cada persona, pero como veremos luego, la eficiencia de nuestro sistema defensivo, como todo órgano integrante del cuerpo, es consecuencia directa del estado de limpieza de nuestros fluidos internos. O sea: el terreno lo es todo.

Fuente: Alimentación Sana

20
Sep

LOS ÁRABES JAMÁS INVADIERON ESPAÑA

   Posted by: franjamares    in General

LOS ÁRABES JAMÁS INVADIERON ESPAÑA

Algunos historiadores cuestionan la versión oficial según la cual el Islam se implantó violentamente en la península, después de una invasión árabe, en el año 711. Argumentan que el Islam ni se impuso ni era ajeno a los hispanos, que lo abrazaron libre y mayoritariamente. En su opinión, la imposición musulmana no fue tal. Se trató de un “invento” promovido por la Iglesia con objeto de encubrir su derrota ante los cristianos unitarios, seguidores del arrianismo que predicó Prisciliano.

¿Ocurrió la historia tal y como nos la han contado? ¿Es posible que, en el siglo VIII de nuestra era, un ejército musulmán cruzara el estrecho de Gibraltar, derrotara a las tropas visigodas y avanzara victorioso hasta el punto de llegar a someter a casi todo el territorio peninsular? ¿Un puñado de bereberes pudo someter a 20 millones de hispanos durante varios siglos? En contra de esta hipótesis tenemos el hecho de que los documentos de la época no contienen referencias a aquella terrible invasión que, de ser cierta, habría supuesto para los peninsulares todos los males inimaginables. Las primeras noticias no aparecen hasta las crónicas latinas y musulmanas del siglo IX, a seis generaciones (150 años) de los hechos que se relatan, cuando el Islam estaba ya firmemente arraigado en la península.

Algunos investigadores, tras comprobar que los musulmanes atribuían a sus correligionarios victorias imposibles y que los cristianos omitían consignar cualquier aspecto de lo que estaba sucediendo en su suelo, concluyen que el mito ha pervivido, contra toda lógica, porque ha interesado mantenerlo. Entre los musulmanes, porque les proporcionaba una pátina de gloria; entre los cristianos ortodoxos, porque encubría ante su propio pueblo lo que en realidad fue un fracaso social y religioso.

La guerra civil que estalló en la Península Ibérica a principios del siglo VIII , explicada como conflicto político y disfrazada más tarde como invasión de potencia extranjera, tuvo su auténtico origen en unos hechos que se remontan a cuatro siglos antes, al enfrentamiento producido entre dos corrientes cristianas: los unitarios o arrianos, que negaban que el Hijo fuera igual al Padre –según premisa, Jesús no era Dios – y los trinitarios, adheridos al dogma predicado por san Pablo, que mantenían que hay tres personas distintas –Padre, Hijo y Espíritu Santo- en un solo Dios verdadero.

Por tanto, para aproximarnos a la verdad de los que sucedió realmente en el año 711, cuando un contingente de guerreros del norte de África, entre los que predominaban los bereberes, cruza el estrecho de Gibraltar, derrota a las tropas visigodas lideradas por Don Rodrigo y se establecen en la Península Ibérica, tendremos que remontarnos al siglo IV.

En el año 325, el emperador Constantino acababa de convocar un concilio en Nicea para zanjar las disputas teológicas que estaban perjudicando al imperio. Fue una fecha crucial, porque el dogma de la Trinidad se impuso y se incluyó en la religión oficial, mientras que se reafirmaba la excomunión del obispo alejandrino Arrio, que murió en el 336, el día anterior al fijado por el emperador para obligarle a reconciliarse con la Iglesia. Un siglo después, su mensaje obtuvo un eco imprevisible.

Prisciliano

EL MARTIRIO DE PRISCILIANO

Las ideas que Arrio había predicado en Oriente fueron propagadas por Prisciliano en la Península Ibérica y en el sur de la Galia. Este controvertido personaje nació en el seno de una familia senatorial en el 340 –se cree que en Galicia- y comenzó su predicación hacia el 370. Era un hombre culto, ascético, vegetariano y que no hacía distinción entre los hombres y mujeres en cuestión de nombramientos relacionados con el culto, unos principios que retomarán siglos después los cátaros.

Los libros de Arrio fueron quemados y apenas quedan obras de Prisciliano. De los signos externos y sacramentos del arrianismo sólo se sabe, por referencias de sus enemigos, el empleo de alguna forma de tonsura y que el bautismo se realizaba mediante tres inmersiones, quizá en correspondencia con la trilogía “cuerpo, alma y espíritu” o “cuerpo físico, astral y mental”. Prisciliano tuvo que soportar durante toda su vida pública el acoso teológico y personal de los obispos trinitarios, temerosos de su creciente influencia entre el clero y la población. El último acto de esta historia tuvo lugar en el año 385 en la ciudad de Tréveris, donde el emperador Máximo le hizo acudir para que se defendiera de la acusación de hechicería lanzada por sus adversarios. Hubo un juicio, viciado por intereses clericales e imperiales, y una condena: a Prisciliano le cortaron la cabeza. Fue el primer hereje que sufrió pena de muerte. Curiosamente, el propio emperador Máximo fue ejecutado tres años después por orden de Teodosio.

Unamuno sugiere que quien está enterrado en Compostela no es el Apóstol Santiago, sino Prisciliano, lo cual daría idea de la extensión e importancia que alcanzaron sus doctrinas. Lo cierto es que su ejecución afianzaría el arrianismo en el país. Por otra parte, hacia el año 460 tomó el poder en la península el monarca godo Eurico, quien se convirtió a la fe arriana y truncó así las ambiciones de los que no habían dudado en matar a Prisciliano con tal de acabar con sus ideas.

LA ABJURACIÓN DE RECAREDO

En el año 587, el rey godo Recaredo se alió con los trinitarios por conveniencias políticas y, en nombre propio y en el de todo su pueblo, abjuró del arrianismo que habían practicado los anteriores monarcas godos. Se prohibió el culto arriano y se iniciaron brutales persecuciones contra sus seguidores y también contra los judíos, quienes hasta entonces habían practicado su religión libremente. Los arrianos de la península y del sur de Francia se sublevaron y tuvieron que soportar durante el siglo siguiente robos, violaciones, asesinatos y reducción a la esclavitud, perpetrados por elementos de la oligarquía goda y del propio clero.

Vitiza

La tensión se rebajó cuando el rey godo Vitiza subió al trono en el 702 y comenzó a deshacer los entuertos de sus antecesores: declaró una amnistía contra los perseguidos y les restituyó sus bienes; detuvo las medidas hostiles contra los judíos y convocó el XVIII concilio de Toledo, cuyas actas, sospechosamente, se han perdido. El grueso de los historiadores opina que fueron destruidas porque eran contrarias al Cristianismo ortodoxo romano. A la muerte de Vitiza, en torno al año 709, todo cambió. La nobleza y los obispos impidieron que su hijo Achila, que era menos de edad, ocupara el trono, y eligieron en su lugar al que la historia ha conocido como Don Rodrigo, un jefe militar afín a sus intereses. Estalló entonces una guerra civil entre los partidarios de éste, probablemente seguidores del Cristianismo establecido, y quienes apoyaban a los sucesores de Vitiza, más comprometidos con las creencias unitarias o arrianas, que veían en Don Rodrigo a un usurpador del trono visigodo.

Al mando de la Bética estaba Rechesindo, el antiguo tutor del hijo de Vitiza. Rodrigo lo mató en una escaramuza y entró en Sevilla sin oposición. Entonces los partidarios de la estirpe de Vitiza, los debilitados unitarios, pidieron ayuda a su correligionario Taric, gobernador de la provincia visigótica de Tingitana (la actual Tánger), en el norte de Marruecos, que había sido nombrado por Vitiza y con cuyo reinado mantenía estrechas relaciones comerciales. Taric era, probablemente, de raza goda, como apunta la sílaba “ic”, hijo en lengua germánica. Uno de los jefes militares era Yulián, de origen romano, a quien la leyenda de la invasión convirtió en el traidor conde Don Julián. Taric cruzó el estrecho con guerreros de diversas etnias, integrados en la causa unitaria, entre los que abundaban los bereberes. La presencia de estas ropas no provocó una especial reacción entre la población autóctona, ya que la petición de auxilio a fuerzas extranjeras era una práctica muy corriente en Hispania. Los judíos, que habían sido ferozmente perseguidos por los monarcas godos después de que éstos abandonaran la fe arriana, acogieron favorablemente a los recién llegados.

Los expertos subrayan que sólo un estado puede organizar una invasión militar. Y no existe entonces un imperio arábigo, sino tribus y pequeños caudillos frecuentemente enfrentados entre sí y carentes de gobierno, administración y ejército.

Según el historiador Ignacio Olagüe, “en las crónicas latinas y bereberes aparecen los godos como un grupo aparte que guerreaba contra un enemigo que no era español, ni cristiano, ni hereje, sino anónimo; es decir, sarraceno”. Lo que no se podía decir, o lo ignoraba el cronista, era que los godos luchaban contra la masa del pueblo, contraria a la oligarquía dominante.

En pleno siglo IX, veremos que los musulmanes llevaban 140 años en la península, tenían desde hacía un siglo la capital del reino en Córdoba, la más importante y refinada ciudad de Occidente por entonces, con un millón de habitantes, y es evidente que no habían forzado la conversión masiva de indefensos cristianos, ni siquiera hacían proselitismo de su fe ni alardes de su culto. ¿Qué fe seguían entonces los andaluces? Lo más probable es que se tratara del arrianismo tradicional, en discreta evolución hacia el islamismo, que la mayoría de la población acabaría abrazando, igual que adoptó paulatinamente la lengua árabe en sustitución del latín. No hubo imposición, sino lenta seducción. Y no se trataba de una fe extranjera. Asín Palacios y otros arabistas mantienen que el islamismo es una suma de creencias o sincretismo, que tiene en su base lo arriano y lo judaico. Se comprende el respeto de los musulmanes hacia las “gentes del Libro”, con las que comparten lo esencial: el sometimiento a un solo Dios con el que pueden comunicarse directamente y desde cualquier lugar.

Incluso los investigadores que respaldan la teoría de la invasión juzgan extraño que un puñado de árabes pudiera influir tan profunda e inmediatamente en 20 millones de hispanos. El historiador Olagüe sintetiza su perplejidad en tono irónico: “Tuvo entonces lugar una mutación formidable, como se produce en el teatro un cambio de decoración, España, que era latina, se convierte en árabe; siendo cristiana, adopta el Islam; de practicar la monogamia, se transforma en polígama, sin protesta de mujeres. Como si hubiera repetido el Espíritu Santo el acto de Pentecostés, despiertan un buen día los españoles hablando la lengua del Hedjaz (árabe). Llevan otros trajes, gozan de otras costumbres, manejan otras armas. Los invasores eran 25.000. ¿Qué había sido de los hispanoromanos?”

Se ha querido transmitir la idea de que España era poco menos que un erial artístico e intelectual hasta que la fecundó el Islam. Sin embargo, el historiador Bonilla San Martín apunta que “el movimiento priscilianista, los trabajos de los concilios de Toledo, las predicciones de los escritores, atestiguan en la España de los siglos IV y V una cultura excepcional. La invasión goda, lejos de sofocar este progreso, la acrecentó y estimuló notablemente”. De hecho, los estudiosos mantienen que el arte arábigo fue una prolongación del íbero y del visigótico.

El árabe no empieza a generalizarse por escrito en España hasta la segunda mitad del siglo IX. Es entonces cuando florecen las ciencias, la filosofía y la poesía. La rica lengua árabe es el instrumento; el genio lo aportan aquellos que vivían ya en Al-Andalus y los que llegaron como invitados, tanto del mundo islámico como del cristiano, sin distinción de étnicas. No obstante, innovaciones arquitectónicas como el arco de herradura no son una aportación arábiga; éste existía en Oriente y puede verse en varias construcciones de España y Francia anteriores al Islam. Tampoco parece obra suya la mezquita de Córdoba, ni nació mezquita. Este templo, bosque de columnas, es incompatible con el culto musulmán y con el cristiano, ya que ambos exigen espacios diáfanos para seguir al oficiante.

En suma, demasiadas incógnitas a la hora de analizar un periodo que fue trascendental para la posterior evolución de la sociedad española y que la historiografía oficial ha catalogado, de forma excesivamente parcial y simplista, como una invasión y una conquista.

Abd al-Rahmán

EL EMIR DE LOS OJOS AZULES

Se cuenta que Abd al-Rahmán, primer emir de Al-Andalus, que unificó el país bajo su mandato y fijó su capital en Córdoba, en cuya mezquita se hizo entronizar en el año 755, era el único superviviente de la destacadísima familia Omeya, exterminada por los abasíes. Las cónicas musulmanas lo llaman El Emigrado, extraño apodo cuando todos los árabes de España eran igualmente emigrados. No se sabe como llegó aquel joven a la península ni cómo adquirió su elevada condición, que defendió con las armas los 30 últimos años de su vida. Aunque era de puro origen semita, la descripción que de él se hace corresponde a un germano: alto, de piel blanca, pelirrojo y de ojos azules, características físicas que heredarían sus descendientes. Ibn Hazam de Córdoba habla de ello en su obra El Collar de la paloma, escrita hacia el año 1030: “De Al-Nasir y de Al-Hakam al-Mustansir me contaron el visir mi padre y otras personas que eran rubios y de ojos azules. Lo mismo ocurría con Hisam al-Muyyad, Mamad a-Mahdi y Abd al-Rahman al Murtada, pues yo los contemplé y visité muchas veces y vi que eran rubios y de ojos azules. Y lo mismo sus hijos, sus hermanos y todos sus allegados. Lo que no sé es si su gusto por las mujeres rubias era una preferencia connatural en todos ellos o una tradición que tenían de sus mayores y que ellos siguieron”.

El padre de Ibn Hazam, visir del califa Omeya Hisam II, destronado por Almanzor, defendió siempre el derecho divino de los Omeyas al trono. Ese y otros aspectos ofrecen un curioso paralelismo con la estirpe de los merovingios, también tenida por sagrada. Los merovingios pertenecían a la tribu de los sicambros, aunque ellos se consideraban descendient4s de Troya. Su último rey, Dagoberto II, fue asesinado en el año 679. El autor directo o instigador fue su mayordomo, Pipino de Heristal, que procuró exterminar a los descendientes de su rey. Pero se dice que, hubo un superviviente, el príncipe Sigisberto IV, nacido en el año 676. El nombre de Dagoberto II fue excluido de la historia de Francia para encubrir otra fechoría: la iglesia había logrado la conversión del poderoso rey merovingio Clodoveo en el año 496 a cambio de un pacto que lo ataba a él y a su estirpe a perpetuidad. El pacto fue vergonzosamente traicionado al reconocer la Iglesia a la dinastía nacida de los crímenes de aquel mayordomo, cuyo descendiente más famoso fue el emperador Carlomagno. De Sigisberto IV nada se sabe. Puede que aún viviera cuando Abd al-Rahman guerreaba en Al-Andalus, que incluía parte del sur de Francia. Diversos historiadores afirman que Abd al-Rahman no descendía de los Omeyas, Esta ascendencia habría sido una invención posterior para legitimar la dinastía en España. ¿De quién descendía entonces El Emigrado y de donde llegó en realidad? La ficción genealógica tiene dos causas que a veces coinciden: ocultar la verdadera identidad o ennoblecerse. En aquella época se alteraban los apellidos o se amañaban escudos. Cualquier engaño valía con tal de parecer hidalgo, hijo de godo. O todo lo contrario, por que en la España islámica la manía genealógica era tomar apellidos que enraizaran con el Profeta o sus familiares, como prueba de pureza étnica y religiosa. Emilio García Gómez sugiere que el poeta Ibn Hazam era un cristiano convertido al Islam.

Traductores de Ibn Arabi, considerado por los musulmanes como el maestro de maestros, sospechan que le inventaron a posteriori apellidos nobles para encubrir que no era árabe. Hay quien dice que en vida se llamaba Jalil ha-Arabi: Amigo de los Árabes. En Al-Andalus, con el cambio de cultura y de idioma, la confusión, intencionada o no, resultaba inevitable. Así, podemos encontrar autores hebreos citados en las crónicas latinas con nombres cristianos y nombres cristianos arabizados en las crónicas musulmanas.

LA RECONQUISTA OTRO MITO

“Una reconquista de seis siglos no es una reconquista”. Con esta frase zanja Ortega y Gasset la cuestión en su España invertebrada. Tampoco duró seis siglos el intento. Menéndez Pidal escribe el Realismo de la epopeya española, que este ideal de la reconquista aún no había cuajado en el siglo XIII en la mente de los caudillos norteños. “Ni siquiera en Sancho el Mayor, un rey navarro tan poderoso, hubo ninguna idea de reconquista”, concluye nuestro erudito historiador.

Fuente: (“La Revolución islámica en Occidente” de Ignacio Olagüe) http://www.e-andalus.net/

15
Sep

La Bala (Relato)

   Posted by: franjamares    in General

La Bala

Por Franjamares

Aquella mañana de sábado el sol resbalaba por nuestras cabezas con mano paternal. La chiquillería del barrio trajinaba apostada contra los muros viejos de la iglesia de San José (padre en todas las escrituras), ocupando los escalones gastados de la sacristía cerrada. Yo era uno de ellos y también estaba aburrido. Un aburrimiento que duró apenas dos minutos, pues las palabras mágicas de uno de los amigos, lo disolvieron como la suciedad de nuestras manos de niño bajo el agua de la aljibe de la esquina.

—Podemos ir a Sierra Nevada.

—¿Eso está lejos, no?

—Un poco, pero yo conozco un atajo por donde podemos acortar.

— Entonces vamos.

—Vamos.

—Yo, yo, yo no voy –tartamudeó uno que nunca se apuntaba a aventuras arriesgadas.

—¿Que no vienes? No nos importa, ya sabíamos que tú no vendrías. Además, he traído algo chulísimo para enseñároslo cuando lleguemos arriba. Así que tú no lo vas a ver.

La comitiva encabezada por nuestro guía, serpenteó las callejas del Albaicín, cruzó la Cuesta del Chapiz, llegó a las calles del Sacromonte y desde allí ascendió en manada hasta el cerro de San Miguel. Arriba en el descampado habían colocado dos porterías de fútbol; lástima que no tuviéramos una pelota. Junto a los muros del reformatorio había una fuente con dos caños, de la que bebimos un agua fresquísima antes de continuar.

Por fin nos internamos en la espesura de los pinos. La vereda estrecha se abría paso entre una frondosidad cuajada de gotas de sol y umbría fresca. Las piñas caídas y abiertas, a las que extirpábamos los piñones; las setas que tocábamos con tiento y miedo envenenado; la yerba húmeda en las zonas abiertas, las zarzas cuajadas de moras en los barrancos… Y allá arriba, entre la espesura, la pantalla blanca y dentada de la sierra, nuestro horizonte en aquella mañana de aburrimiento.

—Anda, enséñanos ya lo que traes ahí.

—Cuando lleguemos al laberinto.

Abrimos vista a la zona que llamaban el corta-fuegos, que ascendimos como tropa de maniobras, rambla arriba, pisando la grava de aquella veintena de metros baldíos que ascendían hasta la cima. Cruzamos del otro lado del bosque, donde los pinos eran todavía más altos y viejos, enraizados algo más distantes. Un prado extenso salpicado de flores, predominando las amarillas, se abrió ante nuestra mirada de niño explorador; un muro de piedra cubierta de musgo, seccionaba parte del paisaje. Aquella construcción de época pasada, era lo que nosotros conocíamos como el Laberinto del Moro, donde según la leyenda que manejábamos, en alguno de sus recovecos, podía aún verse enterrado un valiosísimo tesoro. Sin embargo, el mejor tesoro de aquel lugar eran las estupendas vistas que sobre la ciudad, el Albaicín, la Alhambra y la Sierra, se disfrutaban. Un enclave privilegiado que ya habían empleado los nobles nazaritas como lugar de esparcimiento y meditación.

—¿Queda mucho para la Sierra? —pregunté yo en mi inocencia.

—¿A la Sierra?, para llegar a Sierra Nevada hay que ir en coche o en autobús; parece muy cerca porque es altísima, pero está a un montón de kilómetros. ¿No me digas que te habías creído que íbamos a la Sierra de verdad?

—Entonces, enséñame esa cosa tan chula y misteriosa que has traído.

—Venid todos —dijo Carlos, nuestro guía, sacando del bolsillo dos cartuchos de postas, sin explotar. Y una bala de rifle también intacta.

—¡No jodas, Carlangas! Eso puede explotar.

—¡Ah, sí! Y, ¿qué vas a hacer?, salir corriendo para no ver como estalla…

—¿Sabes como explotarlos? –dijo Manolo, otro de los chicos—. Yo no tengo ni idea.

—Apartaos. Voy a poner aquí un cartucho –sentenció Carlangas—; aquí mismo, sobre el muro del Laberinto, apisonado con esto —ya había guipado la piedra—, para que lo sujete bien, y con el percutor de la base mirando para nosotros. Una vez colocado, cogemos todos una piedra y el que sea capaz de acertarle en el centro con este gomero —señaló su arma favorita—, lo hará estallar como en la mili. ¡Pero cuidado! Dentro lleva un montón de plomillos y pueden salir disparados para todas partes pillando a alguno.

Las palabras de Carlangas nos emocionaron, y en este estado de provocación comenzamos con la pugna Nos retiramos unos veinte metros y dieron comienzo los disparos. Había uno, al que llamábamos Malín, que tenía una puntería exquisita; así que Carlangas lo dejó para el final. He de confesar que de las tres pedradas que lancé con el gomero ni una dio a menos de un palmo del cartucho. En cambio, Manolo acertó de lleno con uno de los lanzamientos. Nos tiremos al suelo como en las películas de guerra, pero el cartucho no explotó ni nada por el estilo. Lo único que hizo fue salir disparado perdiéndose del otro lado del muro, entre unas zarzas. No dimos con él.

—Bueno, no os preocupéis —dijo Carlangas—, tenemos el otro y también la bala.

Colocamos el cartucho nuevo en otro lugar, comprobando que la parte trasera estaba despejada, por si caía. Y volvimos a disparar. Esta vez lanzó primero Malín, su primer intento fue aceptable, pero le dio en un canto y el cartucho se ladeo. Carlos volvió a colocarlo bien y Malín, que seleccionaba sus proyectiles entre las mejores piedras, volvió a disparar.

¡Puumm! ¡Paaff! El estallido fue doblemente fragoroso, percutió en mis tímpanos con tal fuerza que me dejó sordo por momentos en medio de un pitido extraño, terrorífico. La piedra que lo pisaba y otras del propio muro, saltaron por los aires al menos diez metros en medo de una erupción de fuego, cayendo enseguida sobre nuestras cabezas Nadie por suerte salió herido de consideración. No cuento aquí como heridas, el dolor chirriante en el oído interno y la fabulosa sobredosis de adrenalina.

Al momento llegaron las frases de euforia.

—¡No veas, qué berrido!

—¡Hostias!

—¡Lavín!

—Nunca había escuda un zambombazo tan gordo. Y tan pestoso.

Hay que decir que el olor a pólvora era inaguantable.

Aún nos quedaba la bala y el estallido del cartucho, el olor a polvora, había despertado en nosotros instintos más primitivos y peligrosos, que acaso surgían de profundidades genéticas insertas en nuestro cerebelo, del largo periplo del hombre por alcanzar el fuego. Tal vez por esto Carlangas lo vio con claridad.

—Mirad allí. Hay restos de una fogata. Podemos encenderla y meter dentro la bala.

Dicho y hecho. Rebuscamos ramas secas troncos y piñas y le metimos fuego a la hoguera. Se encendió enseguida. Carlangas agarró la bala y la colocó dentro de una caña que había previamente buscado, colocándola como una especie de lanzadera de misiles sobre las llamas.

¡Qué gilipollez! Pensamos todos.

Cuando la lengua de fuego llegó hasta la caña, ésta se partió consumida por la base cayendo con bala dentro en el meollo ígneo. Salimos corriendo ¡sálvese quien pueda!, mientras nos hacíamos algunas preguntas: ¿qué dirección había tomado al caer?, ¿cuánto tiempo tardaría en salir disparada?, ¿a quién apuntaba aquella bala loca? Buscamos la seguridad de los muros del Laberinto. Pero no nos dio tiempo ni a eso. Con los pies en polvorosa oímos un disparo desde la hoguera que nos dejó paralizados, con el humor de todos los miedos atávicos pululando a la altura de nuestra garganta.

Estábamos todos sanos y salvos, milagrosamente. Y la peor de las incidencias no fue sino un conato de incendio forestal que nos dispusimos a extinguir con ramas y tierra.

12
Sep

La Mentira

   Posted by: franjamares    in General

La Mentira

Por Begoña Ramírez

La mentira es hermana del egoísmo. En su nombre se ha hecho creer a los pueblos que las guerras sirven para defenderse de los enemigos, y los verdaderos enemigos siempre nos aguardan dentro de nosotros mismos.

Los beneficios de las guerras nunca han servido para alimentar a los pueblos ni mejorar sus condiciones de vida sino para engordar los bolsillos de los especuladores que son iguales en todos los lugares del mundo pues su vestimenta siempre es la misma: la codicia. En nombre de las patrias millones de personas han muerto; son sólo cifras en las páginas de la historia.

En nombre del amor, la mentira ha creado dogmas y religiones, que han promulgado el amor al prójimo a través de cruzadas, represiones y persecuciones a todo lo que es diferente. Y el amor ¿no consiste precisamente en la aceptación y la integración de lo que es diferente viéndolo como un enriquecimiento y no como una amenaza?

La mentira es el refugio de la falta de imaginación, siempre se puede construir algo mejor con imaginación sin necesidad de mentirnos a nosotros mismos y a los demás.

10
Sep

El Sida: una enfermedad Made in USA

   Posted by: franjamares    in General

http://video.google.com/videoplay?docid=-5543694200538593748El Sida: una enfermedad Made in USA

Por Alfredo Embid

Interesante documental sobre las mentiras creadas en torno al SIDA.

Según afirma Alfredo Embíd, el tinglado se remonta a 1971, cuando el gobierno Nixon ordenaba una importante investigación médica en torno a los retrovirus, con la intención de achacarles a estos agentes virales la causa última del cáncer, enfermedad en aumento creciente en esos años debido a la incontrolable contaminación química, nuclear y electromagnética. Posteriormente, en los ochenta, por distintas causas como la drogadicción, los deficit alimentarios y otros factores marginales, surgen los casos de inmunodeficiencias, con enfermedaddes ya existentes: neumonías, sacoma de Kaposi, etc, que fueron todas catalogadas como SIDA. Entonces como ya tenían el trabajo realizado, sólo tuvieron que cambiar el cáncer por el Sida y etiquetar a un retrovirus, el desconocido VIH, como agente patógeno de los brotes de inmunodeficiencia, convertidos ya por las autoridades sanitarias en la temible epidemia de SIDA…

Sitio web de la Asociación de Medicinas Alternativas y de CIAR (colectivo de investigación sobre armas nucleares):

http://www.ciaramc.org/

http://www.vimeo.com/6341912

La nueva revolución (No es tiempo de confrontación, es tiempo de expresar la verdad que uno lleva dentro, Paloma Cabadas)

Sencillez, claridad y revelación: la psicóloga Paloma Cabadas, investigadora del Ser, aporta sus claves para el conocimiento de uno mismo, el trabajo personal y de nuestra conciencia interdimencional.

Una entrevista del periodista Rafael Palacios, Rafapal: http://www.rafapal.com/

¿Sistema de Salud, público o privado? Juzguen por ustedes mismos.

Sicko, de Michael Moore

Realmente es una película sorprendente, que va a dejar a más de uno con la boca abierta… Muchos creen que Estados Unidos es el cielo en la tierra, pero Michael Moore se encarga de mostrarnos que en realidad, a lo que a sanidad se refiere, es muy parecido al infierno.

El director norteamericano vuelve a la carga con una sistemática denuncia del sistema sanitario de los EE.UU.; un sistema usurero y privativo que excluye a una cuarta parte de ciudadanos (50 millones) los cuales, o bien no cumplen los requisitos para ser beneficiarios de un seguro de salud privado (por ejemplo ser desasido delgados o gordos) o simplemente no pueden pagárselo. Las compañías aseguradoras médicas buscan principalmente los beneficios económicos, evitando por todos los medios a su alcance el pagar tratamientos u operaciones costosas. La película hace una comparativa con los Sistemas públicos y universales de distintos países de occidente (Reino Unido y Francia). Moore organiza un viaje en barco hasta Cuba con un grupo enfermos, algunos de ellos ex bomberos: convalecientes tras los graves incidentes del 11-S, con la intención reivindicativa de que fueran atendidos en el Hospital Militar de la Base Norteamericana de Guantánamo, donde se daba atención médica completa y gratuita a los supuestos terroristas allí recluidos. Por supuesto no fueron recibidos en la Base. Ya en Cuba, el sistema de Salud del gobierno comunista de la isla (y no creo que Moore haga de propagandista del régimen castrista, pero la comparación es más que ilustrativa) les brindó sus mejores servicios (gratuitos), con el solo requisito de darles su nombre y su fecha de nacimiento.

YouTube Preview Image

Ver la peli en linea:

http://www.elzo-meridianos.blogspot.com/2007/08/ver-la-pelcula-sicko-online.html

Bajarla gratis con torrent:

http://www.purotorrent.com/descargar-torrent-gratis-7577-sicko.html