LA GRUTA DEL MAR
Abril 20th, 2008
De nuevo empezó a invadirla aquélla sensación tan extraña, era una mezcla como de tristeza y ansías de buscar una verdad, se sentía extraviada, confusa, llena de temores pero al mismo tiempo con la gran necesidad de encontrar respuestas. Empezó a caminar, sin sentido ni rumbo. Desorientada y perdida. El viento azotaba sus largos cabellos y la envolvía el aroma de la salitre. Se acercaba al acantilado, en el que se había refugiado tantas veces. Ella y sus miedos más recónditos, había compartido con las rocas, la brisa y las aves marinas sus secretos más inconfesables.
Casi sin darse cuenta se encontró en la parte más alta, allá donde muchas veces miraba el horizonte con la esperanza de saber qué o quién habría al otro lado. Se preguntaba por qué nos empeñamos tanto en joder nuestra vida y la de los demás si, de repente todo puede acabar en un momento. Recordaba como muchos de sus amigos habían partido de una forma u otra de la maneras más insospechadas. Una enfermedad terminal en pocos meses. Un accidente de tráfico o un infarto fulminante. ¿Y tanta lucha para qué?
Por eso le gustaba detenerse a contemplar la luna, absorver todos los olores que le brindaba la naturaleza. Ver en la expresión de un bebé la más absoluta ternura y al mismo tiempo el mayor desamparo. Somos seres extraños en muchas ocasiones. La parte humana que nos corresponde es, a veces tan mínima que se convierte en imperceptible.
Tan distraída estaba con sus pensamientos que, de repente se encontró en el borde del acantilado. Sabía que el mar se esforzaba en escalar una y otra vez esas enormes moles de piedra, como si pretendiera alcanzar la cima de una montaña. Lamía constantemente la ladera con sus explosiones de espuma y un sonido estruendoso quizá, con la intención de mostrarle su ímpetu y su furia.
Con el vaivén de las olas perdió la noción del tiempo y le parecía escuchar la voz del mar, estaba segura de que tenía su propio lenguaje.
De repente se lanzó al vacío. El mar la estaba llamando.
Sintió el impacto contra el agua y como su cuerpo se iba hundiendo vertiginosamente, sus pensamientos y sensaciones se producían a una velocidad increíble. Estaba completamente segura de que no era el fin, simplemente una etapa en su búsqueda. Luchaba por salir a la superfice pero desconocía en qué nivel de profundidad se encontraba. Se agotaban sus fuerzas y empezaba a invadirla una sensación entre miedo e impotencia. Quizá, y solo quizá había sido una locura lanzarse desde tanta altura. No había calculado distancias. Temía desmayarse de un momento a otro aunque inexplicablemente aparecía el valor para continuar. Ya no podía más, estaba al límite. Perdió el sentido.
Soñaba o deliraba, sintió que algo o alguien la había cogido por los brazos y la arrastraba al interior de una especie de cueva. No podía ni abrir los ojos, se sentía tan cansada que no tenía otra opción que abandonarse a su suerte. Volvió a perder la noción del tiempo, dejó de sentir sus brazos, sus piernas y el resto de su cuerpo. Solo una mínima parte de conciencia y cordura aparecía de forma intermitente para recordarle que seguía con vida.
No recordaba el tiempo que había transcurrido desde que tomó contacto con el agua hasta que despertó. Se encontraba frente a una fogata. La habían acomodado en una improvisada cama, se sentía seca y caliente y no tenía ni idea de adónde había ido a parar su ropa. Lleva puesta una especie de túnica con símbolos extraños de un brillante color azul y una especie de amuleto colgado al cuello. Estaba rodeada de extrañas plantas cuya misión parecía protegerla y cuidarla.
Miró a su alrededor, se encontraba en una gruta, llena de pasadizos alumbrados por largas antorchas. Escuchaba el sonido del mar tan de cerca que era como si estuviera dentro de él. No se había dado cuenta de que un cuenco humeante estaba justo al lado de su cama. Alguien se había preocupado de preparle un caldo o una sopa. Lo cogió y empezó a sorber poco a poco, estaba muy caliente y la gargante la dolía. Sabía como a hierbas, muy agradable y reconfortante. No, más que un caldo parecía una tisana. Lo terminó poco a poco y volvió a dormirse.
Cuando despertó ya casi totalmente recuperada decidió levantarse. Tampoco había percibido que una especie de sandalias de cuero también con signos grabados las habían dejado a los pies de su particular lecho. No sabía que camino tomar, temía perderse y alejarse de la luz de la fogata. Todo lo que veía le resultaba raro, estrambótico pero no le causa temor. Sentía que estaba siendo protegida…..¿pero por qué o quién?
Empezaba a sentirse angustiada, necesitaba ver a alguien, que le explicara qué hacía allí, qué era esa especie de cueva y por qué habían decidido dejarla ahí.
De repente escuchó una voz a sus espaldas:
-¿Te sientes mejor?
Una mujer de largos cabellos negros ataviada con una túnica parecida a la suya había aparecido con una de esas antorchas en la mano. Era de rasgos angulosos y de extrema belleza.
-Si, respondió con voz entrecortada.- ¿Podrías decirme dónde estoy?
-En las entrañas del mar- Aquí viniste a buscar algo ¿me equivoco?
-Cierto, aunque no pensaba que sucedería así. Mi nombre es Kiona.
El mío Zahira, respondío con una sonrisa. Se encontraba más cómoda, había mucha calidez en su expresión y en sus palabras.
-Creo Kiona que debes estar haciéndote muchas preguntas. Si me acompañas te mostraré mi refugio. Comenzó a caminar detrás de ella, le infundaba confianza y tenía claro que no le quedaba otra opción. Su intución le decía que no iba a sufrir daño alguno……








