LA GRUTA DEL MAR
De nuevo empezó a invadirla aquélla sensación tan extraña, era una mezcla como de tristeza y ansías de buscar una verdad, se sentía
extraviada, confusa, llena de temores pero al mismo tiempo con la
gran necesidad de encontrar respuestas. Empezó a caminar, sin
sentido ni rumbo. Desorientada y perdida. El viento azotaba sus
largos cabellos y la envolvía el aroma de la salitre. Se acercaba al
acantilado, en el que se había refugiado tantas veces. Ella y sus
miedos más recónditos, había compartido con las rocas, la brisa y
las aves marinas sus secretos más inconfesables.
Casi sin darse cuenta se encontró en la parte más alta, allá donde muchas veces miraba el horizonte con la esperanza de saber qué o
quién habría al otro lado. Se preguntaba por qué nos empeñamos
tanto en joder nuestra vida y la de los demás si, de repente todo
puede acabar en un momento. Recordaba como muchos de sus amigos
habían partido de una forma u otra de la maneras más insospechadas.
Una enfermedad terminal en pocos meses. Un accidente de tráfico o un
infarto fulminante. ¿Y tanta lucha para qué?
Por eso le gustaba detenerse a contemplar la luna, absorver todos los olores que le brindaba la naturaleza. Ver en la expresión de un bebé
la más absoluta ternura y al mismo tiempo el mayor desamparo. Somos
seres extraños en muchas ocasiones. La parte humana que nos
corresponde es, a veces tan mínima que se convierte en
imperceptible.
Tan distraída estaba con sus pensamientos que, de repente se encontró en el borde del acantilado. Sabía que el mar se esforzaba en escalar
una y otra vez esas enormes moles de piedra, como si pretendiera
alcanzar la cima de una montaña. Lamía constantemente la ladera con
sus explosiones de espuma y un sonido estruendoso quizá, con la
intención de mostrarle su ímpetu y su furia.
Con el vaivén de las olas perdió la noción del tiempo y le parecía escuchar la voz del mar, estaba segura de que tenía su propio
lenguaje.
De repente se lanzó al vacío. El mar la estaba llamando.

Sintió el impacto contra el agua y como su cuerpo se iba hundiendo
vertiginosamente, sus pensamientos y sensaciones se producían a una
velocidad increíble. Estaba completamente segura de que no era el
fin, simplemente una etapa en su búsqueda. Luchaba por salir a la
superficie pero desconocía en qué nivel de profundidad se
encontraba. Se agotaban sus fuerzas y empezaba a invadirla una
sensación entre miedo e impotencia. Quizá, y solo quizá había
sido una locura lanzarse desde tanta altura. No había calculado
distancias. Temía desmayarse de un momento a otro aunque
inexplicablemente aparecía el valor para continuar. Ya no podía
más, estaba al límite. Perdió el sentido.
Soñaba o deliraba, sintió que algo o alguien la había cogido por los
brazos y la arrastraba al interior de una especie de cueva. No podía
ni abrir los ojos, se sentía tan cansada que no tenía otra opción
que abandonarse a su suerte. Volvió a perder la noción del tiempo,
dejó de sentir sus brazos, sus piernas y el resto de su cuerpo. Solo
una mínima parte de conciencia y cordura aparecía de forma
intermitente para recordarle que seguía con vida.
No sabía el tiempo que había transcurrido desde que tomó contacto con
el agua hasta que despertó. Se encontraba frente a una fogata. La
habían acomodado en una improvisada cama, se sentía seca y caliente
y no tenía ni idea de adónde había ido a parar su ropa. Lleva
puesta una especie de túnica con símbolos extraños de un brillante
color azul y una especie de amuleto colgado al cuello. Estaba rodeada
de extrañas plantas cuya misión parecía protegerla y cuidarla.
Miró a su alrededor, se encontraba en una gruta, llena de pasadizos
alumbrados por largas antorchas. Escuchaba el sonido del mar tan de
cerca que era como si estuviera dentro de él. No se había dado
cuenta de que un cuenco humeante estaba justo al lado de su cama.
Alguien se había preocupado de prepararle un caldo o una sopa. Lo
cogió y empezó a sorber poco a poco, estaba muy caliente y la
garganta la dolía. Sabía como a hierbas, muy agradable y
reconfortante. No, más que un caldo parecía una tisana. Lo terminó
poco a poco y volvió a dormirse.
Cuando despertó ya casi totalmente recuperada decidió levantarse. Tampoco
había percibido que una especie de sandalias de cuero también con
signos grabados las habían dejado a los pies de su particular lecho.
No sabía que camino tomar, temía perderse y alejarse de la luz de
la fogata. Todo lo que veía le resultaba raro, estrambótico pero no
le causa temor. Sentía que estaba siendo protegida…..¿pero por
qué o quién?
Empezaba a sentirse angustiada, necesitaba ver a alguien, que le explicara qué
hacía allí, qué era esa especie de cueva y por qué habían
decidido dejarla ahí.
Escuchó una voz a sus espaldas:
-¿Te sientes mejor?
Una mujer de largos cabellos negros ataviada con una túnica parecida a
la suya había aparecido con una de esas antorchas en la mano. Era de
rasgos angulosos y de extrema belleza.
-Si, respondió con voz entrecortada.- ¿Podrías decirme dónde estoy?
-En las entrañas del mar- Aquí viniste a buscar algo ¿me equivoco?
-Cierto, aunque no pensaba que sucedería así. Mi nombre es Kiona.
El mío Zahira, respondió con una sonrisa. Se encontraba más cómoda,
había mucha calidez en su expresión y en sus palabras.
-Creo Kiona que debes estar haciéndote muchas preguntas. Si me acompañas
te mostraré mi refugio. Comenzó a caminar detrás de ella, le
infundaba confianza y tenía claro que no le quedaba otra opción. Su
intuición le decía que no iba a sufrir daño alguno……

Recorrieron largos pasadizos y llegaron a una cámara . Se acomodaron en una
especie de sofá recubierto por suaves telas de seda. Zahira cogió
una bonita caja de madera cuyo interior estaba repleto de conchas
marinas.
-Ellas me dijeron que vendrías.
¿Las conchas? Preguntó Kiona un tanto escéptica, aunque el modo en el
que había llegado allí era igual de extraño.
-Sí, afirmó
Estoy aquí desde tiempos lejanos, desde días que se pierden en la memoria
de noches frías y turbulentas. Te esperaba, te esperábamos. Viniste
a buscar luz y la has encontrado.
-Me siento muy confundida, no se si me caí o me lancé al vacío. De
todas formas te aseguro que me alegro de estar ahora aquí contigo.
-¿Vamos a averiguar qué respuestas tienen las conchas para tí?
Zahira agitó las conchas entres sus manos y las soltó con cuidado en un
precioso tapete de finos bordados. Fueron desentrañando cada
respuesta, sus temores, sus pesadillas, sus secretos más
recónditos. Se centraron en la voz de su corazón.
Perdieron la noción del tiempo y con premura regresaron al presente. Solo se
miraron y compartieron un gran abrazo.
Te enseñaré el camino de vuelta por las grutas. No es necesario
regresar por el mar. Conserva el amuleto que llevas en tu cuello, te
protegerá. Y cuando te sientas confundida las conchas te traerán
hasta aquí- dijo con voz entrecortada Zahira.
Caminaron por las grutas alumbradas por antorchas. Siguieron por estrechos
pasadizos cuesta arriba y finalmente aparecieron en un pequeño hueco
de piedra cuyo exterior estaba cubierto por grandes hojas de
vegetación.
-No se ni cómo agradecerte el maravilloso tiempo que hemos compartido,
la esencia más profunda de mi alma se siente en paz y sosegada.
Se despidieron con otro gran abrazo y acordaron reencontrarse cuando una
necesitase de la otra.
Al cabo de un tiempo Kiona apareció de nuevo en el acantilado. Esta vez
los pensamientos confusos no eran los mismos. Con un acto reflejo se
tocó el cuello, ahí seguía su amuleto. Esbozó una gran sonrisa,
contempló el mar y se marchó.




