Agustina
Agustina*
Llevaba en aquella situación demasiado tiempo. Sin saber cómo ni por qué, su poder de decisión había sido sustituido por una especie de corriente vital que la conducía siempre al mismo lugar, al punto de partida, y cada vez que intentaba dar un paso hacia delante hacía el recorrido a la inversa, como los cangrejos.
Como si un potente imán la atrajera continuamente a su centro, por más que intentara sin remedio luchar contra esa fuerza invisible. Se preguntaba si habría llegado a ese crucial momento en el que ya es la vida la que tiranamente decide sobre nosotros y no nuestra voluntad. Se preguntaba si en el infinito devenir de lo cotidiano su poder de decisión había quedado anulado, aplastado, aniquilado.
Esta condición la hizo a veces irresponsable, si su voluntad no dirigía la partida, podía transgredir las reglas, adentrarse en el viento de la locura que la llevara a sus deseos y vivencias más adolescentes…
Pero los batacazos la hicieron al cabo recelosa y atormentada, atrapada en unos deseos vanos, en la búsqueda incesante de un equilibrio emocional siempre inestable.
La vida la llevaba y no sabía lo que hacer…
Con todo, ella sabía que lo único importante ahora mismo eran los ratos con él, esos en los que no solo se hallaban uno al lado del otro, sino que estaban realmente juntos. Entonces se congelaba el tiempo, o ni siquiera existía. Sentía en ese lapso el susurro del infinito, y uno subía sobre el otro, se ayudaban a trepar, apoyando cuerpos sobre almas para subir al tejado y ver las estrellas, para respirar del misterio, soltando ingenuos los pies del suelo de la mente.
La vida la llevaba… pero no se arrepentía de seguir fregando suelos, de retirar felpudos, de pasar las horas y el trapo… Antes odiaba cruzarse con las miradas de reojo de las señoras del edificio, pero ahora le deba lo mismo. Acaso no le perdonaban su osadía: era guapa aun a sus años, y no se habían percatado. Sí, se conservaba de maravilla, de un tiempo acá todavía mejor, volvinedo la vista de los encalvecidos maridos demasiadas veces…
Agustina tenía una sonrisa franca, que abría sus pétalos por la mañana a pesar de las fatuidades del ambiente. Y lo más inconcebible: El señor Hachack, hombre en edad de merecer, había abierto su apartamento de lujo y su corazón, a ella, a la portera del bloque, a la señora que saca las bolsas de basura y que es mejor ver ajada y pobre, cada una en su lugar.
Agustina tenía pues todos los ingredientes para ser feliz pero no lo era. Había buscado el amor incesantemente durante sus años de ardiente juventud… había querido amar a un hombre bello pero casi siempre la belleza envuelve un alma hueca. Encontró a uno que enfrentaba la vida de manera temeraria, otro que huía sin cesar a satisfacer sus pequeños vicios y otro, peor aún, que lo asfixiaba su condición timorata. De cualquier modo nunca les dejaba tiempo, ni de mejora ni de agravio: pensaba insistidamente que no eran los hombres que el destino había puesto para ella.
Por todos había sufrido la decepción y la amargura, sufrimientos emanados más de su propia zozobra, que la que ellos alcanzaban a infligir. Había abierto sus sentidos para captar el sonido de algún corazón gemelo, tras las apariencias… pero su búsqueda se convertía en obsesión, ya no buscaba a un hombre sino un ideal de hombre que sólo existía en su cabeza.
Cuando ya no esperaba nada, cuando vivía el refugio del crustáceo, solapada en su trabajo, en un par de amigas y en sus paseos junto al mar, surge Damián del portal del edificio, la mira a los ojos, le sonríe con una familiaridad extraña y exquisita. Magia. El amor existe… Una semana después están juntos, charlando, riendo, respirando el mismo aire en una terraza cualquiera de la ciudad, saboreando una velada de idilio.
No sabía qué hacer. La veleidad de su sino, en cualquier momento, podía arrancarla de aquella felicidad que tampoco ahora creía merecer, y volverla al mismo punto de partida. ¿Cuanto más podía durar aquello? Damián Harshak parecía quererla, era caballeroso y sensible, cercano y comprensivo, le había pedido incluso que vivieran juntos, que fuera sultana de su piso de lujo… Todo tan irreal y tentador, pero prefería pensar que el destino le impediría fructificar su amor junto con él. No se permitía se feliz porque nunca se había fiado de su destino.
Algo había que hacer, ¿o era mejor no hacer nada? Decidió que la solución podía ser dejarse llevar por la vida, fluir con las cosas que se cruzan por el camino, sin recelos, sin prejuicios, sin miedos ni ilusiones que no son siquiera esperanza.
Esa parecía la solución. Por eso era mejor seguir viviendo en su casa del portal, a unos metros del cuarto de los contenedores. Amar de Damián sus momentos de intimidad compartida, de amor cuerpo a cuerpo, de encuentro de almas… sin embargo cada uno en su casita; sin darle opción al mísero destino para que chafara su dulce idilio con aquel sesentón de corazón cálido y vida sana.
¿Juntos podrían encontrase a sí mismos? Treparían uno sobre el sexo del otro, amándose con intensidad, subiendo a sus explosivas amalgamas de luz, para llegar al cielo. Pero con toda naturalidad, sin pensar siquiera en ello, como el que no quiere la cosa. Quizá en ese guardar distancia con sus miedos, podían encontrar al unísono, el verdadero sentido de sus vidas.
*Relato de final abierto, iniciado por Begoña Ramírez y terminado por Franjamares, Tertulia Entrelíneas, Nerja, abril de 2010.
Náufragos (del intercapitalismo)
La nave ínter-capitalista hace aguas por todas partes. La vía griega en la más gorda, aunque también hay otras sangrantes como la de Dubai, en cuyas altísimas azoteas rascan el cielo las huríes.

Laberinto mineral*
Cuando dejé que me habitaran los fantasmas de la sinrazón, tuve que hacerles un hueco expulsando a la felicidad…
El olor a tierra mojada es ya insoportable. Más de cuatro meses lloviendo sin apenas parar es demasiado. Ese primer perfume del ciclo glorioso del agua que había sentido con las primeras y esperadas lluvias, se ha transformado en un tufo persistente de fría humedad que parece inundarlo todo, incluso el ánimo de la gente. Su propia vida lleva un tiempo de tristeza sincronizado con el de las precipitaciones. Sí, con aquellas luces menguantes de noviembre llegaron las peleas, las no reconciliaciones, las heridas, las amenazas… El sol invicto, que este año parecía muerto más que ausentado, trajo finalmente las sombras rezumadas de la separación. Se sucedieron entonces las lágrimas y las tormentas que parecían estallar dentro de su cabeza, pues corrían torrenciales corazón abajo hasta los muslos, escurriéndose por las rodillas, encharcando sus lacerados pies, que apenas la sostenían, bajo aquella lluvia interminable. Una lluvia de adentro y de afuera que desleía su vida como un terrón insignificante de arcilla.
Turbia resaca*
Orlando Zapata
¿Tenemos dos palabras que decir?